ISLA PERDIDA MANUEL
GIL
Soy un náufrago en esta isla
desierta. Un paraje creado por paredes asépticas y un murmullo constante de máquinas
que susurran como olas lejanas, forman el escenario que habito. Aquí, entre sábanas
blancas y sueros que gotean como lluvia implacable, he naufragado en un océano
de soledad. En el barco siniestrado, viajaban mis esperanzas que se ahogaron en
un abismo de silencio. La luz de un sol artificial ilumina mis pensamientos,
pero no es más que una simulación que no puede calentar el frío que ha anidado
en mi corazón.
Mis compañeros de viaje son
sombras, vestigios de un mundo que, como el barco que se perdió en la niebla,
han olvidado mi nombre. Los rostros de los médicos y enfermeras son máscaras de
tela, cortinas que se abren y cierran en una obra sin fin, donde el
protagonista no tiene control sobre su papel.
Aquí, en la soledad de esta isla,
me he convertido en un cartógrafo de mis propias emociones. Dibujo con los
dedos la geografía de mi sufrimiento en las sábanas, cada pliegue es un valle y
cada mancha un recuerdo. Delineo los límites de mis deseos perdidos, entre ecos
de voces del pasado.
Las nubes que me circundan son las
emociones que he mantenido a raya, en ellas viajan: risas perdidas, abrazos que
se desvanecen, promesas olvidadas. En definitiva, la nostalgia de un tiempo que
ya no es mío, y a eso me aferro como náufrago a su tabla de salvación.
El tiempo se dilata, y los días
pasan como barcos fantasmas que navegan sin rumbo y desaparecen lentamente en
la línea del horizonte. Miro el cielo a través de la ventana; la luz que entra
es el faro que guía mis pensamientos. Busco en su brillo la promesa de un
rescate en forma de palabras, que barran como un viento propicio esta inmensa
soledad. Ya he lanzado al mar la botella con el mensaje. solo me queda esperar.
NÁUFRAGOS EN
LA MONTAÑA MARÍA
ISABEL RUANO
(Poesía inspirada en el documental “Los últimos pastores” de Samu
Fuentes)
Allá, en lo más recóndito de la montaña,
habitan los pastores para alimentar a sus vacas y cabras.
Por un burro, las gallinas, un perro y una gata, acompañados.
Su vivienda es de piedra, con tan solo lo más necesario.
Un horno de leña para hacer pan, pocos cacharros, algún estante,
la chimenea, unos prismáticos y un camastro.
En solitario, pasan días y noches, semanas y meses.
Para comunicarse entre hermanos buscan la cobertura
y desde un pico muy alto, hablan de la niebla y de la lluvia,
de los peligros del lobo que acecha y mata al rebaño,
de las vacas y de las cabras parieras, del ordeño,
de los recuerdos del pasado, del queso de cabrales,
de algún vecino, de las provisiones, del cambio de estación,
de lo lejos que está el verano y del paso de los años.
Del oscuro porvenir de los pastores sin reemplazo.
Escuchan las noticias en la radio.
Sienten lejanas las guerras, a los virus como extraños,
No echan nada de menos, son reyes de sus campos,
amos de su majá, amigos de sus animales,
de la naturaleza por la que están acompañados.
Son felices, aunque vivan en solitario.
No son náufragos.
NAUFRAGO EN
LA GRAN CIUDAD JUAN SANTOS
Hace un par de meses que un
autobús dejó a Gerardo García en la plaza de Peñuelas. Había venido de
excursión a la Capital, junto a otros jubilados, desde un pueblecito de la
Mancha.
Llevaba diez años viviendo solo,
olvidado del mundo. Se animó a venir a la gran ciudad con la esperanza de ver a
su hijo, Pablo. No había vuelto a saber de él desde que fue al pueblo al
funeral de su madre.
En Madrid, visitaron el Museo del
Prado, el Palacio de Oriente y algunos monumentos más. De regreso al pueblo,
dijo al conductor que lo dejara en la plaza de Peñuelas para quedarse con su
hijo que vivía por allí.
Cuando desapareció el autobús, se
le quedó la mente en blanco. Sabía que su hijo vivía en ese barrio, pero no
recordaba el nombre de la calle ni el número. Tampoco tenía su teléfono, ni
forma de localizarlo. Se puso a dar vueltas por las calles aledañas, a ver si
le sonaba alguna, pero todas tenían unos nombres raros que no había oído en su
vida. Al final acabó volviendo a la plaza con su maleta de madera.
A pesar de tener bastante dinero
repartido en varios bolsillos, no quería moverse de allí y pasó la noche en un
banco como si fuera un mendigo. Al día siguiente, no dejaban de cruzar
transeúntes, pidiendo a Dios que alguno de ellos fuera su hijo.
Pasaban los días y se hacía
ilusiones cuando, a lo lejos, una persona se parecía a su Pablo, pero luego se
entristecía a medida que el transeúnte se aproximaba hacia él.
Pronto empezó a añorar la soledad
del pueblo. Ni siquiera el bullicio de los niños jugando en los columpios, lo
sacaban de su aislamiento. Elucubraba con el ánimo de que su hijo se hubiera
casado y que algunos de aquellos muchachos fuera su nieto. Los miraba a ver si
en sus caras y en sus gestos existía algún parecido familiar que los delataran.
Ya había comprobado que ninguno se llamaba Gerardito como él, ni Pablito como
su padre. Quizá alguna de aquellas madres era su nuera, pero todo eran
suposiciones.
Las fuerzas flaqueaban y Pablo no
aparecía por allí. Desesperado, cogió un cartón de una caja vieja y a modo de
pancarta escribió: “A los niños que se apelliden García, les daré un premio” Si
no había ninguno, buscaría otra estrategia, pero en caso de que lo hubiera,
había posibilidades de que llevara su misma sangre.
Hubo dos madres que se acercaron a
él, celosas y preocupadas, por si se trataba de algún hombre depravado que iba
con fines corruptos.
―Nuestros hijos se apellidan García. ¿Qué quiere usted de ellos?
Gerardo no se anduvo con rodeos.
―Tranquilas que soy hombre de bien. Estoy buscando a mi hijo que
vive en este barrio y se llama Pablo García, e intento localizarlo a través de
un posible hijo, si es que lo tiene, porque tampoco lo sé.
Una de ellas respondió, al
instante.
―Mi marido es García, pero no se
llama Pablo.
La otra, tartamudeando un poco,
añadió.
―El mío también es García y
tampoco.
Las respuestas fueron para Gerardo
como la avioneta que sobrevuela una isla
desierta y se va sin ver las señales del náufrago.
De todas formas, Gerardo esperó
unos día más, por si alguna de las madres, le había engañado.
A partir de entonces, solo un niño
apellidado García, bajaba al parque con su madre. El otro no lo volvió a ver.
Fue cuando, Gerardo, solo y
perdido en la gran ciudad, dejó de comer y de asearse. Ayer apareció sin vida
en la ribera del Manzanares.
LA
SOLEDAD DEL ESCRITOR ARACELÍ
DEL PICO
Incansable y
fiel a su estilo de mal copiador, escribía sin descanso, lo imprimía y lo llevaba después a una editorial, que,
Eladio, un mal amigo, le había recomendado. Todo se lo rechazaron.
No era un buen escritor.
Ni malo. Ni siquiera era escritor. Aunque lo pretendía con interés. Se
enfrentaba cada día a la pantalla del ordenador, y plasmaba sin talento alguno
aquellas ideas que le bullían en la cabeza y sin orden ni concierto llenaba
hojas y más hojas, donde no decía nada.
Trataba de emular las magnificas novelas de
misterio de su admirada Ágata Christie. Aquellos libros de viaje, con relatos
sobre países remotos y situaciones al límite, donde alguien parecido a un
Robinson Crusoe, tenía que buscarse la vida, entre la maleza para subsistir. O
tiernos relatos de amor, que de puro empalagosos, no se creía nadie. O todo lo
contrario, se creaba un Otelo a su medida, que por celos, iba estrangulando
mujeres, como un vulgar Jack “el destripador”.
Santos, nunca fue un purista de la
literatura. Pero era tenaz. Y creía en él. El desaliento no estaba en su ADN y
con el afán de conseguir algún día su propósito, escribía hasta dejarse las
huellas dactilares en el teclado del ordenador.
Lo que había comenzado como un hobby, luego
en el recreo de su tiempo libre, al fin se había llegado a convertir en una
obsesión. Dejó de frecuentar su círculo de amistades, las tertulias que
mantenía los miércoles con otros compañeros con los que compartía las mismas inquietudes
literarias. La mayoría de las veces
porque pretendía leer todo lo que para él era importe y para el resto era papel
mojado y sin sustancia.
Así fue dejando todo aquello de lado y
ensimismado en sus creaciones, no pasaba día donde no escribiera al menos dos o
tres relatos. Por la noche, como quien agradece a su dios por las venturas
recibidas durante el día, Santos bendecía a la diosa Atenea, por la inspiración
que le llegaba.
Siempre estaba solo, aislado y mal nutrido.
Su aseo personal dejó de preocuparle y pronto comenzó a lucir una barba larga y
mal cuidada. Un día se miró al espejo y se sintió un doble fiel de D. Ramón
María del Valle Inclán. Hizo un guiño a su imagen y volvió a su portátil. En
aquel momento, sintió correr por sus venas y su mente un flujo de palabras
ordenadas que se dispararon veloces y seguras.
Prohibió a su leal asistenta, Socorro, que le
molestara cuando estaba en su escritorio. Así que le dejaba la comida al lado
de la puerta. Ella se iba en absoluto silencio. Y al día siguiente recogía la
bandeja con los alimentos a medio consumir.
Con toda la ternura del mundo, llamaba a la
puerta. Le decía: Señor ya estoy aquí. Y por dios santo, intente comer un poco
más. Me va a enfermar y entonces, que haremos?
Santos que admiraba la lealtad de Socorro, le
contestaba un: No te preocupes mujer, ya comeré más otro día.
Aquella mañana, cuando llegó, la bandeja
intacta, seguía junto a la puerta. Llamó y no obtuvo respuesta. Intentó abrir
como pudo y al fin echó mano de un objeto punzante y la puerta se abrió.
El cuerpo de Santos estaba inclinado sobre el
ordenador y cientos de hojas esparcidas por el suelo. Todas numeradas. Se
inclinó sobre él y lo levantó hasta dejarlo reposar en el respaldo del sillón.
Sonreía, con esa sonrisa fría de algunos cadáveres. En su mano tenía una hoja
arrugada, donde al pié ponía FIN.
Ella, se ocupó de las exequias. No llamó ni a
los amigos, ni a ninguno de sus cuatro sobrinos. Total, jamás le habían ido a
visitar.
Dejó la casa resplandeciente y apiló las hojas numeradas que había encontrado.
Setecientos veinte folios. Y con la resolución de quien está segura, de lo que
el finado hubiera querido, las llevó a la editorial. Dejó su número de teléfono.
Un mes más tarde, el teléfono sonó. Con
pausa, Socorro descolgó. La llamada le hizo sonréir, mientras dos tímidas lágrimas,
se caían por sus mejillas.