PREGUNTA DE LA SEMANA
¿Está la justicia preparada para los nuevos retos de los tiempos que corren?
La ciencia y la vida cotidiana no pueden y no deben ser separados. (Rosalind Franklin)
1.
UN
MADRID DE NOVELA…NEGRA. La
exposición acompañada de famosas obras literarias que acontecen en Madrid,
y explicando su evolución y la importancia que ha ido ganando este género desde
su creación hasta la actualidad. Biblioteca Regional de la Comunidad de Madrid.
Calle Ramírez de Prado, 3. Entrada gratuita.
https://www.comunidad.madrid/actividades/2025/exposicion-madrid-novela-negra
SUCEDIÓ
UNA TARDE ANTONIO
LLOP
El
sol está a punto de esconderse tras los edificios. La farola del parque ilumina
los bates de béisbol y las cadenas que cuelgan de las manos y bailan al paso de
las botas militares. Por dentro de ellas, los pantalones verde oliva con varios
bolsillos a lo largo de la pierna se sujetan a la cintura con tirantes cruzados
a la espalda. El chaquetón abierto muestra los torsos desnudos, y las solapas
levantadas disimulan en el cuello los tatuajes que suben desde abajo.
Más
arriba, cabezas rapadas y ojos bañados en sol de crepúsculo. Una música de
salsa caribeña se oye cada vez más cerca detrás de unos setos. Los pasos se
aceleran.
Mientras
tanto, un poco más allá, donde termina el verde, se alza un edificio de
ladrillo gastado. Hay una ventana iluminada en la tercera planta. En el
interior una mujer habla por teléfono:
—No
madre, ahorita no me va mal del todo, aunque acá todo está muy duro. Lo peor
fue cuando llegué a España. Fue una “vaina” lo de conseguir papeles. Para que
te dieran la tarjeta de residencia tenías que conseguir trabajo; pero no había
ningún empresario que te contratara sin tener la tarjeta del carajo. Y mientras
tanto tuve que trabajar de ilegal en lo que salía, porque había que comer,
madre, había que comer. Cuando se amanecía me levantaba para ir a limpiar una
casa. La cama se la dejaba calientita a una desgraciada que había estado
trabajando toda la noche. Yo la miraba con pena, madre, que yo no he tenido que
vender mi cuerpo para poder comer. Y es que, aunque era molestoso no tenía más
remedio que compartir una habitación chiquita en la que apenas cabía una cama y
un armario donde dejar la maleta. Luego vino lo del sinvergüenza ese que nos
vendió los papeles. Español, madre, no se crea que era inmigrante sino un
sinvergüenza de acá que se aprovechaba de nuestra desgracia. En eso gasté los
últimos doscientos dólares que tenía ahorrados. Para nada madre, para nada,
porque luego resulta que esos papeles eran falsos. Tuve que comer durante
varios meses a base de pura papa, madre; y porotos, que acá llaman alubias.
Menos mal que encontré a la pareja de viejitos a quienes sirvo ahora. Ellos me
han hecho el favor de darme de alta en la Seguridad Social. Así que, por fin,
conseguí los papeles. Nunca olvidaré que gracias a ellos puedo salir a la calle
sin esconderme de los policías. Y me hayan ayudado a traer a Néstor, que ya no
estará más nunca tirado por las calles de Machala, agarrando Dios sabe qué
vicios.
Aquí
va a un colegio público donde le enseñan sin pagar un sucre. Es un mocito, pero
pronto se me hará un hombre, y no la pasará tan mal como nosotros la estamos
pasando. Aunque también tiene que pelear duro, no crea. Todos los días le
acosan las bandas esas de latinos medio gringos para que se les una; pero
“mijo” no quiere nada con esa gente. Ya ha visto demasiadas peleas allá en
Ecuador. No es que quiera que me lo “añoñen”, pero es mejor que me lo eduquen
acá para que no termine como su padre con la botella en la mano todo el día.
Por eso yo quiero mucho a la doñita y a don Luciano, su marido, que tanto me
han ayudado. Y les limpio la casa como si fuera la mía, que usted me conoce
madre, que usted sabe cómo tenía mi casita en Ecuador. Y les acompaño al médico
cuando se enferman. Ya sé que falta Amandita, pero tenga un poco de paciencia.
Si sigo ahorrando pronto la quitaré a usted también esa carga. Y usted madre,
también vendrá usted para que le miren aquí esos dolores de cabeza que no la
dejan dormir.
—Ahorita
Néstor y yo vivimos en un pisito que he podido alquilar gracias a lo que me
pagan los viejitos. Está en una casa antigua y los vecinos son gente mayor. Yo
trato de llevarme bien con todos, aunque me miren de esa forma que te miran
cuando eres extranjera; pero yo creo que pronto se me van a acostumbrar. Bueno
madre tengo que dejarla, que me va a costar mucho la llamada y hay que mirar la
plata para que usted y “mijita” puedan venir pronto.
En
un banco del parque tres muchachos y una chica escuchan música de salsa en un
radio-casete. El pelo de ella está sujeto con un pañuelo de cuadros rojos y las
mangas de su pulóver rebosan las manos. Los pantalones de ellos caen
pesadamente por debajo de los zapatos, y las prendas interiores de los cuatro
despuntan en la cintura.
Mientras
tanto, en el edificio donde estaba iluminada la ventana del tercer piso también
hay luz en el portal. Una mujer mayor habla a un hombre de edad avanzada:
—Lo
que yo le diga a usted, don Jacinto. Las cosas cada vez van peor en este país.
Vas en el metro y te encuentras el vagón lleno de moros y negros. Entras al
consultorio de la Seguridad Social y no hay más que “sudacas” y marroquíes. Te
sientas en la sala de espera y tienes que aguantar al niñito ecuatoriano que
corre gritando por el pasillo y se te siente al lado manchándote la falda con
sus zapatos. Y luego tienen tantos derechos como tú. Si no más, porque le diré,
don Jacinto, que mi nuera solicitó un servicio de ginecología en la Junta de
Distrito, y no se lo concedieron porque resulta que era un servicio especial
solo para inmigrantes. Es una vergüenza que estés pagando toda la vida, que
bien te descuentan todos los meses, y que luego venga esta gente con su cara
bonita a ponerse delante de ti sin pagar un duro. Vienen en avión, en patera o
saltan la valla y nadie hace nada por echarlos; que lo que yo digo don Jacinto:
para qué tantas mantas y alimentos, ¡que les devuelvan a su país!
—Y
ya están en todas partes. Se habrá dado cuenta de la del tercero B; sí la
sudamericana esa, que no sé si es colombiana o ecuatoriana. Verá usted el
tiempo que tarda en traernos a toda la parentela. De momento ya está el hijo,
uno que llaman Néstor, arrastrando sus pantalones por el suelo; que ya me dirá,
don Jacinto, si no son guarros. Estoy segura de que dentro de poco nos traerán
problemas. Tiene usted que convocar una junta urgente para controlar a quienes
se alquilan los pisos; porque ahora es una vecina, pero poco a poco se irán
adueñando de todo el edificio con su música ruidosa y sus costumbres raras.
Llevamos muchos años viviendo juntos y tenemos derecho a seguir siendo una
comunidad de vecinos decente.
En
el parque, al llegar ante los que escuchan música, uno de los rapados con el
labio partido se adelanta al grupo:
—¿Vosotros
de quien coño sois, de los Ñetas o de los Latin King´s?
La
voz sale temblorosa desde el fondo del banco:
—Nosotros
no somos de ninguna banda.
Otro
de los rapados tiene el brazo lleno de tatuajes. Su mano se crispa sobre el asa
de la porra.
—¿Y
por qué no vais a escuchar esa mierda de música a vuestro puto país?
Dicho
esto, vuela un bate hacia el radio-casete y lo hace pedazos. Cuando los del
banco tratan de huir, una porra se hunde en la espalda del que se ha quedado
rezagado. Patadas y cadenazos le llueven por todas partes.
La
chica para de correr, vuelve la mirada, y casi sin aliento les dice a los otros
dos:
—Agarraron
a Néstor, esos pendejos agarraron a Néstor.
EL
CASTILLO JUAN
SANTOS
El
trabajo de Abel siempre me pareció muy aburrido. No hace falta que te lo
recuerde. Jamás se me ocurrió husmear en sus papeles de arquitectura. Mi
indiferencia era tan grande que la habitación de su despacho no existía para
mí. Fueron los ruidos extraños, y el descaro de encerrarse en ella, lo que me
impulsó a asomarme por el ojo de la cerradura.
Por
lo que pude ver, se trataba de la restauración de un castillo en ruinas.
Al
principio, durante la elaboración de los planos, el silencio era sepulcral. Los
gemidos misteriosos empezaron a escucharse el mismo día que mi marido trajo a
casa a la arqueóloga: una compañera del proyecto, experta en maquetas. Entró de
tapadillo, sin saludar. Aunque la vi de refilón, supe que era mucho más joven
que él y, al parecer, muy fina en su trabajo. La recreación en corcho blanco
que hizo del castillo era tan auténtica que albergaba las mismas psicofonías
que el original. Gemidos y susurros escalofriantes de almas en pena traspasaban
los muros del piso.
Preocupado
por la inocencia y fragilidad de los niños, Abel se apresuró a insonorizar el
perímetro del despacho. Además, cuando se aproximaba la hora de los jadeos, con
un gurruño de papel taponaban la cerradura. Todas las precauciones eran pocas.
Aun
así, no sirvió de nada. La casa ya estaba poseída por los espíritus de la vieja
fortaleza. Fabiola temblaba de miedo; decía que, al limpiar por debajo de la
puerta del despacho, una sustancia viscosa, agria y penetrante se le pegaba a
la fregona, como si un fantasma se arrastrara para salir. La pobre estaba
convencida de que el espectro pululaba por todas las habitaciones a sus anchas,
dejando su rastro asqueroso sobre muebles y paredes. Le daba tanto pánico pasar
la bayeta que me amenazó con marcharse.
-
Tranquila, mujer- le dije. Aguanta un poco.
El fantasma desaparecerá en el momento en que se lleven la maqueta.
Yo
estaba tranquila, pero aquella tarde se confirmaron mis sospechas. Haciéndome
la dormida en el sofá, vi actuar a esa bruja escandalosa. Se desplazaba de
puntillas, con un cubilete y un pincel, dejando a su paso evidencias de su
potingue pegajoso. Seguramente engrudo con azúcar y vinagre. Podía haberla
delatado, pero preferí que mis hijos y Fabiola pasaran miedo antes de que
supieran toda la verdad.
LA TARDE
EN QUE MURIÓ LA POESÍA MANUEL
GIL
El
camino es angosto, y se hace largo; el poniente siembra sombras alargadas a su
paso, sombras que semejan cipreses, oscuros que persiguen su silueta, naciendo
bajo sus pies cansados. La tarde va tiñendo el horizonte del amarillo al
rosáceo, caminando hacia el rojo intenso que lucirá, no tardando. En las
orillas del camino sobrevive alguna flor, como en letargo.
Su
ánimo está herido. "La poesía ha muerto, rojo maricón" gritaba el
energúmeno que sus libros ha quemado. Sus furiosas mandíbulas le daban a ese
rostro un aire descarnado, de lobo hambriento. Las manadas, uniformadas con
camisas azules, correajes y boina roja, que le seguían, jaleaban sus actos.
Todo
ha sido como un mal sueño. Después vendrán a por mí, ha
pensado, tras el registro de la casa del maestro, donde no le encontraron.
Sombras de dolor han nublado sus ojos cuando ha visto cómo han destruido sus
cosas, algunas ligadas a viejos recuerdos. ¿Cómo ha podido llegar esto? piensa,
cuando él vivía feliz enseñando, haciendo versos,
ayudando a la gente de ese pueblito al que le destinaron, un hombre solo,
viudo, sin más ambiciones que el calor humano.
Empina
la cuesta que da a la cancela de hierro forjado. Sus piernas le pesan, le pesa
la tarde, la que le ofrece la naturaleza, que siempre es bella en cada día, en
cada estación, en cada ocaso. Y sobre todo le pesa el atardecer vital, el de su
viejo esqueleto cansado que cruje cuando aprieta el paso.
Siempre
le ha gustado venir aquí, recostarse en alguna lápida, dialogar con algún amigo
al que abriga este espacio. Mira hacia el horizonte, donde el sol se oculta, y
se sorprende al ver que no llega a hacerlo y que vuelve a ascender lentamente,
a desandar el camino. Su mente científica le dice que está alucinando, que
sentir tan de cerca el final le ha trastocado. Cierra los ojos un rato y,
cuando los vuelve a abrir, el sol está más alto.
LA TARDE
EN LA QUE EMPECÉ A ESCRIBIR MARÍA ISABEL RUANO
Hacía
frío. Mucho más de lo habitual para el mes de noviembre en Madrid.
Me
había quedado sin planes para la tarde del viernes, pero decidí salir a dar un
paseo. Vivo en Lavapiés y me encanta acercarme al centro y perderme por las
calles del viejo Madrid, recorrerlas me ayuda a reconciliarme con el estrés de
la ciudad.
Frente
a la basílica de San Miguel observé que había más gente de lo habitual en la
puerta de la biblioteca Iván de Vargas. No sé si por el frío o por la
curiosidad o por ambas a la vez, decidí meterme dentro. En el tablón de
anuncios comprobé que, para esa tarde y con tan sólo unos minutos de diferencia
estaba programada la presentación de un poemario cuyo título me llamó mucho la
atención: “Con la luz de la tarde amarilla y añil”. Y en especial el diseño de
la portada con unos curiosos pájaros o patos, no se sabía muy bien qué, pero
transmitían armonía.
No
es que me guste mucho la poesía, pero decidí quedarme. Eso sí, como observadora
sin invitación entré por la puerta del fondo que se comunica con el patio en
donde está el célebre pozo de San Isidro para sentarme al final. Después me
arrepentí.
La
autora, y se notaba que era ella, por como recibía a los invitados, estaba
radiante. Entre abrazos y miradas iba colocando un adorno floral encima de la
mesa, así como unos cuadros que contenían los collages originales de la
ilustración del libro. La sala se fue llenando y pasados unos minutos de las
siete de la tarde, el encargado de la biblioteca, un señor de bonitos ojos
azules qué creo, se llama Simón, comenzó la presentación.
La
autora, saltándose el protocolo, no pudo evitar darle las gracias por su
eficiente labor al asignarles la fecha y la sala, así como a todos los
presentes por estar allí, pese al tremendo frío de la tarde, acompañándola en
ese acto tan especial. Incluso sentí que me miraba. Se notaba que tenía tablas
a la hora de hablar en público y parecía estar iluminada por un inexistente
foco. Conforme avanzaba la presentación fue compartiendo muchos sucesos de su
vida en especial los relacionados con su oficio de maestra.
Respondía
a las preguntas que su presentador, un tal Manuel Pozo, le iba formulando, pero
con serenidad como si estuviera calibrando el riesgo de las respuestas. Se
notaba mucha complicidad entre ellos. Al parecer habían sido compañeros de
letras durante años en un taller literario en La Casa del Reloj del distrito de
Arganzuela.
El
tono intimista y sincero de la charla me dejó muy impresionada y sentí grandes
deseos de conocerlos, de saber más sobre las anécdotas que iban dejando
suspendidas en el aire. Hablaron de la simbología del color y de la luz, del
sentir del corazón, de los pájaros y de la muerte, ahí casi me quiebro al
recordar a mi padre recién fallecido, pero el mensaje de la autora estaba lleno
de esperanza. Llegó a nombrar a algunos de los seres queridos que habían
muerto, incluso a su hermano que, al parecer, ese 21 de noviembre hubiese
cumplido sesenta y tres años. Afirmó, incluso que estaban allí con nosotros. En
esos momentos me dio un poco de yuyu la verdad, pero nadie parecía inmutarse y
asentían con la mirada. La expresión de la autora era muy dulce y serena, incluso
en un gesto con sus manos elevándolas al techo y hacia su espalda, sentí que
estaba como iluminada. La misma sensación del principio, pero sin foco alguno
que lo provocara.
Me
pasa a menudo que, creo ver cosas que son mero reflejo de mi imaginación. Bien
es cierto que la sala tenía un altillo por detrás de la mesa en donde estaban
sentados con varias ventanas que dan a la calle San Justo. Podría ser un
reflejo el atardecer, quise creer, pero en Madrid hacía ya mucho rato que se
había hecho de noche. O el reflejo de la iluminación de la iglesia de enfrente.
No lo sé, pero allí había mucha luz.
He
asistido a muchas presentaciones motivada por mi afán lector y a su vez la
frustración de no atreverme a escribir como me hubiera gustado, pero el tono y
la familiaridad de esta me estaba cautivando.
La
autora leyó un par de poemas y el presentador otro que fueron aplaudidos con
mucho entusiasmo. Me gustó la cadencia de su voz. Para finalizar hubo halagos y
reconocimientos que parecían muy sinceros, muchos abrazos, bombones y un
regalito artesano que la autora ofrecía a los que se acercaban a su mesa para
la firma de libros y fotos, muchas fotos.
Contemplaba
la escena con deleite y, cerca de las ocho y media, hora en la que anunciaron
tenían que cerrar, me acerqué, me presenté, soy Lucía, me ha encantado tu
presentación y la verdad, aunque no entiendo de poesía voy a comprar tu libro,
siempre he querido escribir, seguí comentándole… Vi cómo se iluminaban sus ojos
verdes al afirmar: empieza hoy mismo, no lo dejes, si quieres escribir, hazlo.
Me abrazó con una calidez casi mágica.
No
sentí el frío al salir de la biblioteca y en mi casa, protegida por el calor de
la cama, acaricié el libro y me dispuse a leerlo como si de un regalo de la
fría tarde en Madrid se tratara. Tras
leer unos poemas, comencé a escribir este relato que hoy comparto con vosotros.
No voy a olvidar el nombre de la autora:
María Isabel Ruano.
FELIZ
ENCUENTRO JUANA
DOMÍNGUEZ
Sucedió
una tarde fría de noviembre, una tarde que trajo felicidad y alegría a mi vida.
“A
mi padre le hubiera gustado que vinieras a la boda de su nieta, ya sabes que te
apreciaba mucho”. Me soltó un primo lejano al invitarme a la boda de su hija
mayor, una chica agradable con la que no tenía más trato que el saludo formal,
sin ninguna relación de amistad con ella.
No
pude poner una excusa razonable. Allí, sola, en mitad de un salón lleno de
gente que nunca había visto y otra con la que tenía muy poca relación,
conocidos del pueblo y un parentesco lejano, sin confianza ni amistad como para
ponerme a charlar con ellos.
La
boda era un compromiso que no podía eludir por mi tío Pedro, (el abuelo de la
novia), él sí que era mi familia, siempre alegre y contándonos historias
curiosísimas. Le escuchaba con los ojos abiertos como platos, cuando le
visitaba con mi padre, de niña.
Me sentaron con amigos del novio, que no
paraban de contar chistes groseros. En cuanto pueda me largo, decidí. Me
aburren las celebraciones de griterío ¡Que se besen, que se besen! No aguantaba
más. Me despedí, alegando otro compromiso.
A
punto de subir a mi coche, alguien me llamó por mi nombre.
-
¡Julita!
Me
costó unos segundos saber quién era. El traje formal, con pajarita incluida, me
despistó.
-
¡Jorge! ¡Qué casualidad! ¿Qué haces por aquí?
-He
venido a la boda de mi antigua novia. Merceditas ¿te acuerdas?
-Qué
pequeño es el mundo. Yo también estaba invitada. Es prima lejana mía, pero no
te he visto dentro, hubiera sido genial que nos sentaran juntos.
-Yo
tampoco te he visto. En mi mesa no había nadie interesante, y las amigas de la
novia, no han parado de decir tonterías.
-
¡Qué marrón! He venido de compromiso, y ya no aguantaba más a los amigos del
novio.
Nos echamos a reír. La situación había sido
rara y desagradable para ambos.
-
¿Dónde vas, tienes planes?
-No.
Me iba a casa ¿y tú?
-Si
quieres nos tomamos una copa en la cafetería del hotel y charlamos. Hace tanto
que no nos vemos.
Jorge,
me contó su vida de los últimos años. Ahora es feliz. Separarse de Merceditas
fue lo mejor que le pudo pasar. Se dedica a disfrutar de su soltería sin que
nadie le diga constantemente lo que puede o no puede hacer.
Me
fui contenta a casa. Encontrarme con Jorge fue lo mejor de esa tarde de boda no
deseada. Quedamos para vernos más a menudo.
SORPRESA EN EL MADRID DE LOS AUSTRIAS ARACELI
DEL PICO
No hay nada que me relaje más, que un paseo
al atardecer por el Madrid de los Austrias. Aquellas calles angostas de
edificios renacentistas y barrocos, que reciben la luz de las farolas, y nos
devuelve un halo de misterio en cada esquina, me transmite la paz que me roba
el centro de la capital. Siempre una agobiante vorágine.
Por ende, aquella tarde, hacía frio. El
otoño nos anticipaba con un día gris la llegada del invierno. Aunque faltaba un
mes para su encuentro. No importaba nada. Iba bien abrigada, con una cálida pashmina
de suave lana merina, buen zapato y a caminar por mi Madrid favorito.
Mis pasos perdidos, como aquellos de los
reseñables edificios, donde se toman las justas decisiones, o bien, se
trapichea y muchas veces se engaña. De todo sucede en esos largos pasillos, que
conducen a las grandes salas; me llevaron hacia la basílica pontificia de San
Miguel, cuya impresionante portada barroca, siempre he admirado.
Frente a ella, una pequeña escultura,
dedicada a Carlos Cambronero, que fue historiador y escritor madrileño y
cronista de la Villa de Madrid. Está de pie, y mantiene una postura desigual,
alzando uno de ellos sobre un escalón algo más alto. En sus manos mantiene un
libro. Y justo tras él, la Biblioteca Pública Iván de Vargas.
A esas horas y ya anochecido, no suele haber
mucha gente. El brillo tintineante de la luz artificial, pone al descubierto la
extraordinaria fachada de San Miguel. Y deja en segundo plano, aunque también
iluminada la Biblioteca. No me resisto. Entro. Y contra todo lo previsto, las
silenciosas paredes me devuelven un aire de fiesta.
Pregunto. Dios que preguntona soy. Alguien a
quien le brillan los ojos por estar allí, me dice que se va a celebrar la
presentación de un libro de poesía.
-
¿Me
podría quedar?
-
No
sé. Supongo que sí. La sala es grande. Pero siempre falta algún invitado.
-
¿El
autor o autora, es conocido?
-
Mujer,
no es Almudena Grandes. Pero dele tiempo. Y desde luego en nuestro circulo lo
es.
Me hago a un lado discretamente. Y oigo con
atención la presentación que hace Manuel Pozo. Habla sobre la autora. De sus
virtudes como persona y sobre todo como escritora. Y poco después interviene
ella. Se calza unas gafas que le dan un aire muy intelectual. Abre el libro,
pequeño de tamaño y grande de contenido. Lee retazos de algunas de sus poesías.
Con voz cadenciosa y un timbre acomodado al poema escrito. Habla de las
dificultades de escribir. Y en especial poesía. Dice que tal estilo, no admite
mentiras, que es desnudarse ante los ojos de lector. Siento que tiene razón.
Cuando acaba el acto, me acerco
discretamente. Me presento y transmito mi enhorabuena. Compro su libro. En la
dedicatoria añade unos dibujos extra que sinceramente agradezco. Y antes de
salir saludo a la persona que me invitó a quedarme, para darle testimonio de mi
gratitud. Digo mi nombre. Responde con el suyo y un fuerte apretón de manos.
Sus amigos se quedan y comienza la sesión de
fotos… me hubiera gustado estar entre ellos. Y sin pensarlo dos veces de nuevo
me acerco y pido posar juntos, si es posible.
-
Naturalmente,
pues claro que sí.
Con un descaro, que no sé de dónde me sale,
me coloco en el centro. Luego me entero que es el grupo de creación literaria,
donde ella se formó. Le pido el teléfono para mandarle la foto que he hecho con
mi móvil. Sin duda alguna me lo da.
Y salgo de allí, despacio, mirando las
paredes de la Biblioteca, y me detengo frente al pozo cerrado. Siempre se ha
dicho que es el de San Isidro. No lo sé. Conozco más de uno y eso me hace
dudar. Pero le miro fijamente… De repente se me nubla la vista y siento que se
abre el brocal. Segundos más tarde, miro mis manos y en la izquierda aparece un
cuaderno con las hojas en blanco y en la derecha una pluma. Un calor extraño me
invade.
Salgo a la calle me apoyo en la escultura de
Carlos Cambronero. Imito su pose. Me apoyo en su libro. La oportuna luz de las
farolas ilumina las hojas blancas de mi cuaderno y comienzo a escribir. Mis
pasos hoy, no han sido perdidos.
El frio helador de unas horas atrás no
existe.
EL
ATARDECER TIENE MIGA SANTIAGO
J. MARTÍN
Alguien
tenía que ser y, en esta historia, la protagonista es Dorothy Baker, siendo
Baker su apellido de soltera, condición de la que disfrutó hasta donde alcanzan
los registros a los que hemos podido acceder.
Está
mujer vivió en una zona arbolada del sur de Escocia, en Galloway, allá por el
1135, fecha de la que se tiene constancia por su bautismo en la iglesia de
Girthon, hoy en ruinas, pero visitable.
Parece
que su oficio fue, desde muy pequeña, el de panadera, aunque tenía habilidades
notables como poetisa.
Nunca
fue a la escuela, entre otras cosas porque no tenemos noticias de que existiera
una en los alrededores, al menos para los plebeyos y vasallos, como era su
caso. Pero un viejo fraile, que vivía en el lugar, se preocupó de enseñarle a
leer y a escribir, a cambio de que la muchacha le reservara los panes más
tiernos, para que pudieran ser masticados por el simulacro de dientes que le
quedaban.
Esta
joven fue la inventora del término atardecer. No consta que nadie lo hubiera
usado antes en ninguna parte del mundo. Solo había, hasta entonces, amaneceres
y anocheceres. Y punto.
Lo
curioso es que Dorothy jamás había visto anochecer desde que tenía uso de
razón. Se acostaba prontísimo para poder estar bien despierta a las 4 de la
mañana, hora en la que su padre encendía el horno y ya había que estar
extendiendo las masas y mezclando las levaduras.
Un
día el azar y la indisposición hizo que la muchacha viera por primera vez cómo
se hacía de noche, cómo se iba definitivamente ese hilo de luz que todavía
existía cuando ella se metía en su jergón. Aquel retortijón de vientre sirvió
para que la poeta panadera de Girthon sintiera, además, lo distinto que eran
dos momentos del día tan próximos.
Sus
poesías sobre la luz de la tarde, que nada tenían que ver con la oscura noche,
fueron lo suficientemente transparentes como para que todos los lugareños
comprendieran que había diferencias sutiles, pero esenciales. Se corrió la voz
y lo que empezó como algo curioso terminó en imprescindible.
Las
cosas parecidas, que no son iguales, tienen una diversidad de matices tan
grande que algunos que creían ser felices empezaron a tener dudas. Bueno, lo
comido por lo servido, cuántos desgraciados cruzaron a la acera de la dicha
comprendiendo los colores de la tarde, desde Escocia hasta Vietnam, pasando por
Villanueva de la Vera.
Hoy
son miles, millones los que hablan, recitan, estudian, fotografían y se
enamoran con la luz de la tarde que empieza a agonizar. Doy fe que existen
libros estupendos, que nos mezclan luces de Gata, con destellos extremeños y
sabores a Madrid.
El
final de esta historia resulta algo desesperante. La pobre Dorothy, siendo
joven aún, pereció de una disentería, algo que se veía venir y que en su
comarca se llevó a gran parte de la población.
Se
cuenta, que la muchacha consiguió su sueño, reencarnarse, pero con poco tino.
No pudo hacerlo en un vencejo, de esos que decoran las tardes y sus ocasos,
para volar “abrigada de plumas y luna” *. Algo falló y Dorothy volvió a este
mundo en forma de hogaza de pan. Tiene su lógica.
La
pobre, frustrada ante esa vuelta inesperada, soltó por su boca:
-
Vaya fiasco. ¡Pues me viene de masa madre!
Aunque
no me fiaría yo mucho de esa traducción libre del escocés medieval.
Aquel
pan redondeado duró poco tiempo, como un atardecer, lo justo para terminar
engullido dentro de la boca desdentada de un fraile anciano de vientre
resistente a cualquier enfermedad.
Lo
que son las cosas.
*María
Isabel Ruano Morcuende, Con la luz de la tarde amarilla y añil,
Valencia, Olé Libros, 2025, p. 10.
Pues no, no es una broma. Es verdad que se puede soñar en color o en
blanco y negro. Además, se han hecho estudios científicos sobre el tema.
En ellos, la importancia de percepción de las imágenes y el color para el cerebro es fundamental a la hora de montar los sueños.
Veréis, a medida que leáis el artículo, que es una cuestión generacional
y los cambios en la forma de soñar seguirán existiendo, acordes con los medios audiovisuales
que utilizamos.
El mundo de los sueños siempre es enigmático y este aspecto que hoy
tratamos le dan un toque que parecería frívolo, pero no lo es.
En este breve artículo podrás aprender lo que es el aposimatismo. No es más que un grupo de estrategias que siguen los seres vivos utilizando diferentes cromatismos, bien como defensa o como factor de atracción para los de su especie.
El color azul no es muy frecuente de encontrar en los animales. También
es una estrategia, en este caso de ADN, ya que poseer ese color significa una
mayor carga energética a la hora de descomponer la luz blanca y reflejar la
propia.
Pero claro que hay animales azules, podréis verlos en fotos dentro del
artículo, incluso tenéis a vuestra disposición un vídeo, también.
El mundo visible es solo una fracción de la
realidad que nos rodea. Existen universos de percepción que todavía no han sido
explorados.
Eso pasa con los colores. Percibimos una
serie de colores a través de los conos de nuestra retina, que son tres. Si
estimulamos especialmente solo uno de esos conos recibiremos otros colores
hasta ahora desapercibidos, como ese ono que decimos en el titular.
Da un poco de escalofríos pensar lo virtual
y limitado que es el mundo que captamos. El artículo es muy bueno y no apto
para rebeldes de los cambios.
Es cierto que nada hay más rápido que la velocidad de la luz, y es difícil (a día de hoy, imposible) encontrar ninguna partícula que bata ese récord.
De todas formas, la ciencia no cesa en su empeño y sigue buscando fórmulas, sobre todo en el transporte de información, intentando que esta pudiera ser instantánea.
La solución sería la
mecánica cuántica. Se podría conseguir entrelazando dos partículas que están separadas
entre sí. De hecho, ya se está empezando a conseguir en diferentes ensayos.
Leed el artículo, que
no es complicado, y tened en cuenta que esta revolución está al caer. La vamos
a conocer y disfrutar.
LA PREGUNTA DE LA SEMANA
Después de la resaca emocional de los que vivimos la presentación del nuevo libro de María Isabel Ruano, seguimos la semana con el mismo tema de la luz, los colores y la tarde.
¿Tenemos una hora en el día donde somos más "luminosos"?
Si eres de los que te gusta el color amarillo, hoy estás de suerte. Emprendemos un viaje virtual, gracias al artículo adjunto, por el Yucatán, en concreto a la ciudad de Izamal.
A parte de los tesoros precolombinos, que son muchos y notables,
nos encontraremos con una ciudad llena de tonos ocres, amarillos y sepias, que
elevan el encanto de sus zonas históricas.
Apuntado queda en la agenda de viajes pendientes que, por
cierto, se va haciendo más y más grande.
Las ciudades son las mayores responsables de la contaminación en nuestro planeta. Y la iluminación de las mismas supone uno de los focos más importantes de agresión al medio ambiente.
El artículo nos enumera todo lo que se puede
hacer, y en algunos casos se hace, para que una iluminación inteligente de
nuestras ciudades ayude a mitigar los efectos de la huella de carbono.
https://arquitectura-sostenible.es/tecnologias-iluminacion-inteligente/
El añil tiene mucho de química ancestral, de magia en los colores y de misterio en su producción. Por eso, hoy os traigo dos artículos por el mismo precio.
En el primero nos cuentan que existen diversos caminos, antiquísimos,
para llegar a la producción del añil, y en diferentes lugares del mundo, usando
plantas que ni siquiera están emparentadas entre sí.
Ese color índigo obtenido se ha usado para teñir túnicas y ropajes muy
valorados por culturas dispares. Por algo será.
Luego os dejo otro artículo entrañable donde nos explican cómo se
siguen haciendo esos tintes en la actualidad en la ciudad mexicana de Niltepec.
https://franzmayer.org.mx/misterios-y-bondades-del-anil/
https://www.mexicodesconocido.com.mx/anil-de-niltepec-oaxaca.html
Parece que la respuesta va a ser una perogrullada, pero el verdadero color del sol no es ni amarillo, ni rojo o anaranjado.
La mayoría de los colores de objetos lejanos y espaciales que captamos
aquí en la Tierra tienen mucho que ver con los efectos que la atmósfera produce
sobre la luz exterior.
Por eso vemos el cielo azul, cuando no lo es. Por eso también vemos el
sol, generalmente, amarillo, cuando en realidad su color es blanco, y a veces
verde.
Aquí os dejo un artículo donde nos lo explican perfectamente, otra cosa
es que no nos guste la conclusión.
https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/que-color-es-realmente-sol_19728
Es un placer infinito que una entrañable amiga, una gran escritora, una extraordinaria impulsora de este blog, se lance, por tercera vez, a la aventura de publicar un libro.
Lo notamos como un éxito de todos, pero el logro es suyo. Ahora tenemos la oportunidad de degustar sus versos de Con la luz de la tarde amarilla y añil.
Aquí os dejo con unos mensajes de la propia autora donde podéis tocar de cerca sus motivaciones, sus inspiraciones y sus emociones, además de unos estupendos dibujos que salen también de sus dedos.
Ah, y no olvidéis, como ahora nos cuenta la autora, que el 21 de noviembre, viernes, será la presentación, en el distrito Centro en la Biblioteca Iván de Vargas, a las 19 horas. Nos vemos.
Mi nuevo libro: una realidad
Han sido muchos días de espera y de silencio, de reprimir el
deseo de comunicarlo a todo el mundo. Un palpitar secreto a penas compartido
con los más allegados. Y no me puedo quejar porque el proceso ha sido rápido y fluido.
A penas han pasado unos meses desde que, guiada por la intuición, preste
atención a uno de los muchos anuncios de Facebook en los que te prometen
publicar tu libro y no sé cuántas cosas más. En este caso, el anuncio de la
editorial Olé Libros, me gustó más que el resto. Una sencilla combinación de
collage y palabras escritas en distintos formatos junto a sus imágenes en las
que aparecían un ojo, una mano escribiendo, una mariposa y una flor… (Los que
me conocen bien no podrán evitar una sonrisa) y movida por esta primera
intuición me puse en contacto con ellos. Sería el mes de mayo y no tardaron en
ponerse en contacto conmigo.
Enseguida nos pusimos de acuerdo, el tono de la voz me causó simpatía y confianza, sensaciones que, al parecer fueron mutuas y con rapidez se pusieron a trabajar con mi poemario. Los contactos siguientes me pusieron al habla con Andrea para la corrección orto tipográficas y con Amparo para la maquetación y con Judith para el proceso final de la imprenta y comercialización. A pesar del ajetreo del verano y de qué, la verdad, he pasado poco tiempo en casa, el libro ha estado terminado en un tiempo récord. No tengo más que palabras de elogio y agradecimiento para todo el equipo de esta editorial.
Los días de espera, desde que salió de imprenta se me han hecho largos porque a pesar de tener toda la documentación incluida la portada del libro, hasta que no le tocas, le hueles, le revisas, le acaricias y te haces la foto con él, no parece ser creíble, no parece ser real.
Hace unos minutos que acaba de llegar a casa y aquí está, en mis manos y con esa emoción lo enseño a través de esta ventana virtual, para compartir la alegría e invitaros a su presentación. Sera el 21 de noviembre en la biblioteca Iván de Vargas de Madrid a las 7 de la tarde.
Pero tranquilos qué, cómo nos pasa a la mayoría de los autores, seguiré hablando del libro y publicitando su llegada a este mundo de sueños y de letras.
Pero si alguien no puede venir ya está disponible en la
página de la editorial y se puede solicitar en las diversas librerías para cuya
adquisición os paso el siguiente enlace.
https://olelibros.com/.../con-la-luz-de-la-tarde.../
Ahora me toca a mí corresponder a la confianza que ellas, las entusiastas mujeres de este grupo editorial, han depositado en mí y tratar de vender los libros para que recuperen su inversión y el mundo de la poesía siga latiendo a través de sus versos en nuestra mirada y en nuestros corazones.
Desnudarse siempre cuesta y más cuando se van cumpliendo los años y el tiempo va dejando sus marcas por el cuerpo. Desnudar al corazón cuesta aún más, en especial cuando la vida va dejando en él, heridas y cicatrices que duelen con tan solo recordarlas.
El ser humano es universal por muy diferentes que nos creamos los unos de los otros. El sentimiento, el amor y el dolor son universales. Todos nos parecemos, todos nos hemos enamorado, sobresaltado, decepcionado. ¿Quién no ha sufrido una traición? ¿La alegría de un encuentro, de un regalo? ¿Quién no se ha dejado seducir por la belleza de un amanecer o la nostalgia de la tarde? ¿Quién no ha querido volar como los pájaros o ser espuma entre las olas del mar? ¿Quién no ha sentido el tremendo dolor por la muerte de un ser querido?
Los poemas de este libro están muy relacionados con el paso
del tiempo, la luz, el color, la naturaleza y la búsqueda del equilibrio y de
la serenidad.
Ha sido la luz un tema de estudio para la ciencia desde antes de Descartes, que ya daba una definición, que no fue aceptada por científicos posteriores, basada en que la luz tenía características ondulatorias.
Fue Newton, como bien
nos recuerda el artículo de hoy, quien empezó a demostrar que la luz tenía una
composición corpuscular, es decir, que no eran ondas.
Tras él vinieron otros
que lo rebatieron o estuvieron de acuerdo. Hubo que esperar al siglo XX para
que los físicos cuánticos dieran argumentos de peso a las teorías del
británico.
https://elpais.com/ciencia/vacio-cosmico/2021-10-07/que-es-la-luz-y-que-es-la-realidad.html