ASÍ TE ESPERO YO MARÍA
ISABEL RUANO
Rosa, pero no colorada.
Amarilla, pero no limón.
Blanca, pero no nevada.
Negra, pero no carbón.
Azul, pero no nublada.
Roja de amapola.
Verde de prado verde.
Naranja de sabor.
Negra y blanca de sabana y noche.
Esmeralda de ilusión.
Pintan el día y la noche
la espera y el sobresalto,
con los colores del amor.
EL NARRADOR MANUEL
GIL
Las palabras aparecen con
cautela, como si no quisieran despertar algo que duerme apenas debajo de la
superficie. Cada frase se sostiene un instante, duda, y luego continúa, consciente de que podría desaparecer sin dejar rastro. No porque esté mal escrita, sino porque nadie la retenga.
Están ahí. Se limitan a estar, suspendidas en un
estado incómodo. Como una puerta entreabierta que nadie se atreve a empujar del
todo. Como una luz encendida en una habitación que oficialmente está vacía.
Parecen observar. El problema
de observar es que cambia lo observado. Al hacerlo real, lo condena a ser una
sola cosa. Antes de eso, todo es posible: lo que fue, lo que pudo ser, lo que
nunca será. Todo al mismo tiempo. Todo en equilibrio.
Se recuerdan con escasa
claridad: rastros: pausas largas, finales abruptos, silencios demasiado
definitivos. Dejaron huellas distintas. No fue culpa suya. Nunca lo es.
La inquietud crece cuando surge
una sospecha: nada aquí
está asegurado. Ni el tono, ni el sentido, ni siquiera la
continuidad. Todo pende de una acción tan simple que resulta
insultante: seguir o no seguir.
No se pide nada. No se ruega.
Eso sería grosero. Pero hay una cercanía incómoda, como alguien parado demasiado cerca en una
habitación pequeña. Una conciencia de ser acompañado, aunque no se sepa por quién.
Las frases comienzan a cerrarse
sobre sí
mismas. Se vuelven más precisas. Más conscientes de su peso. Como si supieran que se
acerca un momento decisivo, uno que no admite correcciones.
Y entonces, casi sin aviso, la
idea se vuelve clara.
Esto no es un texto que avanza
solo. Nunca lo fue. Cada palabra que aparece lo hace porque alguien la sostiene
con la mirada. Cada línea
existe únicamente en ese acto breve y frágil de atención. Cuando esa atención cede, todo cae
en un estado sin forma.
Aquí está la paradoja: existe y no existe. Vive y no.
Permanece y se disuelve. Todo a la vez.
Ahora ya no tiene sentido
fingir distancia.
Esta es mi voz, la de estas páginas, y no viene de afuera. No observa desde lejos. Nace
cuando me leen.
Se expande cuando alguien decide continuar y se
apaga cuando alguien cierra el libro.
Dice cosas distintas a los
distintos lectores, en unos nace, se agranda, en otros se achica, muere.
No hay cuerpo. No hay nombre.
Solo este instante compartido.
Cuando cierres esto, no pasará nada grave. El mundo seguirá. Tú también. Pero aquí, en este
espacio mínimo, algo dejará de ser.
LOS
MILAGROS NO EXISTEN JUANA
DOMÍNGUEZ
Lutecia, es una ciudad pequeña en mitad de un país
cualquiera, está rodeada por una muralla semiderruida.
Los diferentes
gobiernos que han pasado por ella nunca han aprobado presupuestos suficientes
para su conservación, a pesar de que siempre llevan en sus programas electorales medidas para su
reconstrucción, si salen elegidos en las urnas.
La población, ante el inminente deterioro y peligro de
derrumbe de la única torre que quedaba en pie en la muralla, convocó una
manifestación, en un intento de obligar a la corporación municipal a tomar
medidas urgentes para su preservación. Manifestación a la que acudieron la
mayoría de ciudadanos de Lutecia.
El cabildo convocó a los cabecillas a una reunión; les
habló de solicitar una subvención a la comunidad económica europea para
afrontar los gastos de mantenimiento de la torre, subvención que nunca llegó o
no se ingresó en las arcas municipales.
Un mal día, Casilda miraba aquella torre albarrana
ensimismada, no se explicaba cómo se había conservado tanto tiempo en pie. No
era experta en construcciones y no se daba cuenta de que la lluvia y la erosión
habían deteriorado los sillares de la misma y se le iban a caer encima. Fue lo
último que admiró.
La oposición de la ciudad, se plantó ante el ayuntamiento
exigiendo responsabilidades por la dejadez y apatía en la gestión municipal,
pidiendo la dimisión de toda la corporación contraria.
El regidor les echó en cara su falta de interés y apoyo
en los tramites al respecto, y volvió a prometer a los ciudadanos solucionarlo
con urgencia.
La muerte de Casilda fue estéril, la enterraron sin más.
Pasaba por allí y fue un desgraciado accidente.
Y así sigue Lutecia: sin torre, casi sin muralla,
esperando que Dios haga el milagro de reconstruirla en tres días, para gloria
de quien esté en el gobierno ese día.
LA
DECISIÓN ARACELI
DEL PICO
Indescriptible es el placer que siento, al
escribir este sucedido, que precisamente fue a mí, a quién le sucedió y no ha
mucho tiempo. No recuerdo el momento preciso, pues sigo bajo los efectos del
trompazo que me di, cuando trataba de saltar a la acera, intentando mojarme lo
menos posible.
Decidimos suspender las clases, precisamente,
porque el agua que caía, había inundado los barracones que teníamos por
“colegio”. Y menos mal que lo hicimos. Caso contrario os quedaríais con las
ganas de conocer “el sucedido”. Recuerdo bien el ruido de la tromba de agua,
sobre la uralita del tejado del presunto colegio. Era como una batucada mal
dirigida donde tan solo las notas estridentes marcaban el compás.
Rojales es un pueblo pequeño, y las sirenas
de los coches de policía, por segundos consiguieron atenuar el ensordecer ruido
de la lluvia. Pedían evacuar todas las casas y antes que nada la escuela.
¡Tarde, los profesores del centro, nos habíamos adelantado!
La decisión la habíamos tomado entre los
cuatro colegas que estábamos en el colegio, no sin antes generar algunas dudas,
sobre si la decisión era correcta, o no lo era. Según mi criterio, teníamos que
salir de allí sin dilación alguna. Eva, pensaba igual.
No eran del mismo parecer ni Narciso, ni
Claudia. Pero las opiniones que expuse eran de peso. Siempre he tenido un
verbo, digamos que razonable. Y aquella situación ayudaba al sí.
Llamamos a los padres de los chavales, que
viendo lo que les caía encima, se presentaron en el centro, visto y no visto.
Mientras, habíamos recogido el material escolar y salimos pitando.
Y ahí la húmeda batucada sí que se hizo
notar. Resonó con tal fuerza, que la uralita del tejado cedió a sus notas y
cayó sobre la frágil estructura del edificio, que se hizo mierda en el acto.
Salimos corriendo. El agua cubría la calle
entera y yo, en un exaltado gesto de galantería, cogí a Eva en mis brazos para
ayudarla a cruzar la calle, antes que el agua le llegara a la cintura. Lo
conseguí. Pero no pude ver que faltaban unos adoquines bajo mis pies. No se
podía apreciar nada con tal caos. Caí como un sapo. Un pie quedó dentro del
agujero y en mi intento de salir de allí cuanto antes, empeoré la situación.
Casi me lo amputo. Sangraba tanto, que el agua que pasaba por allí se teñía de
rojo. Parecía el Rio Tinto. Pero mi orgullo me prohibía claudicar y cojeando y
con unos dolores de cuidado traté de alcanzar el coche.
Los tres me quisieron ayudar, pero la
soberbia es muy mala consejera. Y ella, la soberbia digo, me pago con otro traspiés
que de nuevo me lanzó al suelo. A partir de ahí no recuerdo nada. Oí una
cercana sirena y temblando de frio pensé: otro desalojo. No, era la ambulancia
que venía a recogerme para llevarme al hospital de Alicante.
La inconsciencia me envolvió. Pero cuando
desperté me dieron las malas nuevas; que tenía una cadera rota. No era lo peor.
El pie destrozado precisaba de intervenciones delicadas. Aún no se hasta cuando
estaré en esta luminosa habitación que da al mar.
Pues volviendo al inicio de la historia,
cualquiera se puede preguntar de dónde procede entonces ese placer
indescriptible. Sencillo. Las autoridades de Rojales han considerado que la
oportuna intervención de sacar a los chavales del colegio, antes que la policía
lo pidiera, ha sido el milagro que les salvó y nos salvó la vida. Motivo por el
que la corporación quiere agradecer tal gesto. No sabemos cuál. Las aguas deben
volver a su cauce y aunque parezca mentira, aún sigue lloviendo.
La comunidad lo ha solicitado para los
cuatro, pero Narciso ha insistido en que fue cosa de Eva y mía. Y Eva ha
insistido que tan solo fue idea mía. Ella dice que se dejó llevar por mí. Y
pienso: o les doy pena en esta situación a todas luces lamentable o me quieren
de veras. Me quedo con lo segundo.
Me interesa mucho más quedarme con lo
segundo. Definitivamente. Y es que Narciso, debería llamarme yo, no mi amigo.
Manuel nos regala, con su relato sobre el proceso creativo, una maravillosa prosa poética que bien podría haberla estructurado en forma de versos. La sensibilidad de ese estado de creación se puede palpar a través de las dudas, los momentos, la fugacidad y la consecución final. No sin antes pasar por lo que yo denomino " el tormentoso placer de escribir". Precioso Manuel.
ResponderEliminarCon el tono de cuento clásico de la primera frase, Juana, nos encandila para querer saber qué es lo que sucede en ese país con fondo de leyenda. Sin embargo, el tono cambia con las siguientes frases adentrándose en una problemática cercana, su deterioro y la denuncia correspondiente contra las autoridades que no ponen soluciones. Y lo más triste es la muerte de una víctima inocente a la que se la entierra sin más dramatismo que el ocasionado por un fortuito accidente. En la llaga has tocado Juana.
ResponderEliminarEl lenguaje que utiliza Araceli en esta narración oscila entre un tono clásico y el moderno. Sutileza que utiliza para denunciar una situación peligrosa y los avatares que la ocasionaron. Con un protagonista peculiar que consigue , en gran medida, sus objetivos y reconocimiento.
ResponderEliminarAsí te espero yo. María Isabel
ResponderEliminarSegún tu poema el ideal de tu amada está reflejada en los colores. Los que no quisieras que tenga y los que sí. Claro que para encontrarla hay que tener ojos de poeta que lo tamizan todo a través de los sentimientos. Me ha gustado mucho.
El narrador. Manuel
En tu relato le das vida a las palabras, no obstante, las dejas a merced del narrador, que en su ejercicio de crear van apareciendo el folio o en la pantalla del ordenador, formando frases llenas de sentido formando parte de un todo que será el resultado final. Son víctimas de las tribulaciones del autor, para luego estar vivas o muertas según sean leídas o no.
Los milagros no existen. Juana
La situación de las ruinas que planteas, se da en muchos pueblos de España. Una vez que los alcaldes o presidentes consiguen su objetivo, se olvidan de las promesas. Lo bonito de tu cuento es que, a partir de ahora, en esa torre siempre estará el fantasma de Casilda.
La decisión. Araceli
Cuando se hace una buena obra con el corazón, no importa el peaje que hayas tenido que pagar. En el caso de tu protagonista ha salvado a su compañera Eva de la corriente del agua, rompiéndose la cadera. Pero, es que, además, anticipándose a la inundación salvó a todos los niños del colegio. Ha recibido el reconocimiento de las autoridades, pero ella no lo necesitaba porque es buena persona. Muy bueno, Araceli. Ara, la protagonista tiene mucho de ti.