SIEMPRE TÚ MANUEL
GIL
Esto
que voy a contar ha cambiado mi percepción de las cosas. Alguno pensará que elucubro, que son fantasías…
Yo
siempre me había
considerado un tío
con suerte, sin más análisis. Las cosas solían funcionarme y nunca lo achaqué a nada concreto, de la misma forma que nunca
creí en lo de los
gafes y todas esas cosas que forman parte del imaginario popular.
Todo
dio un giro fatal cuando hace cinco años perdí a
Gabriel en un desgraciado accidente de moto. Él era, mi amigo, mi hermano, mi refugio, mi todo, pero lo era de una
manera tan natural que ni lo tenía en cuenta. No recuerdo cuándo nos conocimos; sería de niños, supongo, y hasta
donde me llega la memoria, él siempre estaba ahí.
Me
defendía de los
otros niños cuando me metía en problemas. Si tenía un examen y temía un suspenso, él me ayudaba y además me acompañaba, y todo iba
bien. No hay decisión importante que haya tenido que tomar en la que no
interviniera con su consejo y siempre con éxito. Es más,
cuando en una ocasión me advirtió contra una decisión
empresarial, poniéndome delante de los ojos los
riesgos que veía,
con respecto a un socio circunstancial con el que yo estaba obcecado en llevar
adelante el proyecto, lo despedí pensando que estaba celoso por
no haber participado en la idea. El negocio fue un rotundo fracaso que hizo
tambalear todo y del que solo salí con su ayuda.
Siempre
a mi lado y al de los míos. Yo me casé con Sara y fue mi padrino de
boda, al igual que lo fue del bautismo de Roberto, mi hijo.
Alguna
gente malintencionada me decía que él no se había casado ni tenía novia, porque estaba
secretamente enamorado de mí. Jamás di ni el más mínimo
crédito a eso. Nunca dio ni una sola muestra de
buscar otro tipo de relación que la que teníamos, ni tuvo ninguna actitud que me hiciera
pensar nada en ese sentido. A Alfie, mi perro —bueno, es un decir mío, porque no sabría decir si le quería más a él o a mí—, digamos que casi lo compartíamos. Se quedaba con él cuando Sara y yo viajábamos y lo paseaba siempre que
yo no podía, y a
menudo lo hacíamos juntos.
Nunca
había considerado
lo importante que era hasta que aquel aciago día me lo arrebató el asfalto y todo cambió para mí. Llegaron los problemas con la empresa y me
vi obligado a vender la mitad del negocio. Mi matrimonio entró en crisis y he
estado viviendo en casa de mis padres. Me vi envuelto en la tela de araña de la
ludopatía, y mi
vida ha sido un desastre.
Recientemente,
y como último
recurso antes de cerrar definitivamente el negocio, contraté a Eugenio. Es un hombre de cincuenta y muchos
años, tuvo en su día
una empresa, pero llevaba tiempo sin trabajar; obeso, con poco pelo, de aspecto
relajado y simpático. En
seguida conecté bien con él y, con la información que le proporcioné, metió mano a
la situación y en poco tiempo empecé a levantar
cabeza.
Comenzamos
a intimar y le conté mis problemas conyugales. Me
consta, y no sé de qué manera lo ha hecho, que ha tenido que ver en el acercamiento que Sara
y yo estamos teniendo. Un día, mientras tomábamos unas cervezas juntos, me dijo que él era divorciado, pero que últimamente se llevaba mejor con su exmujer y
con una hija que vivía
en París. Me confesó que no había sido muy ejemplar ni como
esposo ni como padre, pero que su vida dio un giro cuando pudo sobrevivir a una
enfermedad coronaria, en la que llegaron a darle como mucho una semana de vida.
Un trasplante en el límite le
salvó, y tras la
recuperación, pensó
que la vida le daba otra oportunidad y decidió cambiar, trabajando la empatía y el darse a los demás, para agradecer su nueva
condición.
Estábamos en una terraza, saboreando
nuestra cerveza y nuestra conversación, cuando apareció Roberto con Alfie. Mi
perro es tranquilo, no es arisco, pero ahora que está viejo no hace ningún caso a desconocidos y suele
ser bastante pasota. Sin embargo, su reacción al ver a Eugenio me sorprendió:
empezó a agitar la cola con fuerza, a dar saltitos alrededor de él y a mostrar una alegría que yo no lograba entender. Ël
se limitó a decir que nunca había tenido perro, aunque siempre los había
respetado.
Entonces
le pregunté a Eugenio por la fecha en la que había recibido el transplante,
“Fue hace 5 años el 6 de abril, ese día nací,” dijo sonriendo.
Recordé
entonces la cara de la madre de Gabriel cuando rota de dolor me contaba el día
5 de abril de hace 5 años, que acababa de firmar la donación de los órganos de
mi amigo.
Un
nudo se instaló en mi garganta y ante la sorpresa de Eugenio, reaccioné
poniendo mi mano derecha sobre la parte izquierda de su pecho, Alfie ladró de
alegría y yo supe que mi talismán me había encontrado de nuevo.
EL EMPALME DEL ÁRBOL ANTONIO
LLOP
Al principio, la estrella de plástico que corona el árbol de
Navidad que llevaba en el bolsillo me pinchaba al andar. Pero con el tiempo me
he acostumbrado a esa molestia de las puntas. No hay remedio: es mi talismán de
la buena suerte. La llevo conmigo desde adolescente cuando ese dolor tenía un
final placentero. Y no es que yo fuera un joven precoz aficionado al masoquismo.
Permítanme que les cuente la historia de esa estrella inmerso en ese universo
tan lejano al presente. Quizás mi narración hiera la sensibilidad de alguno de
ustedes pero cuando las hormonas empiezan su revolución no hay discreción que
valga en el discurso. Solo precaución en la acción:
Todos los años iba con mis padres a pasar las Navidades a casa de mis
tíos. Esperaba con ilusión esas fechas porque el primer día mi prima y yo
siempre montábamos el árbol. Era un acto consensuado desde tres años antes. Yo
en ese diciembre cumplía diecisiete. En los bolsillos de mis vaqueros
despuntaba la estrella. Cuando mi tía y mi prima nos abrieron la puerta, mi tío
no estaba en la casa.
-Ha salido de compras,
pero está a punto de volver -nos dijo mi tía.
Mi prima es casi de mi
edad. Después de saludarme con dos besos al aire se sentó frente a mí con la
caja del espumillón entre sus piernas. Por encima del cartón, la malla de lycra
ajustada a su cintura trasparentaba el triángulo de sus braguitas. Metió la
mano en el contenedor del árbol desmontado y sacó una bola de cristal, que me
mostró sonriendo. Acto seguido pasó los dedos con suavidad por la nieve pintada
en ella y volvió a mirarme a los ojos. En ese momento la tensión de mis
genitales subió tanto que tuve que sentarme para que no se me notara. Estábamos
expectantes, con la respiración acelerada. Sabíamos que dentro de poco, cuando
viniera mi tío, montaríamos el árbol de Navidad.
Mientras esperábamos
recordé lo que pasó los tres años anteriores. Nuestros padres hablaban de sus
cosas, ajenos a lo nuestro, cuando abrimos la caja donde se guardaban las
piezas del árbol. Entre risitas y miradas furtivas comenzamos a empalmarlas. Mi
prima me daba las superiores para que yo introdujera sus colas en los huecos de
las de abajo. De esta forma, rozando nuestras manos y respirando nuestros
alientos, levantamos la estructura principal. Entonces ella empezó a colocar
las bolas y demás adornos por un lado. Yo lo hice por el contrario hasta que
nos encontramos en el centro. Fue el momento esperado. Saqué la estrella de mi
bolsillo y me acerqué a su posición por detrás para colocarla en la punta del
árbol aprovechando mi mayor altura. Mi prima se inclinó un poco hacia adelante
mirando de reojo a los mayores. Cuando estuve tan cerca que podía oler su pelo
me encajé al final de sus piernas. A pesar de la tela de la ropa de ambos noté
la humedad tibia de su sexo. Ella, casi inmóvil, acariciaba con disimulo las
bolas que tenía a mano y se demoraba en ajustarlas. Yo ensayé diversas posiciones
de la estrella también para prolongar el momento de su colocación. Y seguía
apretando hasta que…
El sonido del
telefonillo de la puerta de entrada me sacó de los recuerdos. Era mi tío:
-Que bajen los chicos
al garaje para ayudarme con los paquetes.
Bajamos en el
ascensor. Mi tío nos esperaba con el maletero del coche abierto. Debajo de unas
bolsas que contenían comida había una caja cerrada.
-¿Sabéis lo que es
esto? -preguntó-. Es un árbol de Navidad integral. Lleva incorporadas las
bolas, la estrella y todos los demás adornos. Este año ya no tendréis que
perder el tiempo colocándolos. También os libraréis de desenredar los rosarios
de luces porque la iluminación así mismo está integrada. Será tan simple como
enchufarlo a la red.
Mi prima y yo nos miramos
a los ojos. En nuestras miradas se reflejaba la decepción. Los dos sabíamos que
a partir de ese momento ya no habría más juegos furtivos entre nosotros.
Saqué mi estrella y la
tiré a una papelera.
Ese sería el final del cuento, señores y señoras, si me
atuviera a las normas de los relatos. Pero la realidad y la ficción a veces no
coinciden. La verdad es que mi intención fue desprenderme de ese adorno que mi
prima y yo convertimos en fetiche del placer. Pero lo conservé como amuleto.
No estoy seguro de las razones que tuve en ese momento pero
sí de las consecuencias. No lo llevaba constantemente encima. Mi nostalgia no
llegaba a tanto. Lo sacaba del cajón de mi mesilla por ejemplo el día de los
exámenes finales de mis diferentes cursos universitarios. Y la verdad es que me
daba suerte. Me había preparado bien pero todos los que habéis cursado materias
sabéis que el programa es muy extenso y es imposible llevar todos los temas
igual de preparados. Pues a mí siempre me tocaban los que me sabía mejor. Otros
momentos en que usaba mi fetiche era durante las entrevistas de trabajo. Ya
había obviado la molestia de las puntas y lo solía llevar en el bolsillo
interior de mi chaqueta. Pues, creedme, siempre conseguí los trabajos que me
propuse.
Mientras tanto mi prima y yo hacíamos vidas separadas. Ella
se casó con un capitán del ejército de tierra. (De alguna manera siguió con su
fijación por las estrellas. Este me ganaba por dos). Yo, tras varios fracasos
sentimentales, aún permanezco soltero. Un día, pasados muchos años, me la
encontré en una oficina de Administración de Loterías. Sí, sí, ya sé lo que
piensan ustedes. Me dejé seducir por la superstición. Pero nunca saqué un
premio ni grande ni pequeño. Yo llevaba (me avergüenza decirlo) mi talismán en
el bolsillo de la chaqueta por si acaso. La saludé con los dos besos al aire
que nos dábamos a la puerta de su casa. Instintivamente le mostré la estrella
que ya había perdido la pátina brillante de antaño. Ella me contestó con una
sonrisa y una turbación de las de entonces mientras sacaba de su bolso una bola
con la pintura de la nieve ya desgastada.
Les juro que, aún a mis años, tuve que disimular una
erección en mis pantalones.
LA BUENA SUERTE DEL TRÉBOL JUANA
DOMÍNGUEZ
Un hallazgo poco común, me sucedió de niña. Las tardes de
primavera me encargaban cuidar el cerdo que nos daría por San Martín, tras
hacer la matanza, condumio para todo el año.
Las tardes de sol, cerca de un arroyó limpio y claro, sin
residuos fecales como lleva ahora, con la sola compañía del lechón, con el que algunas veces hablaba sentada
sobre la hierba verde y fresca, vigilando como comía y hozaba buscando raíces
tiernas, eran aburridas y eternas.
En aquella pradera crecían diversas plantas, entre ellas el
trébol. Había escuchado contar a mis primas mayores que un trébol de cuatro
hojas, traía buena suerte, y pasaba la mayor parte de la tarde contando los
folíolos del trébol, tres hojas, todos tenían tres hojas. Nunca tendría suerte,
una vida sosa y monótona sería la mía.
Era una tarde más, igual a la anterior sin otra cosa que
hacer que mirar a las hormigas acarrear semillas por un largo camino hacia su
hormiguero. Miré los tréboles sin
ninguna esperanza ¡Cuatro hojas! no lo podía creer, volví a contar los folíolos
¡cuatro, tenía cuatro! Que alegría
sentí, ya la vida no sería sosa y común, grandes cosas me iba a deparar el
futuro. Lo guardé con mucho cuidado. Al llegar a mi casa cogí un libro y lo
puse dentro, aplastándolo entre sus hojas. Allí debe seguir.
No me ha tocado la lotería, no encontré un marido
multimillonario, ni tampoco he encontrado un tesoro...
No puedo decir que mi vida haya sido algo fuera de lo
normal. Estudié un poco, encontré trabajo pronto, tengo una familia a la que
querer, algunos altibajos, disgustos y enfermedades. Una vida sosa y común. El
trébol que con tanta ilusión guardé, desapareció, no lo he vuelto a ver nunca
más ¿será ése el motivo de mi vida común?
Ahora que ya gozo de la jubilación tendré que mirar en todos
los libros. En alguno de ellos debe seguir. Seguro que todos estos años me
ha ayudado a ser persona y a no desear
mal a nadie. Algo que también es buena suerte viendo las penas y desastres que
nos rodean.
¡Encontrar un talismán para que todo vaya bien! Ese era mi
deseo ingenuo, y la esperanza de todos los mortales. Tendré que volver a
aquella pradera y buscar otro trébol de cuatro hojas, para renovar la suerte de
aquel, pero tendré que guardarlo donde pueda mirarlo cuando tenga un problema
que resolver.
Siempre tú. Manuel
ResponderEliminarYa desde niño, el protagonista de tu relato es una persona débil e insegura. Tiene la suerte de encontrar a su amigo Gabriel, talismán que le ayudará y le protegerá a lo largo de toda su vida, hasta que tiene el accidente. La aparición de Eugenio, trasplantado, para seguir dándole suerte es un acontecimiento que, junto con la intuición del perro, conforman una historia maravillosa de ese talismán que iba implícito en el corazón. Genial.
El empalme del árbol. Antonio
La estrella para tu protagonista y la bola de nieve para su prima son los objetos talismán a los que les has sacado al relato, con maestría, un sugerente contenido erótico. Frases y palabras como “empalmarlas” “introducir sus colas en los huecos” o “acariciaba las bolas que tenía en las manos” inducen al lector a pensar en la calentura de estos adolescentes. El hecho de que conserven sus amuletos, siendo mayores, dan una vuelta de tuerca a este magnífico relato.
La buena suerte del trébol. Juana
Es tan difícil encontrar un trébol de cuatro hojas, que el hecho de haberlo encontrado en tu juventud, ya te dio suerte para toda la vida. No es necesario que busques un nuevo trébol. La suerte de ser una buena persona permanece toda la vida. A la vista está. Buen relato en contenido y forma, Juana.
Manuel, con su relato nos narra una emotiva historia de amistad y protección capaz de traspasar lo terrenal y adentrarnos en mundos espirituales. A través de la cual conocemos la trayectoria vital del protagonista. El relato cobra relevancia a través de la presencia del perro y su reacción haciendo que el relato resulte verosímil y muy entrañable.
ResponderEliminarCurioso título el del relato de Antonio que, bien mirado, puede tener un doble significado...A través de los recuerdos nos sitúa en una escena navideña en donde el descubrimiento adolescente y el placer caminan juntos y en donde la fuerza de aquellos primeros encuentros pervive a pesar de los años. La historia mantiene un tono nostálgico e inocente a la vez y consigue que esas sensaciones le lleguen al lector.
ResponderEliminarJuana, con un elemento tan visual y simbólico como es el trébol, nos resume en pocas líneas la vida de la protagonista. Desde la rutina, en ambiente campestre, y la inocencia infantil hasta la aceptación y la capacidad de no haber perdido la esperanza para que su vida se llene de buena suerte más allá de la que posee.
ResponderEliminarManuel, es un relato tan visual en cada uno de sus puntos, que es fácil adentrarse en los sentimientos del protagonista y sentir la misma emoción que él, cuando descubre que vuelve su talismán a través de Eugenio. Y coreado por su perro. A ellos no se les escapa una. Bien hilado el relato. Más que bueno. Extraordinario.
ResponderEliminarAntonio, la pícara sutileza de tu relato, "El empalme del árbol", es una dulce lectura, donde la Navidad y todos los chirimbolos que le ponemos al árbol, cobran protagonismo. Así las inocentes manos de los niños se encuentran y añaden a la magia Navideña, una más especial, en el descubrimiento de sus sentimientos. Más genial imposible.
ResponderEliminarJuana, en la "Buena suerte del trébol", has reflejado la capacidad que a esta hoja se le atribuye y que acompaña a todo el que la posee. Tu protagonista , al fin encontró ese preciado talismán. Pero en nada cambio su vida. Ésta sería pura rutina, pero tu tal como la pintas, parece buena y hasta envidiable. Sencillo, tierno y muy cercano.
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