MEMORIA Y
PAPELES MANUEL
GIL
El
crepúsculo se cernía sobre una animada y bulliciosa Gran vía de Madrid, cuyas
luces empezaban a iluminarla como estrellas recién despertadas. Dos mujeres
mayores gesticulaban aparatosamente.
- Pero si ha sido ahora mismo, no hace
ni diez minutos que he cogido un pañuelo y lo tenía.
- Te lo he dicho mil veces Concha,
tienes que llevar el bolso hacia adelante.
- Mira Marta, no me pongas más
nerviosa, No es que lo sienta mucho, dinero no llevaba apenas, el lío de dar de
baja tarjetas y todo eso, pero por otro
lado la excusa perfecta para perderme la presentación del libro de Arturo Memez
Rebenque.
- Concha, sabes que si vas y cuentas
lo que te ha pasado entras sin invitación y sin nada, ¡Vamos! la dueña del
Baudelaire, tres estrellas Michelín, ¡por dios!
- Ya, pero me viene de perlas, no me
apetece ir con ese pedante.
- Hija es que desde que te condecoró
la presidenta, todo el que es alguien, se muere por codearse contigo y sentarse
a tu mesa.
- Oye, Marta ¿no es ese mi bolso?
Frente
a ellas, un policía sujetaba a un joven
negro, mientras otro tenía el bolso de Louis Vuitton mirando su interior.
Con
paso acelerado Concha se plantó delante de ellos.
- Oiga agente ese bolso es mío y…
Se
fijó entonces en el joven, su piel brillaba añada por el sudor y sus ojos reflejaban angustia,
no debía tener ni veinte años y farfullaba en un idioma ininteligible para
ella.
- Si es suyo, este se lo ha robado,
estaba hurgando dentro cuando lo hemos pillado, esta gente que nos traen,
siempre igual.
. Mamadou ¿qué ha pasado? te dije que
no te movieras y nos esperaras ahí. Dijo Concha mirando al chico y después a
los agentes.
- No sabe ni jota de español, y
venía conmigo, mi amiga y yo íbamos a recoger un encargo y le dije que me
guardara el bolso y nos esperara.
- Pero señora, le hemos pedido los
papeles y no tiene, esto lo tenemos que ver en comisaría.
- No por favor agente, los papeles
los está tramitando, yo lo voy a emplear en mi restaurante, Soy Concha Céspedes
la dueña del Baudelaire y respondo de él.
Cuatro
horas después en un lujoso domicilio del barrio de Salamanca Concha habla con
su marido.
- No te entiendo Concha, tú no estás
bien. No vas a la presentación del libro de Arturo, te roban el bolso en la
calle y haces el numerito de salvar al ladrón, que me ha dicho Marta, que
estaba horrorizada, que lo has mandado al restaurante con una nota para que lo
dejen dormir allí.
- A Memez Rebenque lo aguanto casi
menos que tú, que finges estar fatal para no ir, al menos cuando he dejado a
Marta he ido a la coctelería esa que tanto nos gustaba y me he tomado un
Manhatan que me ha sabido a gloria.
- Y como explicas lo del senegalés,
porque es el colmo, estás metiendo en casa a dios sabe a quién,
complicándonos la vida ahora que
podíamos estar en pleno goce de la tranquilidad.
-¿Sabes Carlos? me apetece que
prepares otro Manhatan y que lo compartas conmigo, que te olvides por un rato
de la tensión, del colesterol y de todo eso.
- Y eso, ¿cómo es que te ha dado por
ahí? nunca bebemos en casa si no hay invitados.
- Es que hoy me he acordado de aquel
chico del que me enamoré en Munich, desesperado, sin papeles, buscado por el
TOP de España y con menos de veinte años. Nos embarcamos en alquilar un local
para cocinar platos españoles, ni licencia teníamos y tuvimos éxito hasta que te detuvieron. Esta
tarde he visto los mismos ojos que pusiste tú, cuando los policías alemanes te
esposaron.
- Eran otros tiempos Concha y
huíamos de una forma de vida que no queríamos, pero no éramos delincuentes.
- De alguna manera sí lo éramos, o
al menos tanto como estos otros. Yo acudí a aquel concejal gordo y colorado que
se derretía ante mis paellas. Él nos ayudó.
- A mí también me apetece ese
Manhatan Concha, sin amigos famosos, sin socialités, como dicen ahora, de esos
que se pueden pagar un menú de 400 pavos. Al final siempre me llevas a tu
terreno, no sé qué me pasa, no sé qué nos pasa.
- Es sencillo, somos dos viejos que
siguen queriéndose y más importante, aún tenemos memoria.
ATRAPADA EN LAS REDES ANTONIO
LLOP
Adama obsesionada. Conseguir la tarjeta de residente. Los
papeles. Adama. Atrapada en la red de miseria.
Su compañía es la espera. La noche gélida interminable.
Larga cola ante la comisaría. En una silla de tijera dormita desasosegada. La
pesadilla del arduo camino hasta España vence a su sueño de estudiar
enfermería. La cola, la espera. Y un día decide atajar. Acabar con la espera
maldita. Fue peor. Aquel hombre de modales untuosos. Doscientos euros. Un
hombre malo. Al final, seguir sin papeles y sin lo poco que le quedaba de lo
que juntó su familia en Malí. Y vuelta a la red de miseria. A la cama caliente,
por turnos. Sobrevivir con salario precario. Hay que limpiar los cristales, los
radiadores, que no queden resquicios. Casas pintadas con descuido, tendidos de
yeso apresurados. Lágrimas picantes, ojos rojos, manos ardientes. Productos
químicos. La red de miseria. El pozo donde pescan los que se aprovechan.
Interna. Cuidaría de mi madre, dormiría en la habitación
contigua. Cama y comida, lo ideal. Y dinero para sus gastos. Poco, porque no
tiene papeles. Cambiar productos químicos por fétidos olores, menosprecio
racista. Yo traeré la comida. Usted no salga de casa. Que no la vean los
vecinos. Mi teléfono para avisos urgentes.
Y la hija trae la comida escasa a la cocina, siempre a la
cocina. Sin entrar en la habitación donde se consume la vida de quien se la
dio. Y con la anciana, la inmigrante intenta la red que ya casi ha olvidado. La
de la ternura. Adama, acércame esas fotos. Aquí el día de mi boda, en esta el
nacimiento de mi hija. Clavadita a mí pero mala, muy mala. Y la risa de ambas,
clara la de la maliense, tenue, ligerita la de la señora. Cuando no hay dolor,
cuando reinan los analgésicos. La red de ternura también con la sobrina que la
visita. ¿Como está, tía? La he traído bombones. Ya sé lo del azúcar, pero le
gustan tanto… Y esta cajita para usted, Adama.
Y una noche un estertor en la habitación de al lado. Su
señora desvanecida. Zarandeo infructuoso. Y llamada al teléfono de la hija. No
haga nada, no llame a nadie. Espere a que yo llegue. Su voz sin tristeza, solo
premura y exigencia. Y a la llegada. Su trabajo ya ha terminado. Puede usted
marcharse. Sin más. Sin pagar nada más. No tiene papeles.
Otra vez a la red de miseria. Otra vez a las cristaleras
sucias de esmaltes. Y en la calle un coche, descienden dos personas. Un hombre
empuja una silla de ruedas, ¡Su señora! Pero no es su señora. Y entonces, el
fogonazo: Mi hijo tampoco me quiere. A ese ni le veo. Por eso los he
desheredado a los dos. Todo lo que poseo será para mi sobrina. Por eso la
Notaría de al lado. La hija clavadita maquillada de la madre, el documento de
identidad, falsificar la firma, cambiar el testamento. Y dentro de diez días en
comisaría la denuncia. Cuando fuimos a visitarla nos la encontramos así. Es
frecuente encontrar a ancianos solitarios en estado de descomposición.
Desgraciadamente. Les podrían acusar de malos hijos por tenerla abandonada.
Pero eso no es ilegal, todavía. Muerte natural. No procede investigar. Y si lo
hacen, en caso de autopsia difícil precisar si nueve o diez días desde la
muerte. El fogonazo: No querían que Adama saliese de la casa. La madre estaba
sola. Los vecinos, su coartada. No la habían contratado para que la cuidara.
Solo para que les advirtiera de su muerte.
Ahora no puede denunciar. No tiene papeles. Pero busca en
sus bolsillos el otro papel. El teléfono de la sobrina. No vayas a verla en
diez días, le dijeron.
Y Adama la cuenta lo que acaba de ver.
LA FUERZA DEL AGUA MARÍA
ISABEL RUANO
Fuerza que da la vida o que todo lo arrasa.
Que alimenta y riega los campos.
Que nos alegra la vida y nos baña.
Que entona su canción y que nunca se cansa.
Que discurre tranquila por regatos de montaña,
por regueras en los pueblos, con fuerza en las gargantas.
Generosa en los ríos y que en el mar no se abarca.
La fuerza del agua que a todos nos iguala,
a ricos y a pobres, con chalet o con humildes casas.
Que cuando se convierte en Dana,
no entiende ni de riqueza ni de razas.
Avasalla por caminos que eran del agua
y que la especulación ha convertido
en urbanización y en trampa.
Desolación que con su fuerza mata,
que roba tesoros, fotos, papeles, joyas, alimentos,
enseres, cultivos y esperanza.
Esta fuerza descontrolada del agua
a todos por igual nos trata.
A nadie deja indiferente, a todos lastima,
a todos roba, a otros los mata.
Sólo la identidad del alma y la generosidad humana
reconducen su fuerza, limpian el barro,
reconstruyen las calles y las casas.
Qué su fuerza y la desgracia
nos sirvan como recuerdo de que la naturaleza
siempre manda, que hay que respetar los caminos
naturales del agua para que sea nuestra salvación
y nuestra aliada.
MI HERMANO DEL ALMA JUAN
SANTOS
Aleksandër llevaba poco más
de un mes en España. Había venido a instancias de su hermano mayor, Nikolla
que, aunque le costó sudor y lágrimas conseguirlo, ya era ciudadano legal con
un trabajo fijo. Aunque Aleksandër no tenía papeles, su hermano lo
había puesto a trabajar con él en labores del campo. El patrón le daba un
sueldo en dinero negro que, aunque no era muy alto, le servía para sobrevivir y
colaborar con el pago del alquiler de la casa donde vivían.
La mala fortuna quiso que la semana pasada, al volver del
trabajo, tuvieran un accidente con la furgoneta, siendo Aleksandër el que salió peor parado.
Nikolla salió ileso. Dos ocupantes con algunas contusiones,
fueron llevados al hospital, donde tras unas curas pertinentes los dieron de
alta. El problema mayor fue para el pobre Aleksandër que, al no
tener papeles, lo llevaron directamente a su casa, con la esperanza de que las
molestias fueran superficiales y les le quitaran solas. Dos días pasó en cama
retorciéndose de dolor. Viendo que su estado empeoraba y que la fiebre la tenía
cada vez más alta, fue a verlo, de extranjis, un médico amigo del
capataz de la finca. Cuando el doctor entró en la habitación donde estaba el
enfermo, había una peste a alcohol que tiraba para atrás.
Nikolla le dijo la verdad. Es que mi hermanito tiene mucho
dolor y como no tenemos calmantes, le estoy dando ginebra y güisqui a cada hora
para que lo lleve mejor. Buena medicina es esa. Dijo el médico con cierta
ironía. ¿Y cuánto ha bebido ya?
Nikolla no sabía qué responderle y sugirió al doctor que
mirara debajo de la cama. Junto al orinal y halló más de diez botellas vacías
de Larios y JB.
Asombrado y haciendo cruces, el doctor le hizo un
reconocimiento general a un enfermo que a duras penas podía respirar.
―A este hombre hay que llevarlo
urgentemente a un hospital.
―Doctor, es que mi hermano no tiene papeles y cuando se
ponga bueno lo van a deportar a Albania.
―Muy bien, pero mejor será que lo deporten a que se muera,
digo yo.
El propio enfermo empezó a mover la cabeza de un lado para
otro, suplicando que no lo llevaran al hospital.
―Ustedes verán, este hombre necesita una intervención
urgente en un centro médico, si no se la hacen, probablemente no llegue a la
noche.
Estas duras palabras calaron en el corazón de Nikolla.
―Tengo una idea, doctor. Como los dos hermanos nos parecemos
mucho, puedo dejarle mi documentación para que lo atiendan con mi nombre.
El médico, en principio, se negó, pero apiadándose de la
situación, hizo la vista gorda, y procedió a extender un boletín de ingreso a
nombre de Nikolla Elezi.
En el hospital fue atendido por la vía de urgencia, sin
ninguna pega, pasando directamente al quirófano. Los cirujanos se pusieron
manos a la obra. Pero después de dos días, las lesiones internas se habían
agravado y por más que intentaron salvarlo, en la mesa se les quedó.
A los pocos minutos el jefe médico certificó el parte de
defunción de un varón de treinta años, con el nombre de Nikolla Elezi.