24/10/2025

PREMIO DESIERTO

 

CASI NOS ENGAÑAN                                                               JUAN SANTOS

Tres relatos despuntaban sobre todos los demás. Desde el primer momento supimos que uno de ellos sería el ganador. Los leímos en silencio y en voz alta. Era difícil decidirse por el mejor. Todos estaban muy bien escritos, con la puntuación adecuada y la sintaxis perfecta. Por un momento dudamos si serían producto de la inteligencia artificial, pero eran relatos con alma. Tenían esa chispa que solo la inspiración humana puede crear, capaz de emocionar al lector más frío.

Los títulos eran muy sugerentes:

 

INVENTANDO EMOCIONES

Es de suponer que la IA puede buscar y colocar, de manera más o menos acertada, las emociones que existen registradas en las grandes bases de datos, pero en este relato, las emociones que aparece son nuevas: Recuerdo perfectamente lo bien que me encontraba cuando estaba en la barriga de mi madre. Esto nunca lo diría una máquina.

 

ENTRE LÍNEAS DE CÓDIGO

En la danza errante de mi teclado, las palabras cobran vida y mueren en un suspiro digital. No me da tiempo de copiarlas para ti. Con este comienzo es fácil ver a una persona enamorada escribiendo en el ordenador.

 

IMITÉ TU SOLEDAD

¿Cuándo una máquina se ha sentido sola? En este relato la protagonista empatiza con un mendigo, para comprender el dolor de la soledad. La Puerta del Sol estaba abarrotada de gente, mientras yo sentado en el suelo, pedía limosna. Esto solo puede experimentarlo alguien que tenga corazón.

 

Con esta tesitura, pensamos que lo mejor era echarlo a suertes y que el azar decidiera. Una pena porque dos de ellos quedarían descartados injustamente.

Al presidente del jurado se le ocurrió leer de seguido los tres títulos:

 

INVENTANDO EMOCIONES ENTRE LÍNEAS IMITÉ TU SOLEDAD

Se nos encendió la bombilla, sospechamos que la IA había traspasado la línea roja de la experiencia personal y que ya tenía creatividad y emociones. No nos fiamos y el premio quedó desierto.


 

EL PREMIO EQUÍVOCO                                               ANTONIO LLOP

Temblaba. Marcela tenía que conseguir que ganara alguien con el pseudónimo de Espartaco, pero ninguno de los otros dos miembros del jurado renunciaba a su candidato. Ella los miraba intensamente tratando de adivinar sus puntos frágiles.  

A la derecha de Marcela un tal Rodrigo de los Monteros, serio, pelo corto peinado hacia atrás y pegado al cuero cabelludo, impecable en el vestir. De trayectoria literaria desconocida, pero eso carecía de importancia. Para ella era suficiente el haberle sorprendido mirándola de esa forma que las mujeres adivinan y los hombres creen que no se dan cuenta. A su izquierda Timoteo Romero, un profesor jubilado, con gafas de haber consumido muchos libros y una espalda cargada de años de recorridos literarios. Ese era el compañero más difícil de convencer. Tras consultar su historial no le había encontrado debilidades. Fuera de su actividad académica, sus libros y artículos ese hombre no existía. Ni tenía cargas familiares ni rastro de vicios ocultos.

Ellos también tenían sus razones para elegir a sus candidatos. Marcela averiguó que el escogido por Rodrigo, el repeinado, era un miembro de otra familia perteneciente a una aristocracia nobiliaria, como la suya. Supuso que ahí habría afinidades y pago de favores de clan. El elegido del profesor era alguien al que este hundió la carrera con una zancadilla alevosa, porque amenazaba su cátedra con mayores conocimientos que los de él. Al viejo león implacable con la jubilación le había sobrevenido una culpabilidad inesperada. Proponiéndole como ganador pagaba su arrepentimiento. Una justicia poética.

Los tres miembros del jurado habían recibido ya información sobre quiénes se escondían tras todos los seudónimos, junto con la recomendación del ganador que no era ninguno de sus candidatos. Es lo primero que les exigieron cuando les convocaron para ese premio. Un millón de euros menos impuestos no se le puede dar a cualquiera sin garantías de rentabilizar la inversión.

En un descanso de las deliberaciones para desayunar, los años de lucha de Marcela contra el machismo se tambalearon cuando sonrió y esbozó el guiño de un ojo al paso de la mirada del aristócrata. El rostro de este se iluminó por un momento. Ella, con una caña de vergüenza ya había dejado un anzuelo cargado de sugestión. Sin embargo, el profesor era inatacable de momento. Solo le quedaba a Marcela la mentira, ahondar en ese sentimiento de culpa del catedrático al final de su vida profesional. Al ofrecerle un café le dijo con cara de circunstancias.

—No me lo tome usted a mal, pero lo que me costó recuperar aquel suspenso en Lingüística en su clase del curso 2002-2003. Usted no se acordará porque tenía muchos alumnos.

Ante la mirada extrañada del profesor jubilado, ella inventó una historia dramática de años perdidos por depresiones y de una salida angustiosa que requirió tratamiento médico. No sabía si su patraña había calado en la fragilidad del jubilado Timoteo, pero ya había dejado otro cebo.

En la votación subsiguiente Marcela consiguió su propósito. Los otros dos miembros del jurado se decantaron por el candidato de ella ante su sorpresa y satisfacción. Al entregar la tarjeta con el nombre de Espartaco, como ganador, los tres pensaron en lo que significaba atreverse a desobedecer las sugerencias de la Editorial. En el mejor de los casos se arriesgaban a dejar de pertenecer al jurado para próximas ediciones con la cuestión monetaria que ello conllevaba.

Pero, el aristócrata, acostumbrado al ocio, cansado de esa actividad que le hacía leer demasiado, y pensando en la recompensa de Marcela aceptó firmar. El viejo profesor abrumado por sus años de inflexible comportamiento y con una culpa sobrevenida también se avino al acuerdo.

La reacción del editor no se hizo esperar. Ante la prensa expectante declaró al premio desierto por incapacidad del jurado para emitir un veredicto. Al mes siguiente se reunirían otros jueces, personas de reconocido prestigio en el campo literario, que decidirían la novela ganadora. Marcela, Rodrigo y Timoteo no pudieron hacer ni decir nada porque habían firmado una cláusula de confidencialidad.

La editorial se aseguró unos juzgadores que emitirían un dictamen adaptado a sus intereses. Lo único que permitió fue que la novela de Espartaco obtuviera el segundo premio como una concesión graciosa al anterior jurado.

A Marcela no le preocupaba esquivar al rijoso aristócrata ni al apesadumbrado profesor. Ni siquiera la paradoja de que para soslayar un chantaje hubiera tenido que chantajear a su vez. Solo le obsesionaba el que el puesto de primer finalista no le bastara al secuestrador para liberar a su hija.

 

8 comentarios:

  1. Juan nos sorprende con un breve relato lleno de ingenio y verosimilitud. Tanto la trama como los títulos elegidos son muy buenos y el final, ante la duda del jurado, el mejor de todos. Enhorabuena Juan.

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  2. En el relato de Antonio los perfiles y las descripciones se unen para hacer creíble a los personajes. Todo contribuye a que la trama esté llena de intriga y alternativas que nos sorprenden con un inesperado final.
    A través de su relato se ponen de manifiesto los enrevesados mundos de los concursos literarios y la mafias en las que se pueden llegar a convertir. Un relato lleno de ingenio y acierto. Enhorabuena.

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  3. Después de leer este relato, siento tristeza de pensar que los jurados de los certámenes literarios sean de esta calaña. Pero voy a ser optimista. Creo que Antonio ha estado influenciado por el revuelo que ha habido, estos días, tras el Premio Planeta. Por tanto, apuesto porque la inmensa mayoría de los jurados son personas honestas que premian la calidad de las obras. En cuanto al relato, en sí, me ha gustado mucho. Los nombres de los personajes son muy acertados, en base a su condición. En especial al de Espartaco: esclavo gladiador que se rebeló contra la República romana. Defendido por Marcela, luchadora contra el machismo. Bueno, el primer finalista no está mal. Suele decirse que siempre es de mejor calidad que el ganador. Deseo que los secuestradores del relato, así lo entiendan.

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  4. Juan, nos anticipas las frases de tres relatos, y son tan sugerentes y están tan bien escritas que deseamos leerlos. La irrupción de la IA ha supuesto un problema para jurados de certámenes y profesores que han de juzgar la originalidad de trabajos que se les presentan. El razonamiento de Juan es impecable en cuanto al análisis de lo que nunca escribiría una máquina. No obstante los miembros del jurado creen que esa IA ha alcanzado la singularidad, algo que todos tememos vaya a ocurrir algún día. Un relato muy trabajado. Estupendo.

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  5. Y añado... Un relato muy acorde con la temática científica del blog desde el punto de vista literario.

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  6. Juan, utilizando las ventajas y desventajas de la I.A., has creado un relato ingenioso y muy creíble. Los tres títulos hacen uno solo. El jurado decide dejar el premio desierto. Yo no puedo evitar premiarlo. Porque es muy bueno

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  7. Antonio. Tu relato claramente nos muestra la maraña de los premios literarios. Y has detallado el perfil de todos los miembros del jurado. Así llegas a un final totalmente inesperado. Por lo tanto sorprendente y desde luego genial. Bravo.

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  8. Juan. Una buena manera de poner ante nosotos las inquietudes que la IA causa en los creadores. Muy original modo de plantearlo con los diferentes relatos que uniendo al final dan a sospechar que la IA podido ganar la partida.Un buen relato.


    Antonio, un relato muy bien planteado sobre los entresijos de los jurados de los premios literarios. Muy bien dibujados los perfiles psicológicos de los distintos personajes que te los hace tangibles y reconocibles y un final sorprendente que lo cierra de manera brillante.

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