27/02/2026

TODO ESTÁ BAJO CONTROL. 1.

 

TODO ESTÁ BAJO CONTROL, GRACIAS                                              MANUEL GIL

 

Julián siempre creyó que el problema no era la realidad, sino la narrativa.

 

Si uno controla el relato, controla el resultado decía.

 

La idea del secuestro no nació de la maldad, sino de la borrachera de información. Todo comenzó una noche en el bar. La televisión escupía noticias económicas con gráficos rojos que parecían flechazos en el bajo vientre. Julián conectó su portátil y abrió una imagen titulada: Tratamiento de shock financiero.

 

Sandra observó la imagen borrosa de un hombre saliendo de un supermercado.

 

—¿Quién es?

 

Don Silvino Cifuentes. Empresario. Millonario. Vulnerable.

 

—¿Vulnerable por qué?

 

Julián dudó apenas un segundo.

 

Porque no sabe que lo vamos a secuestrar.

 

El Gordo aplaudió con un entusiasmo sin fisuras, como si celebrara algo inevitable.

 

—Él va a ese súper y allí será fácil. Todo está bajo control. Gracias concluyó Julián.

 

Nadie le había dicho nada que justificara esas gracias, pero la gratitud parecía formar parte de su método: agradecer antes, por lo que pudiera ocurrir después.

 

El secuestro fue un jueves, día de descuentos en yogures y otros artículos del súper. El detalle era importante para Julián: los jueves la gente está distraída comparando precios. Eso, en su teoría, reducía la resistencia.

 

Lo que no contempló fue que la furgoneta no arrancaría.

 

Mientras Sandra y El Gordo empujaban el vehículo por la pendiente del estacionamiento, la puerta lateral se abrió por la inercia y, en medio del absurdo, don Silvino subió por voluntad propia, creyendo que se trataba de un transporte solidario para jubilados.

 

Nadie lo obligó.

Nadie lo empujó.

 

Ese fue el primer síntoma de que el plan no tenía un rumbo claro.

 

El escondite era un antiguo local de colchones, clausurado por deudas. Aún quedaban algunos apilados contra la pared, formando una especie de muralla blanda.

 

Aquí estaremos seguros dijo Julián.

 

Don Silvino escuchó el monto del rescate y soltó una risa breve, casi compasiva.

 

Mi empresa quebró hace meses. Estoy más cerca de ustedes que de mis antiguos socios.

 

Sandra sintió que algo se desmoronaba.

 

De pronto, aullidos como cuando un perro de caza descubre la presallenaron el aire.

 

Le he dado sin querer con el pico del colchón a un botón rojo que había en la pared dijo El Gordo, sin inmutarse.

 

Julián cerró los ojos un instante.

 

Todo está bajo control. Gracias.

 

Lo dijo con una serenidad que rozaba lo místico, como si nombrar el orden bastara para convocarlo.

 

La propuesta de fingir el secuestro nació del propio don Silvino.

 

El seguro lo cubrirá y nos lo repartimos explicó con tono didáctico. Ustedes necesitan dinero. Yo necesito liquidez. El miedo siempre cotiza al alza.

 

Sandra lo miró con incredulidad.

 

Comprendió entonces que el secuestro no era un acto excepcional, sino un espejo. Todos estaban atrapados en algo: deudas, expectativas, orgullo. La diferencia era que algunos lo llamaban mercado” y otros crimen”.

 

La alarma seguía sonando; no encontraron la manera de detenerla.

 

Cuando los agentes rodearon el edificio, los sonidos de unos y otros se mezclaron hasta formar un ruido sin jerarquía.

 

El Gordo lloraba.

Sandra miraba a Julián con una mezcla de furia y ternura.

Don Silvino permanecía sentado sobre un colchón, sorprendentemente sereno.

 

Al menos fue interesante comentó.

 

Julián se acomodó la chaqueta como quien sale a dar una conferencia.

 

Abrió la puerta.

 

La luz exterior lo recortó en una silueta frágil.

 

Todo está bajo control dijo.

 

Una pausa.

 

Gracias.

 

Las esposas cerrándose produjeron un sonido limpio, definitivo. El único mecanismo que funcionó con precisión esa tarde.

 

Semanas después, en el patio de la prisión, Julián organizó un pequeño círculo de internos. Hablaba de mentalidad, de visión estratégica, de convertir crisis en oportunidades”.

 

La clave explicabaes mantener la narrativa.

 

A lo lejos, alguien gritó. Un guardia discutía. Una pelea comenzaba en otro pabellón.

 

Julián sonrió con esa fe intacta que no depende de la evidencia.

 

Todo está bajo control.

 

Esta vez no dijo gracias”.

 

Y, por primera vez, la frase no sonó absurda.

 

Sonó necesaria.


 

LAS GAFAS ROTAS                                          MARÍA ISABEL RUANO          

Por primera vez, en muchos años, Amelia sintió que, al legar a esa ciudad, estaría a salvo.

Era una desconocida. Las dos lo eran, la ciudad y ella.

Dedicó los primeros días a descansar. Casi permanecía oculta en la habitación de una antigua fonda en la parte vieja de la ciudad. Cerca de la Alcazaba y lejos del mar.

Durmió mucho, pero sus sueños estuvieron llenos de sobresaltos. Le dolían el cuerpo y el alma.

Poco a poco, y al abrir la ventana cada mañana, protegida a penas por un liviano visillo, el aire fresco le fue invitando a salir. Olía a salitre y primavera.

Los moratones, se iban difuminando entre las arrugas de la piel. Las oscuras gafas y un sombrero, aliados con la edad de mujer madura, se convirtieron en excelentes compañeros para animarse a salir. Paseaba hasta el agotamiento por las calles sombrías hasta qué, poco a poco, la luz las llenaba de movimiento. Pequeños puestos de fruta, tiendas minúsculas, el bullicio y el trajinar de la gente que, afanada en sus tareas, no reparaba en ella, le dieron una entrañable sensación de seguridad.

El primer día que bajó hasta el puerto, sentada frente a los barcos, con un cálido sol, se quitó las gafas y experimentó una inigualable sensación de libertad unida a la efímera perspectiva de que todo estaba bajo control.

Le gustaba ese lugar, las sensaciones que había experimentado, la posibilidad de volver a empezar, de ser ella, sin él, lejos de él, a salvo de él. Buscaría una casa pequeña llena de sol.

A la mañana siguiente encontraron su cuerpo desnudo entre los amarres de un barco pesquero. La policía no encontró documentación alguna, sólo unas gafas oscuras pisoteadas y rotas. Cerca un sombreo pajizo servía de acomodo a las gaviotas.


 

UN AZAR PERVERSO                                                              ANTONIO LLOP

Luis Alberto Castellar de la Rica y Vergara miraba al exterior tras la ventana cerrada de su apartamento de la calle Hermosilla de Madrid. Le aburría esa perspectiva de casas señoriales, siempre las mismas. Si pudiera abrir uno de los batientes aún podría asomarse a la calle y ver el tráfico de gente bien vestida acudiendo a las tiendas y los lugares de ocio. Pero eso era imposible de momento. Su agorafobia le impedía incluso sacar la cabeza no fuera que le cayera algo de los pisos de arriba.

¿Cómo había llegado a esa situación un hombre que presumía de tener controlada su vida? Él, que estaba acostumbrado a practicar deportes al aire libre, ya llevaba medio año encerrado. No podía seguir así. Estaba convencido de que todo había sido cuestión de una perversa casualidad. Sin embargo, ¿podía el azar perder su característica aleatoria y fallar siempre en la misma persona?

Porque todo había sido una acumulación progresiva de desgracias que solo le tocaban a él. Primero fue la caída al suelo tras la pechada antirreglamentaria del caballo de Borja en el torneo de Polo. En el siguiente partido el golpe accidental con el taco que le propinó Francisco Javier. Tampoco había sido normal que días después volviera a caerse de su Campeón cuando saludaba a Fitita, la más joven de las Ridruejo. ¡Solo había esa piedra en el camino en la que justo tropezó su caballo! ¿Y el bolazo que le rozó la cabeza y que rompió los vasos de la terraza donde tomaba champán en un descanso del torneo de golf? ¿Qué posibilidades había de que una bola impactara contra la cafetería del Club si no estaba en la perspectiva de ningún hoyo?

La consecuencia fue que poco a poco fue retrayéndose de salir de casa. Pedía la comida por internet y los encargos especiales le eran servidos por sus empleadas de hogar. Pero, ¿un hombre con su potencial económico de cuna no iba a poder disfrutarlo? Tenía que reaccionar. Buscó ayuda en su círculo exclusivo de amigos. Uno de ellos le dio el teléfono de una terapeuta que había sacado a su madre de una depresión. Luis Alberto habló con ella y se pusieron de acuerdo en que seguirían una terapia conectados telemáticamente por WhatsApp.  

—Usted tiene cultura suficiente para saber que su padecimiento es irracional, ¿no? -le dijo sin preámbulos Marta, la sicóloga, una muchacha que aparentaba su edad, en la primera videollamada.

—Sí, pero ¿qué quiere usted que haga si al poner el pie en la acera empiezo a temblar y me falta la respiración?

En sucesivas sesiones la terapeuta le fue haciendo comprender que tenemos que aprender a vivir con los accidentes imprevistos. Olvidarnos de ellos y minimizarlos controlando los riesgos de nuestros actos en la medida de lo posible. Las últimas sesiones serían en el domicilio de él.

El día de la cita apareció Marta. Tenía menos estatura que la que Luis Alberto se figuraba al verla en la pantalla. Tras presentarse, le dijo sin más preámbulos:

—Prepárese que hoy salimos a la calle. Le invito a desayunar en la cafetería de la esquina.

Le tomó de la mano con decisión, y le condujo a la puerta de su casa. Luis Alberto se dejó llevar con docilidad casi sin darse cuenta. Al principio se sentía ridículo por ir enlazado a una mujer que parecía su hermana pequeña. Pero la energía que irradiaba el brazo de ella le arrastraba.

Bajaron por el ascensor y al llegar al portal él empezó a sudar. Ella lo miró a los ojos.

—Ahora vamos a practicar todo lo aprendido durante la terapia.

Lo primero que Luis Alberto notó al salir fue el estruendo de los sonidos del tráfico que habían estado atenuados por los dobles cristales de sus ventanas. Irrumpió en la acera tras su terapeuta que le sujetaba la mano con firmeza. Al principio iban pegados a los edificios.  Pero, pronto Luis Alberto se sintió inmerso en la vida cotidiana de antes. Entraron en la cafetería. Él saludó al camarero habitual y pidieron sendos cafés con los tiernos croissants famosos en el local. Tras preguntarle ella cómo se sentía, él contestó que normal, le parecía que ya no tenía ningún miedo.

—Ahora otro paso más. Cruzaremos la calle y compraremos algo en la tienda de enfrente. Una botella de champán para celebrar su salida a la calle no estaría mal.

Salieron de la cafetería. En el paso de peatones él miró a ambos lados con algo de angustia. Sin embargo, ella le daba confianza con su presencia y todo trascurrió con normalidad. Luis Alberto ya no iba de su mano sino a su lado.

—Bueno, pues la próxima vez saldrás solo -le dijo ya en su apartamento cuando se despidió.

Cuando Marta se fue, a Luis Alberto le entró una risa floja. Se sentía ridículo por haber llegado a esa situación. Por fin recuperaba el control de su vida. Llamó a todos sus amigos para retomar las actividades ociosas que había interrumpido. ¡Por fin iba a salir al aire libre! Al día siguiente quedó con Borja y Francisco Javier para jugar al tenis. Ya pensaba en retomar el torneo de golf ese mismo fin de semana. Abrió la ventana con ganas de gritar, pero se retuvo. Llamó a Fita Ridruejo para comer ese mismo día en la terraza del Club de Campo. Quería sentir el viento fresco de ese 15 de marzo en su cara.

Antes de bajar al garaje a montar en su coche le dio por encender la televisión. Lo que el presidente del Gobierno estaba anunciando hizo que aflojara la sujeción del tapón de la botella de Moet Chandon que estaba abriendo para celebrar su libertad. De pronto sintió un fuerte golpe en uno de sus ojos que le nubló la vista.

En ese momento de confusión le dio tiempo a darse cuenta de dos realidades terribles: Que los accidentes también pueden producirse dentro de casa, y que tendría que estar confinado en ella durante al menos los próximos tres meses.


 

PÉRDIDA DE CONTROL                                               JUAN SANTOS

Mi madre tiene a sus hijos en la palma de su mano. Somos cinco, cada uno de una manera, como sus dedos. A todos nos quiere por igual y nos tiene controlados desde que nacimos. Mira nuestras vidas y le preocupa que unos naden en la abundancia y otros pasemos necesidad, porque la situación no nos ha favorecido. Mi madre lleva muy mal que mis hermanos poderosos no compartan sus caudales con los más necesitados. Cuando éramos jóvenes, eso no pasaba. Pero a medida que nos fuimos casando, fue perdiendo poder. Su control pasó a ser solo de observación. Ahora no se atreve a ejercer de comunista y hacer un reparto de la propiedad. Para que no sufra, procuramos disimular nuestros estados, el que tiene mucho como el que tiene poco. Pero ella es lista y controla, con la intuición, nuestros bolsillos. Lo sé, porque, aunque yo soy el peor hijo, el que más la he hecho sufrir, muchas veces me mete cincuenta euros en el bolsillo sin que mis hermanos se enteren.

 

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