TODO ESTÁ BAJO CONTROL, GRACIAS MANUEL
GIL
Julián siempre creyó que el
problema no era la realidad, sino la narrativa.
—Si uno controla el relato, controla el resultado —decía.
La idea del secuestro no nació
de la maldad, sino de la borrachera de información. Todo comenzó una noche en
el bar. La televisión escupía noticias económicas con gráficos rojos que
parecían flechazos en el bajo vientre. Julián conectó su portátil y abrió una
imagen titulada: Tratamiento de shock financiero.
Sandra observó la imagen
borrosa de un hombre saliendo de un supermercado.
—¿Quién es?
—Don Silvino Cifuentes. Empresario. Millonario.
Vulnerable.
—¿Vulnerable por qué?
Julián dudó apenas un segundo.
—Porque no sabe que lo vamos a secuestrar.
El Gordo aplaudió con un
entusiasmo sin fisuras, como si celebrara algo inevitable.
—Él va a ese súper y
allí será fácil. Todo está bajo control. Gracias —concluyó Julián.
Nadie le había dicho nada que
justificara esas gracias, pero la gratitud parecía formar parte de su método: agradecer antes, por lo que pudiera ocurrir
después.
El secuestro fue un jueves, día
de descuentos en yogures y otros artículos del súper. El detalle era importante
para Julián: los jueves la gente está distraída comparando precios. Eso, en su
teoría, reducía la resistencia.
Lo que no contempló fue que la
furgoneta no arrancaría.
Mientras Sandra y El Gordo
empujaban el vehículo por la pendiente del estacionamiento, la puerta lateral
se abrió por la inercia y, en medio del absurdo, don Silvino subió por voluntad
propia, creyendo que se trataba de un transporte solidario para jubilados.
Nadie lo obligó.
Nadie lo empujó.
Ese fue el primer síntoma de
que el plan no tenía un rumbo claro.
El escondite era un antiguo
local de colchones, clausurado por deudas. Aún quedaban algunos apilados contra
la pared, formando una especie de muralla blanda.
—Aquí estaremos seguros —dijo Julián.
Don Silvino escuchó el monto
del rescate y soltó una risa breve, casi compasiva.
—Mi empresa quebró hace meses. Estoy
más cerca de ustedes que de mis antiguos socios.
Sandra sintió que algo
se desmoronaba.
De pronto, aullidos —como cuando un perro de caza descubre la presa— llenaron el aire.
—Le he dado sin querer con el pico del colchón a un
botón rojo que había en la pared —dijo El
Gordo, sin inmutarse.
Julián cerró los ojos un
instante.
—Todo está bajo control. Gracias.
Lo dijo con una serenidad que
rozaba lo místico, como si nombrar el orden bastara para convocarlo.
La propuesta de fingir el
secuestro nació del propio don Silvino.
—El seguro lo cubrirá y nos lo repartimos —explicó con tono didáctico—. Ustedes
necesitan dinero. Yo necesito liquidez. El miedo siempre cotiza al alza.
Sandra lo miró con
incredulidad.
Comprendió entonces que el
secuestro no era un acto excepcional, sino un espejo. Todos estaban atrapados
en algo: deudas, expectativas, orgullo. La diferencia era que algunos lo
llamaban “mercado” y otros “crimen”.
La alarma seguía sonando; no
encontraron la manera de detenerla.
Cuando los agentes rodearon el
edificio, los sonidos de unos y otros se mezclaron hasta formar un ruido sin
jerarquía.
El Gordo lloraba.
Sandra miraba a Julián con una
mezcla de furia y ternura.
Don Silvino permanecía sentado
sobre un colchón, sorprendentemente sereno.
—Al menos fue interesante —comentó.
Julián se acomodó la chaqueta
como quien sale a dar una conferencia.
Abrió la puerta.
La luz exterior lo recortó en
una silueta frágil.
—Todo está bajo control —dijo.
Una pausa.
—Gracias.
Las esposas cerrándose
produjeron un sonido limpio, definitivo. El único mecanismo que funcionó con precisión esa tarde.
Semanas después, en el patio de la prisión, Julián organizó un pequeño círculo de internos. Hablaba de mentalidad, de visión
estratégica, de “convertir crisis en oportunidades”.
—La clave —explicaba— es mantener la narrativa.
A lo lejos, alguien gritó. Un guardia discutía. Una pelea
comenzaba en otro pabellón.
Julián sonrió con esa fe
intacta que no depende de la evidencia.
—Todo está bajo control.
Esta vez no dijo “gracias”.
Y, por primera vez, la frase no
sonó absurda.
Sonó necesaria.
LAS
GAFAS ROTAS MARÍA
ISABEL RUANO
Por primera
vez, en muchos años, Amelia sintió que, al legar a esa ciudad, estaría a salvo.
Era una
desconocida. Las dos lo eran, la ciudad y ella.
Dedicó los
primeros días a descansar. Casi permanecía oculta en la habitación de una
antigua fonda en la parte vieja de la ciudad. Cerca de la Alcazaba y lejos del
mar.
Durmió mucho,
pero sus sueños estuvieron llenos de sobresaltos. Le dolían el cuerpo y el
alma.
Poco a poco,
y al abrir la ventana cada mañana, protegida a penas por un liviano visillo, el
aire fresco le fue invitando a salir. Olía a salitre y primavera.
Los
moratones, se iban difuminando entre las arrugas de la piel. Las oscuras gafas
y un sombrero, aliados con la edad de mujer madura, se convirtieron en
excelentes compañeros para animarse a salir. Paseaba hasta el agotamiento por
las calles sombrías hasta qué, poco a poco, la luz las llenaba de movimiento.
Pequeños puestos de fruta, tiendas minúsculas, el bullicio y el trajinar de la
gente que, afanada en sus tareas, no reparaba en ella, le dieron una entrañable
sensación de seguridad.
El primer día
que bajó hasta el puerto, sentada frente a los barcos, con un cálido sol, se
quitó las gafas y experimentó una inigualable sensación de libertad unida a la
efímera perspectiva de que todo estaba bajo control.
Le gustaba
ese lugar, las sensaciones que había experimentado, la posibilidad de volver a
empezar, de ser ella, sin él, lejos de él, a salvo de él. Buscaría una casa
pequeña llena de sol.
A la mañana
siguiente encontraron su cuerpo desnudo entre los amarres de un barco pesquero.
La policía no encontró documentación alguna, sólo unas gafas oscuras pisoteadas
y rotas. Cerca un sombreo pajizo servía de acomodo a las gaviotas.
UN
AZAR PERVERSO ANTONIO LLOP
Luis Alberto Castellar de la
Rica y Vergara miraba al exterior tras la ventana cerrada de su apartamento de
la calle Hermosilla de Madrid. Le aburría esa perspectiva de casas señoriales,
siempre las mismas. Si pudiera abrir uno de los batientes aún podría asomarse a
la calle y ver el tráfico de gente bien vestida acudiendo a las tiendas y los lugares
de ocio. Pero eso era imposible de momento. Su agorafobia le impedía incluso
sacar la cabeza no fuera que le cayera algo de los pisos de arriba.
¿Cómo había llegado a esa
situación un hombre que presumía de tener controlada su vida? Él, que estaba acostumbrado
a practicar deportes al aire libre, ya llevaba medio año encerrado. No podía
seguir así. Estaba convencido de que todo había sido cuestión de una perversa
casualidad. Sin embargo, ¿podía el azar perder su característica aleatoria y
fallar siempre en la misma persona?
Porque todo había sido una
acumulación progresiva de desgracias que solo le tocaban a él. Primero fue la caída
al suelo tras la pechada antirreglamentaria del caballo de Borja en el torneo
de Polo. En el siguiente partido el golpe accidental con el taco que le propinó
Francisco Javier. Tampoco había sido normal que días después volviera a caerse
de su Campeón cuando saludaba a Fitita, la más joven de las Ridruejo. ¡Solo
había esa piedra en el camino en la que justo tropezó su caballo! ¿Y el bolazo
que le rozó la cabeza y que rompió los vasos de la terraza donde tomaba champán
en un descanso del torneo de golf? ¿Qué posibilidades había de que una bola
impactara contra la cafetería del Club si no estaba en la perspectiva de ningún
hoyo?
La consecuencia fue que poco
a poco fue retrayéndose de salir de casa. Pedía la comida por internet y los
encargos especiales le eran servidos por sus empleadas de hogar. Pero, ¿un
hombre con su potencial económico de cuna no iba a poder disfrutarlo? Tenía que
reaccionar. Buscó ayuda en su círculo exclusivo de amigos. Uno de ellos le dio
el teléfono de una terapeuta que había sacado a su madre de una depresión. Luis
Alberto habló con ella y se pusieron de acuerdo en que seguirían una terapia
conectados telemáticamente por WhatsApp.
—Usted tiene cultura
suficiente para saber que su padecimiento es irracional, ¿no? -le dijo sin
preámbulos Marta, la sicóloga, una muchacha que aparentaba su edad, en la
primera videollamada.
—Sí, pero ¿qué quiere usted
que haga si al poner el pie en la acera empiezo a temblar y me falta la
respiración?
En sucesivas sesiones la
terapeuta le fue haciendo comprender que tenemos que aprender a vivir con los
accidentes imprevistos. Olvidarnos de ellos y minimizarlos controlando los
riesgos de nuestros actos en la medida de lo posible. Las últimas sesiones
serían en el domicilio de él.
El día de la cita apareció
Marta. Tenía menos estatura que la que Luis Alberto se figuraba al verla en la
pantalla. Tras presentarse, le dijo sin más preámbulos:
—Prepárese que hoy salimos a
la calle. Le invito a desayunar en la cafetería de la esquina.
Le tomó de la mano con
decisión, y le condujo a la puerta de su casa. Luis Alberto se dejó llevar con
docilidad casi sin darse cuenta. Al principio se sentía ridículo por ir
enlazado a una mujer que parecía su hermana pequeña. Pero la energía que
irradiaba el brazo de ella le arrastraba.
Bajaron por el ascensor y al
llegar al portal él empezó a sudar. Ella lo miró a los ojos.
—Ahora vamos a practicar
todo lo aprendido durante la terapia.
Lo primero que Luis Alberto
notó al salir fue el estruendo de los sonidos del tráfico que habían estado atenuados
por los dobles cristales de sus ventanas. Irrumpió en la acera tras su
terapeuta que le sujetaba la mano con firmeza. Al principio iban pegados a los
edificios. Pero, pronto Luis Alberto se
sintió inmerso en la vida cotidiana de antes. Entraron en la cafetería. Él saludó
al camarero habitual y pidieron sendos cafés con los tiernos croissants famosos
en el local. Tras preguntarle ella cómo se sentía, él contestó que normal, le
parecía que ya no tenía ningún miedo.
—Ahora otro paso más.
Cruzaremos la calle y compraremos algo en la tienda de enfrente. Una botella de
champán para celebrar su salida a la calle no estaría mal.
Salieron de la cafetería. En
el paso de peatones él miró a ambos lados con algo de angustia. Sin embargo,
ella le daba confianza con su presencia y todo trascurrió con normalidad. Luis
Alberto ya no iba de su mano sino a su lado.
—Bueno, pues la próxima vez
saldrás solo -le dijo ya en su apartamento cuando se despidió.
Cuando Marta se fue, a Luis
Alberto le entró una risa floja. Se sentía ridículo por haber llegado a esa
situación. Por fin recuperaba el control de su vida. Llamó a todos sus amigos
para retomar las actividades ociosas que había interrumpido. ¡Por fin iba a
salir al aire libre! Al día siguiente quedó con Borja y Francisco Javier para
jugar al tenis. Ya pensaba en retomar el torneo de golf ese mismo fin de
semana. Abrió la ventana con ganas de gritar, pero se retuvo. Llamó a Fita
Ridruejo para comer ese mismo día en la terraza del Club de Campo. Quería sentir
el viento fresco de ese 15 de marzo en su cara.
Antes de bajar al garaje a
montar en su coche le dio por encender la televisión. Lo que el presidente del
Gobierno estaba anunciando hizo que aflojara la sujeción del tapón de la
botella de Moet Chandon que estaba abriendo para celebrar su libertad. De
pronto sintió un fuerte golpe en uno de sus ojos que le nubló la vista.
En ese momento de confusión
le dio tiempo a darse cuenta de dos realidades terribles: Que los accidentes
también pueden producirse dentro de casa, y que tendría que estar confinado en
ella durante al menos los próximos tres meses.
PÉRDIDA DE
CONTROL JUAN
SANTOS
Mi madre tiene a sus hijos en la palma de su mano. Somos
cinco, cada uno de una manera, como sus dedos. A todos nos quiere por igual y
nos tiene controlados desde que nacimos. Mira nuestras vidas y le preocupa que
unos naden en la abundancia y otros pasemos necesidad, porque la situación no
nos ha favorecido. Mi madre lleva muy mal que mis hermanos poderosos no
compartan sus caudales con los más necesitados. Cuando éramos jóvenes, eso no
pasaba. Pero a medida que nos fuimos casando, fue perdiendo poder. Su control
pasó a ser solo de observación. Ahora no se atreve a ejercer de comunista y
hacer un reparto de la propiedad. Para que no sufra, procuramos disimular
nuestros estados, el que tiene mucho como el que tiene poco. Pero ella es lista
y controla, con la intuición, nuestros bolsillos. Lo sé, porque, aunque yo soy
el peor hijo, el que más la he hecho sufrir, muchas veces me mete cincuenta
euros en el bolsillo sin que mis hermanos se enteren.
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