TAL PARA CUAL ANTONIO
LLOP
El primer síntoma que noté fue
que me empezó a gustar la carne menos hecha, más cruda.
-A mí el filete a la plancha solo
vuelta y vuelta.
-¡No me lo puedo creer! –Me dijo
Nadia-. Antes no te lo comías hasta que no te lo pasaban varias veces.
-Tienes razón. Pero no sé lo que
me pasa desde la noche de ayer.
Con mi amiga Nadia suelo quedar
todos los fines de semana desde hace unos pocos meses. Los sábados toca baile y
los domingos cena romántica. Durante el resto de los días, los dos tenemos unas
jornadas laborales agotadoras. Ella como enfermera en el Hospital Comarcal y yo
en el Banco Universal donde estamos implementando un nuevo programa informático
que nos está dando mucha guerra. Ayer sábado Nadia y yo fuimos a bailar a una
discoteca alejada de la ciudad. Tras el baile salimos como habitualmente a
contemplar las estrellas. Era doce de julio y todavía estaba la luna llena del
jueves diez. Es un paseo durante el cual solemos charlar de nuestras cosas
aprovechando que ya no está el ruido aturdidor de la música. Nos estamos
conociendo pero ya paseamos cogidos de la mano. Recuerdo que me sentí
desazonado, me picaba la espalda y un hormigueo recorría mi boca. Disimulé mi
desazón porque esa noche quería intentar besarla. Me gusta mucho esa chica.
Estoy convencido de que hemos nacido el uno para el otro. Me contó que era
española aunque sus padres procedían de Rumanía de la zona de Transilvania. Esa
noche estaba tan inquieto a causa de mis picores que no me decidí a acercarme a
ella.
La cena romántica del domingo
terminó sin novedad. Pero el lunes me levanté para ir al trabajo y al lavarme
la cara ante el espejo del lavabo noté que mis ojos verdes tenían un tono
amarillento. Y que mis orejas estaban algo más pequeñas y triangulares. No le
di importancia pero estuve toda la jornada inquieto, molesto por el ruido del
tecleo de los ordenadores y por los olores del servicio de mi departamento,
bastante alejado de mi puesto, pero que sentía de forma mucho más intensa que
habitualmente.
El martes amanecí con la boca más
prominente, como los hocicos de los perros. Y al ducharme me pareció que el
vello escaso que suelo tener solamente en la zona del pecho se me había
extendido por todo el cuerpo.
Me asusté y pedí cita con el
médico de la Empresa a quien le expliqué mi problema. Este me derivó al
psiquiatra de la Aseguradora quien me recibió al día siguiente.
-Por los síntomas que usted me
expresa podría ser un caso de licantropía clínica –fue su diagnóstico.
-Pero yo me encuentro perfectamente
a excepción de este picor por el cuerpo. No me siento un lobo, ni quiero morder
a nadie.
El doctor sonrió.
-Usted ha visto muchas películas.
No se trata de una trasformación real, sino psicológica. Yo no percibo esos
cambios que usted me dice. Desde mi punto de vista su fisonomía entra dentro de
la normalidad.
Me explicó que hay casos en los
que el paciente desarrolla incluso un hirsutismo psicosomático que desaparece
tras el tratamiento. Y en los más graves los enfermos aúllan a la luna y andan
a cuatro patas. Pero que mi problema era leve, con una terapia cognitivo
conductual probablemente se arreglaría.
-No hace falta que le recete
antipsicóticos. Tenga la dirección de este psicólogo. Es el mejor en la
especialidad que usted necesita.
Llamé y la secretaria del
terapeuta me citó para el lunes siguiente.
-Empezará con una terapia de
grupo. Y después el doctor valorará si sigue de forma individual.
Ese fin de semana Nadia y yo
estuvimos especialmente callados. El sábado fuimos a nuestra discoteca habitual
y el domingo al restaurante de costumbre. No progresé en el acercamiento a mi
amiga.
El lunes siguiente acudí a la
cita con el psicólogo. Llegué tarde porque tuve que colaborar en la solución de
un fallo grave en el programa informático. Abrí la puerta de la consulta y
observé a los pacientes sentados en torno al terapeuta. Una chica rubia de
espaldas a mí y de pie contaba al grupo su problema. Me disculpé por mi
tardanza de forma aturullada y cuando el psicólogo me señaló una silla para
sentarme me di cuenta de que la muchacha era mi amiga Nadia. A la indicación
del terapeuta siguió con su relato, pero ella ya se había percatado también de
mi presencia.
Contó con un cierto nerviosismo
que era enfermera en el Hospital Comarcal y que su jefa la había aconsejado esa
terapia por su obsesión a pedir el traslado al departamento de Hematología. Al
mirarme avergonzada forzó una sonrisa que mostró sus bonitos dientes blancos.
A mí, al menos, me pareció que
sus caninos estaban más prominentes.
DESALMADA JUANA DOMÍNGUEZ
"Yo me enamoré de noche y la luna me engaño… "
No sirve de nada llorar ya.
Tres días antes deberías haber venido. Tu hermana hubiera
reaccionado con tus palabras o tus risas, los ojos se le habrían abierto de alegría, esa hubiera sido su reacción.
Lloro mucho sus últimos días, recordando vuestros juegos,
vuestra empatía y tu egoísmo con ella.
Sí, no me mires con esa cara, aquella noche sin luna que
desapareciste con Narciso, se hundió en
una depresión de la que no pudo salir nunca, siempre confiando en que volvieras
y le contaras por qué te fuiste sin despedirte.
Te hubiera perdonado, no te quepa duda, os hubiera perdonado
a los dos.
Cuantas veces me
contó tus aventuras con otros chicos del Instituto, tus amoríos con cualquiera que te interesara.
Mil veces insulto a
la luna traicionera, que te impulsó a engañarla; luna, a la que tanto
admirabais sentadas en el balcón, esperando que él viniera a saludarla.
Nunca pensó que te encapricharías de quien iba a ser su
marido, ni que te fugarías con él para siempre, tubo esperanza hasta el último
momento de que volveríais y seríais felices los tres juntos.
Ya no será posible, ayer mismo la enterramos, solo espero
que te arrepientas de tu proceder y la recuerdes con todo el cariño que se merece.
Llévale flores, pídele perdón, seguro
que sonríe cuando te sienta.
NOCHE SIN LUNA MARÍA
ISABEL RUANO
Velada la casa
a oscuras y armonía,
salí sin ser vista
con el alma agitada
sin rumbo ni luz
nada más la que
por el corazón me guía.
No temía la sombra,
el secreto ni la agonía.
Buscaba sin saberlo
la dicha del encuentro
pues sentía que él estaría
al acecho de la noche
por ver si yo aparecía.
No escuchaba el viento
ni a la ciudad dormida
sólo el palpitar agudo
del corazón cuyo destino,
aún sin saberlo, él conocía.
En el encuentro
de su risa y la mía,
de su boca y la mía,
de su dicha y la mía,
la luz como si fuera el día
resplandecía.
RAYO QUE GUIA MI CAMINO ARACELI
DEL PICO
Me atrapa su luz.
Y me arropa. Y me envuelve en la magia de la noche, creando en mi interior mil
sensaciones. Distintas. Desconocidas y adorables. Son una inyección de energía
positiva que dura mientras su círculo se fija en la oscuridad, rodeada de
estrellas, marco perfecto para lucir espléndida.
Esta sensación no
es pasajera, incluso cuando ella disminuye de tamaño, su sintonía con mi ser
aún permanece. Ahora en julio, que disfrutamos de la “luna del ciervo “así la
han bautizado porque es cuando crecen
las astas de estos animales, y es entonces cuando encuentro en su luz el alivio
de unos días sofocantes. Las noches invitan a soñar. Yo siento que la luna a
mí, me los roba.
No importa,
porque los expande y los lleva hasta aquellas mentes que con precisión captan
la idea y plasman en un libro, historias extraordinarias. Vidas que gozan,
sufren, triunfan y caen repetidas veces, levantándose otras tantas para ofrecer
el vértigo de sus proezas.
Esas historias
son mías. Yo las he soñado. Pero si no he sido capaz de transmitirlas. Si lo
soy de disfrutarlas, leyendo sus páginas a través del rayo vertical de mi luna
de ciervo.
Pero amanece.
Todo, es bien diferente. Poco a poco el astro rey despierta y avanzan las
horas. Manda haces de calor y luz muy cegadora. Es su momento y está haciendo
su trabajo. Pero su majestad apabullante, resulta difícil de sobrellevar.
Me coloco una
liviana pamela de paja. Un vaporoso vestido de algodón, me alzo ligeramente
sobre unas cómodas sandalias y bajo sombras de árboles centenarios me dirijo al
rio. Aquí todo resulta fácil.
Un baño reparador
en la charca, ha ganado la batalla al calor.
Saco mi libreta y
mi pluma. Pongo en marcha mi imaginación. Pienso en mi luna y le digo que me
devuelva el guion que ayer dejé a medias.
Se resiste… Pero
lentamente va fluyendo, igual que lo hace el agua de la cascada, que oigo
deslizarse lentamente sobre el musgo de las piedras que humedece.
No está
terminado. Debo hacer algunas correcciones. Pero antes de volver, retiro la
escasa ropa que me cubre y dejo que el agua fría, casi helada, me acaricie.
Con esa sensación
y pensando en el brillo mágico de mi luna de ciervo, imagino el final.
NADA FALLÓ PORQUE NADA FUNCIONABA SANTIAGO J. MARTÍN
Si no hubiera sido por la
tímida luz de la luna que asomaba entre la persiana desvencijada de la
habitación, que llamaban de invitados, no se habría visto pasar una sombra
titubeante por el pasillo.
Dormía Sonia, por fin,
después del habitual desvelo de las 2 de la mañana. Aquel rito cruel para su
descanso no había habido forma de atajarlo, ni siquiera con el tratamiento del
psiquiatra. Era un absurdo reloj biológico que machacaba a la mujer desde que
murió Juan Esteban, su hermano.
Si no hubiera sido porque
el perro dormía profundamente y, sobre todo, porque ya había cumplido 14 años y
deambulaba por la casa sordo, medio ciego y con el olfato a punto de
atrofiarse, pues bien, si esa mascota hubiera estado alerta, aquella sombra
nunca hubiera llegado a su destino con aquel sigilo.
La casa era ya vieja,
tenía más de 100 años. Por allí habían pasado las tres últimas generaciones de los Fernández
Amescua, con esplendores y miserias, con
mediocridades y silencios que servían para ocultar las frustraciones
contemporáneas de una familia que había venido a menos con el paso del tiempo.
El suicidio del muchacho tampoco había ayudado.
Si no hubiera sido porque
la alarma estaba desconectada, como ocurría desde que Sonia veraneaba en esa
casa de Burgos, aquella figura, aparentemente siniestra, nunca habría alcanzado
el lecho de la mujer tan fácilmente.
Vivir sola en una casa tan
grande tiene sus ventajas, casi ninguna, y sus inconvenientes, prácticamente
todos. Aun así, la chica creía que era
necesario normalizar la relación con los fantasmas de su pasado y sentirlos de
cerca, mirarlos a la cara. Esa era una frase, tal cual, de su psicólogo, que
contradecía bastante al psiquiatra, pero que era muy necesario.
Si no hubiera sido porque
una escalera de mano había quedado como por descuido apoyada en la ventana,
abierta, de la cocina, nadie hubiera podido entrar tan cómodamente en la casa.
Imaginación, ese era el
lema de Sonia, en los últimos años. Algo que le motivara para seguir adelante
sin el aburrimiento de tener que gastarse una fortuna, de dudoso origen,
en caprichos absurdos.
Si no hubiera sido…
-
Vale, ya, por
favor. Si no hubiera, si no hubiera. Que pesadez de narrador. ¿Es que no va a
poder una echar un polvo original, simplemente porque todo el pueblo diga que
es la hija del cura? A saber cómo se lo montaba mi madre.