NO ME PUEDO IR ASI ARACELI
DEL PICO
Me agobia el
poco tiempo que me queda
Y debo
solucionarlo
Sin demora.
Estoy
ocupándome
De cosas que
no importan
Y dejo sin
solución
Aquello que
es vital para los míos
¿Por qué ese
empeño en dejarlo todo recogido?
¿Si nadie se
ocupa ya de lo que estorba?
Pero es el
que el viaje es muy determinante
Y el más allá
me espera inquietante
Y no lo
creeréis
Pero es un
lio.
MI AMIGO
TOMÁS JUAN
SANTOS
Mi amigo Tomás está bautizado como yo, pero es un
incrédulo y la religión siempre le ha traído al pairo. De pequeños, se reía de
mí cuando, en mitad del juego, me iba a misa con mi madre. Ahora, de mayor,
solo va a la iglesia a las bodas y a los entierros, pero no abre su boca,
porque no sabe contestar al cura, ni rezar ninguna oración. A pesar de todo es
muy buena persona y muy buen amigo.
Aunque jamás se ha confesado con un cura, el otro día lo
hizo conmigo. No para contarme sus pecados, sino para sincerarse sobre una
preocupación que no lo deja dormir.
―Amigo, Juan. No puedes imaginar cuánto te envidio. Me
gustaría ser como tú.
―No lo entiendo, Tomás. Tienes una buena mujer, unos
hijos maravillosos y una buena pensión de jubilación. No tienes motivos para
envidiarme.
―Cierto, pero hay algo que tienes tú, que yo nunca he
tenido: FE. Tú crees en Dios y en su Paraíso y como has sido bueno, no tienes
miedo a morirte, porque sabes que irás al Cielo. Sin embargo, yo que no creo en
nada, me da un vértigo terrible pensar en el Mas Allá.
―Pues eso es fácil, todavía estás a tiempo de iniciarte
en la fe. Dice Jesús que los últimos serán los primeros en el Reino de los
Cielos.
― ¿Y qué tengo que hacer?
―Creo que deberías empezar por acompañarme a unos
ejercicios espirituales que daremos próximamente en la parroquia. Tal vez allí,
escuchando el evangelio, te animes a ser uno de los nuestros. A mí me
encantaría seguir siendo tu amigo en el Más allá.
Le pareció buena idea y en eso quedamos. Lo malo es que
las consignas del predicador y las prácticas de oración no le acabaron de
convencer. Le parecían demasiadas exigencias. No entendía como además de creer
en Jesucristo, tenía que arrepentirse de sus pecados y cumplir los
mandamientos, confiando en la promesa de la vida eterna.
Ayer, me vino a buscar y me lo dijo bien claro.
―Mira, Juan. Estoy analizando otras religiones, a ver si
encuentro alguna que tenga una práctica mínima con la promesa de vida después
de la muerte.
―No
seas ingenuo, Tomás. Ninguna religión da nada gratis. Abraza el cristianismo y
haz lo que puedas. Tampoco hay que llevar todo a raja tabla. Dios es
misericordioso y con que seas bueno y creas en Él, te llevará a su Paraíso.
Hoy me ha dicho que, aunque ya ha empezado a creer un
poco, todavía le sigue preocupando el Más allá.
DESDE EL
MÁS ALLÁ DUPLICADO ANTONIO
LLOP
Existe un lugar donde van a aparcar las culpas. Un lugar
ilocalizable porque sus coordenadas están difuminadas en el tiempo. Solo
sabemos que está muy cercano a nosotros. Es un sitio donde el olvido quiere
entrar con su máquina trituradora, pero fuerzas desconocidas y poderosas
bloquean al intruso. Es un espacio-tiempo, vacío durante la niñez, que se va
rellenando poco a poco según los avatares de la vida nos hacen acumular
experiencia. Los que poseemos alguna de esas cargas queremos que ese sitio esté
situado en un “más allá”, suficientemente lejos para que no nos impida andar
por el camino de la cotidianeidad. Pero a veces no lo logramos. Especialmente
por las noches cuando nuestras defensas se relajan.
Eso le pasó a Francisco García que quiso dejar a sus
hermanos sin la parte de la herencia paterna que les correspondía. Con su
facilidad de imitación de la firma del padre de todos logró su corrupto
propósito. Tuvo un cómplice necesario, Ernesto de la Hidalga, notario sin
escrúpulos, que certificó que el finado en su lecho de muerte le había llamado
para desequilibrar el testamento en favor de Francisco. Jorge recibiría una
buena parte del cuantioso dinero guardado en las cuentas del testante, y su
cómplice la otra parte y las dos casas en propiedad de su progenitor. Sus
hermanos se repartirían la llamada legítima que aún injusta no era desdeñable.
Su hermano mayor había sido siempre acomodaticio y no se
hizo ninguna pregunta sobre la legalidad del testamento. Se conformaba con la
parte que le tocaba en el reparto. La hermana pequeña se extrañó de que tuviera
esa firmeza en el trazo la rúbrica de una persona disminuida en sus condiciones
físicas. Pero no dijo nada. La que realmente no se creía ese bandazo del
progenitor fue la hermana mayor que le cuidó durante sus últimos años, desde
que quedó viudo y recayó en su enfermedad incapacitante. Ella siguió la
dolencia del padre día a día y no sólo escuchó sus deseos, sino que comprobó la
falta de visitas al enfermo precisamente de Francisco.
Al final, los hermanos no tuvieron más remedio que
conformarse y plegarse a lo que un testamento refrendado por un notario
dictaba. Pero hubo alguien que no se conformó, alguien muy interesado en que
sus bienes fueran repartidos siguiendo su voluntad: el finado, don Leonardo
García.
Francisco, ese hombre impertérrito, sin remilgos, sin
conciencia, de pronto se vio vulnerable en los sueños. Soñó una noche que su
padre le visitaba. Su mente maliciosa se conformó, y lo tomó como algo
inevitable. No le preocupó porque lo consideraba un sueño. Pero Don Leonardo
había salido del “Más Allá” en el que aún estaba confinado y recalado en el
otro “más allá”, más próximo a Francisco. Y de la mano de la culpa de su hijo
desembarcó en la realidad de su cama. Le tomó de la mano a su vez y le condujo a
la ventana cuando empezaba a amanecer. La vecina de la casa de enfrente que
había salido al balcón a fumarse un cigarro vio a Francisco encaramarse al
alféizar y dar un paso al vacío. En sus declaraciones a la policía dijo que no
observó que nadie lo empujara.
Francisco cobró una herencia efímera. Falleció el día
después de recibirla. Los bienes fueron destinados a sus legítimos herederos.
LA PUERTA SECRETA JUANA
DOMÍNGUEZ
"Búscame en el más allá " escuchaba en su cabeza.
Así llevaba más de un mes. La frase se repetía
continuamente, en la vigilia del sueño que no llegaba.
Había consultado a su médico, y lo único que le recetaba
eran ansiolíticos para dormir.
Le hablaron de un médium, que según los pacientes tratados en su consulta era
una maravilla, solucionaba cualquier trastorno de sueño extraño.
Llevaba una semana siguiendo sus recomendaciones. Esa
noche tenía que preguntar a la voz que le hablaba, quién era y dónde estaba la
puerta del más allá para buscarla.
Se acostó temprano. Estaba nervioso, no sabía si
podría preguntar dormido. Dio muchas vueltas, el sueño no venía, la voz tampoco
llegaba.
Ya casi amanecía, cuando una sombra cruzó su ventana. Ese
instante de incertidumbre, le despejó por completo. Se levantó de golpe. Fue
hasta la ventana no se veía mucho aún. Enfrente, la fachada del bloque vecino
se dibujaba nítidamente, los árboles de la derecha se agitaban tranquilos, un
pájaro madrugador emitía un sonido agudo saludando al entorno que despertaba
poco a poco. Tendría que ser la noche siguiente cuando volviera a intentar
entablar conversación con la voz insólita.
Algo entre los árboles le llamo la atención. Bultos
incoherentes desaparecían entre las ramas del castaño de indias más grande, en
el rincón más alejado de la calle.
Parecía una procesión, desaparecían de uno en uno, una
fila de sombras rodeaba el tronco y se elevaban hasta donde desaparecían.
Se restregó los
ojos ¿estaría dormido o soñando?
Volvió a mirar por la ventana. Las sombras habían
desaparecido, solo árboles agitando sus ramas, era lo que veía.
Un sonido a su espalda le sobresalto: Buscameeeee…
Se volvió inquieto. Nada, la habitación estaba vacía. Fue
hacia la puerta, pero algo le impedía abrirla, algo que le empujaba hacia la
ventana. Gritó aterrado… Sus gritos le despertaron sudando.
Estaba sentado en su cama. Poco a poco fue
tranquilizándose. Recordó las indicaciones del médium: solo tomar un cuarto de
pastilla verde. ¿Se la habría tomado entera?
Se dirigió a la ventana, el sol ya estaba alto, los árboles
se mecían tranquilos, el castaño de indias airoso y altivo parecía burlarse de
él.
No volvería a aquella consulta ya sabía dónde estaba el
más allá.
Araceli. No me puedo ir así
ResponderEliminarEn este breve poema, Araceli nos cuenta el agobio que le supone iniciar un viaje largo, dejando todo mangas por hombro. Ese desorden y abandono yo lo he entendido con un doble sentido, referente también a un lejano viaje al más allá, misterioso. Me ha gustado mucho porque en pocas palabras ha dicho mucho, con un trasfondo genial.
Antonio. Desde el más allá duplicado
Bien merecido lo tiene el final de Francisco García. El más allá de su culpabilidad y el más allá de su padre, han hecho justicia a una maniobra indecente. Cuantos muertos se retuercen en sus tumbas al ver el mal proceder de sus hijos. En este caso, don Leonardo, de la mano de la culpa de su hijo, ha podido regresar y poner las cosas en su sitio. Muy bueno, Antonio.
La puerta secreta. Juana
Nos has trasmitido la angustia de no saber quién llama y desde dónde llaman a tu personaje. La sucesión de escenas van subiendo la temperatura de la intriga, sin tener un desenlace final que nos tranquilice. Parece que la sobredosis de la pastilla verde ha aumentado su paranoia. Y es que los problemas con el más allá tienen difícil solución. Muy bien, Juana.
Gracias, Juan por la parte que me toca en tu comentario. Yo también opino que en las ocasiones injustas los difuntos deberían hacerse presentes. La literatura nos lo permite.
EliminarCon gracia rimada, Araceli, nos cuenta una situación que bien puede tener un doble significado pero prefiero que darme con el más viajero y terrenal.
ResponderEliminarCon elocuencia y a través del diálogo, Juan nos narra una situación que bien pudiera ser real trayendo a colación el debatido misterio de la fe y de la vida prometida. Me da la sensación de que el sentido práctico del amigo le llevará a conformarse con lo más tangible.
ResponderEliminarCuriosa reflexión con carácter metafísico con la que Antonio nos presenta su relato. Del plano abstracto se va centrando en el concreto para describir una situación familiar llena de artimañas, a través de las cuales nos permite conocer a los personajes y que sólo será equilibrada por la presencia del padre desde el "más allá". A pesar del toque mágico de esta intervención resulta agradable pensar en la justicia reparadora sea cual sea su procedencia.
ResponderEliminarGracias María Isabel. Un comentario muy certero.
EliminarEl relato de Juana va creando un ambiente lleno de misterio que nos ayuda a meternos en esta trama llena de fantasía y alucinación. Por momentos nos ponemos en la piel del protagonista y preferiríamos salir corriendo, menos mal que la luz de la mañana junto a la cordura, nos salva al igual que a el de la pesadilla.
ResponderEliminarJuan, el amigo Tomás es uno de tantos seres, que tienen dudas infinitas sobre la religión. Personalmente siempre he creído, que tener fe es un chollo. Si te pasa algo bueno...Bendito sea Dios y si no... Que sea lo que Dios quiera. En resumen, tus relatos sencillos y llenos de sentido común, llegan muy dentro.
ResponderEliminarAntonio, Leído tu relato, una vez más te digo que no puedo mas que admirar tu imaginación. Está lleno de personajes. Un hermano ladino y nada escrupuloso teje una madeja de falsedades para quedarse con la herencia del padre. El desenlace es un justo final, a sus malas artes. Y que conste, la moraleja no está de más.
ResponderEliminarJuana, aquí si pude abrirlo. Tu relato no puede ser más intrigante, cada renglón aumenta tensión y hasta el final quedamos con la inquietud de saber lo que pasará , cuando se acerque a la ventana y porque no volverá más a esa consulta.
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