LO QUE EL
FUEGO NO SE LLEVÓ ANTONIO
LLOP
Después de que
los médicos le anunciaran que su cuerpo no aguantaría otro invierno más, el Rey
Gandulfo reflexionó con pesar sobre su herencia. Su preocupación no era tanto
por el reparto de sus tierras y riquezas como por su trono. No consideraba a
ninguno de sus tres descendientes digno de ser Rey.
Su hijo mayor
era despótico y violento, y se escudaba en su prerrogativa real para asesinar a
cualquier persona que se opusiera a sus caprichos. Sin embargo, esa violencia
no le hacía buen guerrero ya que en las batallas solo intervenía de forma
sanguinaria cuando el enemigo escapaba por el empuje de su propio padre al
frente de sus más valientes caballeros.
Su segundo
hijo ni siquiera entraba en batalla. Solo gustaba de fiestas palaciegas y damas
que se rendían ante su sangre real. Siempre estaba ebrio y completamente
despreocupado de los problemas del Reino.
Su tercer
descendiente era una mujer. Una joven rebelde que unos meses antes se había
escapado del Palacio y hasta ahora ni el más intrépido capitán de la guardia
real había conseguido averiguar su paradero.
En esa
recapitulación de su vida ante la proximidad de su muerte, el Rey se dio cuenta
de que ninguno de sus tres hijos le había dado nunca una sola muestra de
cariño. Entonces se le ocurrió ponerlos a prueba. Reunió a su Consejo para
ignorar la costumbre de otorgar la corona al hijo mayor. Dictó un decreto en el
que exponía su voluntad de que su heredero sería el que de todos sus hijos le
hiciera el regalo más placentero. Tenían de plazo toda esa primavera y el
verano siguiente. Cuando empezaran las primeras lluvias de su último otoño, él
elegiría al candidato más digno de ostentar el título de Rey. El decreto fue
comunicado en persona a sus dos hijos. Para que su hija tuviera las mismas
posibilidades, a pesar de su ausencia, el Rey consideró de justicia publicar un
bando y difundirlo por todo el Reino.
El hijo mayor,
en principio, protestó por haber sido despojado de sus derechos, pero sabiendo
de la resolución de su progenitor no insistió. De todas formas, creía conocer
los gustos del Rey y estaba seguro de ganar el certamen.
El segundo
hijo no tenía especial interés en complicarse la vida asumiendo
responsabilidades de gobierno, pero comprendiendo las riquezas a las que
accedería siendo Rey, decidió participar.
De la hija no
se sabía nada. Los bandos habían recorrido el Reino difundiendo el decreto
real, pero no habían obtenido la certeza de su recepción por la infanta.
Trascurrido el
plazo, sentado en el trono del Salón Real rodeado de toda la corte y con sus
médicos cerca, el Rey Gandulfo se dispuso a recibir las ofertas de sus hijos.
El hijo mayor
se adelantó, sacó una espada de una funda ricamente adornada y con ella plana
entre sus manos abiertas se la ofreció a su padre con una ligera reverencia,
mientras decía:
-Aquí tenéis
Majestad. Elegida entre más de cien espadas. Otros tantos herreros han trabajado
día y noche en sus fraguas durante todo este tiempo. Su metal es de la más
poderosa aleación conocida y en su puño están engarzadas las más raras piedras
preciosas. Así mismo, un hilo de oro recorre todo su cuerpo. ¡Un arma que
podréis teñir de sangre enemiga muchos años más!
El Rey acogió
el regalo con gesto cansado y una ligera inclinación de cabeza. Entre los
cortesanos corrían murmullos de aprobación.
El hijo
segundo portaba un estuche de madera noble entre sus manos. De él extrajo una
hermosa copa y se la mostró a su padre, al tiempo que decía:
-Mi amado Rey.
Mi cariño hacia su majestad me ha llevado a ordenar a más de doscientos
orfebres una copa semejante a la que los escritos reflejan como la del Santo
Grial. Como ve su cuenco es de calcedonia pulida y está rodeada de una corona
de oro y piedras preciosas. El cuello y el pie también están recubiertos de tan
rico metal. Espero que no solo admire su ornamentación, sino que pueda beber en
ella el más dulce vino de nuestras viñas durante la celebración de las
victorias de sus próximas batallas.
También el Rey
acogió el regalo de su segundo hijo con solemnidad, pero sin dar en ninguno de
los dos casos muestras de preferencia.
El silencio se
hizo en el salón real. Era el turno de la princesa rebelde cuya presencia nadie
detectaba. La corona se la disputarían entre sus dos hijos ¿Quién sería el
ganador? Ya iba el Rey a pronunciar su dictamen cuando se escuchó un murmullo
que venía de la entrada del salón. Los allí congregados abrían paso a una joven
vestida con una sencilla túnica de color pardo. El Rey reconoció con dificultad
a su hija que se acercaba erguida con paso decidido. Cuando llegó a su altura
la muchacha se arrodilló.
-Padre –dijo-
me he enterado con tristeza de que el paso de los años, las heridas de su
última batalla y las preocupaciones del gobierno le han puesto en la antesala
de la muerte. Quiero pedirle perdón por si mi ausencia voluntaria estos últimos
años también ha contribuido a quebrantar su salud. Mi infancia fue feliz, con
mi madre y el preceptor que me asignasteis. Ellos me enseñaron los saberes
necesarios y las fórmulas de cortesía adecuadas para moverme en Palacio. Con lo
que ellos me contaron y lo que me refirió la abuela antes de morir, comencé a
escribir la historia de nuestra dinastía. Luego sucedió aquella desgracia que
llevó a la muerte a mi madre. Entonces ya no me sentía con ganas de continuar
mis escritos y los guardé. Cuando me asignasteis una nueva dueña mi vida
cambió. Ella descubrió mis escritos y los echó al fuego. Me reprendió por hacer
menesteres propios de juglares y no dedicar mi tiempo a hilar en la rueca. Los
llegué a reescribir a escondidas, pero las damas que ella había escogido para
mi servicio en realidad lo estaban al suyo y le confesaron mi actividad prohibida.
Esa vez el fuego se llevó también mis plumas de ganso y el resto de mis
pergaminos. Además, la dueña me castigó encerrándome en mis aposentos bajo la
vigilancia de mis damas. En un descuido de mis guardianas me escapé. Usted no
se pudo enterar de esos hechos porque estaba en la última de sus exitosas
campañas guerreras. Deambulé por aldeas del Reino hasta que un matrimonio de
campesinos me acogió. En ningún momento les dije mi verdadera personalidad.
Ahora vivo con el hijo de esa familia, que aún no sabe que soy la hija de su
Rey. Y soy muy feliz.
Al escuchar
estas palabras, Gandulfo pareció desvanecerse. Auxiliado por sus médicos, que
no se apartaban de él, recobró su dignidad y, con voz templada, dijo:
-Vuestro
relato me ha conmovido, pero estamos aquí para que me mostréis vuestro cariño.
Ved los ricos presentes de vuestros hermanos.
¿Cuál es el vuestro?
La muchacha se
incorporó, dirigió la mano a su bolsillo y extrajo de él un papel doblado. Se
lo entregó al Rey, al tiempo que decía:
-Padre, éste es
mi regalo.
Sus hermanos
la miraban sonriendo con ironía. La vulgaridad de ese regalo era evidente, y la
comparación con los suyos rozaba la afrenta. El Rey no dudaría en arrojarlo a
su cara por falta de decoro. La muchacha continuó con voz firme:
-Hubo algo que
el fuego no se llevó: mi memoria. Mi regalo es un poema épico en el que narro
su última campaña guerrera. Pero le advierto que estos versos serán diferentes
de los que los juglares de Palacio hayan podido registrar. Yo ya no estaba en
la Corte y las he escrito con los ojos del pueblo. Así, su majestad podrá
enterarse de lo que los súbditos piensan de su Rey.
Sus hermanos y
algunos caballeros de la guardia echaron mano a sus armas por la insolencia de
la muchacha. El Rey aún pudo componer una mirada autoritaria con sus cansados
ojos para ordenar calma.
-Una última
cosa, padre –agregó la muchacha con voz quebrada-. No me mueve la codicia por
lo que no deseo ninguna heredad. Solo pretendo, antes de volver a la aldea,
quedarme a su lado hasta el final. Le reconfortaría con mi presencia en los
momentos más duros y compartiría su silencio durante el sueño.
El papel
temblaba en la mano del Rey, cuyo brazo ofreció a su hija y desapareció con
ella camino de sus aposentos. Sus hijos quedaron asombrados al ver sus ricos
presentes olvidados a los pies del trono.
Gandulfo
ordenó encerrar a la dueña insidiosa y mandó llamar a su lecho al Notario Mayor
al que dictó su testamento. Repartiría el Reino entre sus dos hijos, que
estarían tutelados por el Consejo al que obligatoriamente habrían de escuchar
antes de tomar decisiones importantes. También dispuso, a petición de su hija,
rebajar en buena suma los impuestos que se cobraban a sus súbditos.
Durante el mes
que aún vivió, el Rey le pidió a la muchacha que todas las noches le recitara
algunas estrofas del poema de su última batalla.
TRAPISONDA ARACELI
DEL PICO
Creo que he sido
uno de los cabronazos más grandes que han existido. Que por qué he sido así? Y
yo qué sé. Porque mis padres eran… Bueno mi madre aún vive y lo debe estar
pasando fatal por mi culpa, y debería estar dando saltos de alegría, porque
menudo vivo que se ha quitado de encima. Bueno, como decía, mis padres siempre
han gozado de una excelente reputación y yo solo he oído decir maravillas de
ellos. Lo he tenido todo y por encima de mis posibilidades. Lo pienso
reposadamente y creo que ese ha sido su fallo. Pero he nacido con arte para la
manipulación y la he llevado hasta el extremo siempre que he podido.
Y he podido
siempre. Bueno, nada es para siempre.
Marcos, mi
compañero de cole, desde la infancia, siempre me había sacado las castañas del
fuego. Algunas veces me advertía que extremara las precauciones, porque si nos
pillaban era él quien se la iba a cargar.
Te lo pido por favor Felipe. Intenta hacer los deberes
alguna vez por tu cuenta. Si D. Argimiro nos descubre, suspendemos los dos.
Jo tío, cada día eres más pánfilo. Llevamos haciendo esto
desde hace mil años y piensas que nos van pillar? Ahora que tenemos un arte…
¡venga ya!
Pues nos
pillaron. Marcos me pasaba la “chuleta” para resolver el cuestionario y no
llegué a tiempo de cogerla, se me resbaló. D. Argimiro, miró por encima de sus
gafas un tanto viejunas, tipo “Quevedos” y con la precisión de un ave de
rapiña, se agachó al suelo a recoger el papelito. Lo desdobló y vio la
sabiduría de Marcos reflejada con esmero en el escrito, que iba dirigido a mí.
-
De quién es?
-
De Marcos. He visto como se le caía de las
manos.
Respondí sin
dudarlo. A él, le expulsaron de clase. Yo empecé a fingir un inesperado
malestar, para evitar hacer el examen del que no tenía ni la más mínima idea y
D. Argimiro dijo, que podía salir e irme a casa.
Marcos
expulsado de clase lloraba en el patio como un descosido. Me vio salir tan
campante, me freno y se atrevió a pedirme explicaciones.
-
Joer chico, tampoco es para tanto, respondí.
Me atizó un
mamporro. Caí al suelo con la nariz llena de sangre. Y entré en la enfermería a
que me curaran. A la pregunta de quién me había hecho esto, respondí sin dudar.
Marcos.
El resultado fue
que le expulsaron del colegio. Nunca más volví a verle. Tampoco le eché de
menos.
Y así, cuando
alcancé la mayoría de edad, era sabedor de todas las tretas y trapisondeces que hay que saber para triunfar en la vida.
A la pregunta de
mis padres, de que iba ser en el futuro, contesté sin dilación. Seré político.
Mi madre intervino, mientras mi padre ponía los ojos como platos.
-
Pero hijo por Dios, eso es muy comprometido. Y
de gran responsabilidad. Y la verdad no
te veo yo, como adalid de una determinada causa.
-
No te preocupes, crearé un nuevo partido. Seré
el mejor. Y las masas gritarán mi nombre enloquecidas.
Y en efecto,
creé mi propio partido político. Las siglas PHP (Podemos Honrar la Patria)
Aunque algunas personas con el criterio menguado, lo traducían como (Puercos
Hijos de Puta). A éstos les ponía habilidosas zancadillas hasta que
desaparecían de mi vista. No me costaba demasiado.
Mi padre, todo
honradez, veía como cultivaba con esmero mis desmanes. Y sabiendo que se
aproximaban las próximas elecciones, temió que el pueblo donde había germinado
la semilla del mal, que yo había esparcido y regado, con el carisma propio de
un descerebrado que solo piensa en si mismo, estuvo el primero en el colegio
electoral. Se apropió de todas las papeletas. Las metió en otra bolsa que
llevaba preparada y una vez en casa las quemó.
Pobre iluso. No
pensó que colegios electorales había en todos los barrios. Y muy a su pesar
salí elegido por mayoría absoluta. Tan solo en la Zona de Arganzuela, no
conseguí ni un voto. Para él fue un disparate, que no pudo soportar. Al día
siguiente palmaba de un infarto bien merecido.
Mi apoyo en el
“desgobierno” venia de Clara. Única. Adivinaba mis pensamientos y ejecutaba mis
órdenes al milímetro. Todo con ella era perfecto. El único fallo es que tenía
un novio un tanto posesivo. Para mí eso no suponía problema alguno. Y decidí
que de hoy no pasaba.
Clara, hace una cenita esta noche? Tengo algo que
consultar contigo y prefiero hacerlo en privado, muy privado.
Aceptó sin
dudarlo. Pasé a buscarla, disfrazado. Peluca gris. Grandes gafas de sol y un
traje deslucido y feo. Casi no me reconoció. Cuando lo hizo, por el tono de
voz, soltó una sonora carcajada. Y en la habitación, dijo:
-
Para ser tu día especial, no luces elegante.
-
Cómo sabes que va a ser mi día especial?
-
Lo sé.
Mi imaginación
se aceleró desbocada mientras tiraba de mi cabeza hacia atrás. Sonó un ruido
seco y sordo. Y sentí un líquido espeso brotar de mi vientre. Lo último que oí
fue el portazo, que sonó como un signo de interrogación…
EL ANÓNIMO JUANA
DOMÍNGUEZ
Fue curiosidad lo que me generó el primer poema que encontré en el buzón. Me
llevo a fijarme en todas las personas de mi entorno. No cuadraba ninguna con el
contenido poético del papel cuidadosamente doblado y con un ligero perfume a
rosas, eso me pareció entonces. Con el
tiempo transcurrido no se percibe olor alguno.
((Negra noche en soledad
¿Dónde estás? no te siento.
Acércate a mis ojos,
ven, susúrrame al oído.
Búscame. Ámame))
Ayer tarde cuando abrí el buzón, tenía la esperanza de
encontrar otro poema, ya que todos los primeros de mes he estado recibiendo
uno. Creía tener localizado al autor de
los mismos. En el tercero vive un señor de buena planta, algo mayor que yo,
educado y amable conmigo siempre que coincidimos en el portal. Vive con su
madre, a la que cuida con mimo, según el
portero de la finca, aunque éste lo tacha de mariposilla.
El buzón estaba vacío, solo propaganda. Subí a mi casa, mi
corazón se desboco, en el suelo estaba lo deseado. Era una cuartilla con cuatro
líneas de letras recortadas, formando unas pocas palabras. Cerré la puerta, la
mano me temblaba, aquello no era un poema.
No soy consciente de tener enemigos, mi vida es simple. Una
relación normal y afectiva con la familia. En la oficina no tengo mucho trato
con nadie, mi trabajo me exige concentración, y no creo que nadie me envidie
por él, es trabajo mecánico, traducir y redactar correspondencia con la filial
de Londres. Mis amigos tienen una vida parecida a la mía y nunca me han
demostrado nada fuera de lo normal, algunos desencuentros y muchas risas.
Después de una noche larga y espesa meditando, he decidido
presentarme en la comisaría, cercana a mi casa, con los escritos recibidos.
Aquí sigo, frente a
la puerta, reflexionando que hacer. No quiero hacer el ridículo, pero el
contenido del último anónimo es tan cruel, que temo por mi vida.
EL VENENO DE LA ARAÑA NEGRA SANTIAGO
J. MARTÍN
Era la noche del 29 de marzo de 1969. Mucho tiempo ha
trascurrido para que alguien pudiera recordar algo con rotundidad en los
detalles. Será mi memoria, alimentada por la gente, lejos de cunetas y trincheras del miedo, la que me ha guiado
con retazos, destellos y briznas por lo que probablemente le ocurrió a Román
Peláez, en un pequeño pueblo de la Axarquía.
Allí había nacido él, 50 años antes de esa fecha. Nada hacía
presagiar que tuviera que salir de su aldea por motivo alguno. Y no salió. Las
grandes razones para permanecer en su pueblo eran: las 20 cabras de su padre,
la enfermedad de la madre y los libros heredados de su tío Andrés, que llegó a
ser profesor de literatura en Málaga.
Lo tenía todo. Cariño, responsabilidades, preocupaciones,
lecturas de Blasco Ibáñez, caricias de Blasa,
la hija más joven del pregonero...
Llegó la guerra. Llegó para todos. Román apenas tenía 18
años. Falseando su cédula de identidad pudo esquivar ir al frente defendiendo
al bando republicano.
Pero sobrevino la Desbandada
y todo fue de peor a mucho peor. Los falangistas, apoyados por las tropas
marroquís de los Regulares de Alhucemas, arrasaron con lo que iban encontrando.
El día que lincharon, hasta la muerte, a su padre, él estaba
con las cabras, arriba, en el monte. Blasa fue avisarle y le contó que aquellos
ejemplares, heredados de su tío, le habían costado la vida a su padre y que
Román, con seguridad, sería el siguiente.
No era la valentía, el arrojo o la rabia lo principal de sus
virtudes. El pánico le impulsó a huir y echó a correr hacía el bosque de las
Morillas. Allí vivió tres meses. Nada comparable con los 32 años que permaneció
escondido después, en la casa, primero deshabitada y luego abandonada, de su
prima Rogelia, que murió de triquinosis a principio de los 30, como le ocurrió
a la madre de Román.
Nadie supo nada de él. Nadie excepto la persona que le
llevaba comida y agua, dos veces por semana, puntualmente, durante todos esos
años.
Ningún vecino sabía de su presencia, aunque se contaban
historias, se inventaban leyendas y en ninguna salía bien parado el pastor
cobarde, que fue como pasó a la posteridad por esos lares.
Ya viejo, rendido, recibió una nota, atada a una piedra. Con
ironía, llegó caída del cielo. En ese papel se le avisaba de que esa mano
amiga, que todavía le quedaba, nunca más volvería; estaban muy cerca de
descubrir sus visitas clandestinas. El recién llegado comandante de puesto de
Frigiliana pasaba por ser un consumado cazador de topos, por media España.
Se encontraba muy cansado. Ya no merecía la pena seguir
resistiendo y menos, además, absolutamente solo. Aquella noche referida
encontró la cuerda necesaria y la viga resistente para su escaso peso.
El 31 de marzo de aquel año se publicó un decreto ley donde
quedaban prescritos todos los delitos, probados o no, cometidos durante los
últimos 30 años y derivados de la Guerra Civil en España. A Román, le llegó
tarde esa fecha y demasiado pronto un papelito doblado por el ventanuco
escacharrado de su buhardilla, aparentemente abandonada.