LA DISYUNTIVA MANUEL
GIL
Ya suena, ya sube. La presa de arriba, la de la
garganta, se ha desbordado. El nivel del agua va a subir implacable hasta cubrirnos
y no habrá manera
de salir de esto. De hecho, ya tengo las piernas entumecidas, casi ni las
siento.
¡Ay, Anita! Ahora me acuerdo de la cantidad de veces
que me dijiste que esta casa estaba construida en una torrentera y que un día se la podía tragar el
agua, que tu padre en su sabiduría no había querido
construir nunca aquí.
No estás para
repetírmelo,
pero ya lo hago yo por ti. Aunque todo me gustaba afrontarlo contigo, esto no
hubiera querido compartirlo. Hubiera sufrido tanto por intentar sacarte de esta.
Bueno, de lo que estoy seguro es de que tú lo
entiendes, de que hubieras hecho lo mismo. Sí, ya sé que el muchacho lo habrá hecho de
buena fe, pero ¿qué quieres? La disyuntiva era clara. Solo usted.
dijo: "O los dos o ninguno", respondí, "pues ninguno", y tenía sitio en
la barca, pero estaba alterado y no me extraña, le dominaba el pánico, decía que había más gente que recoger,
que era un viejo cabezón y no sé cuantas cosas más,
en un estado de enfado y excitación que parecía que le iba a dar algo. Y vuelvo a decirte que no
le culpo, la situación era desesperada.
Quizás
este desenlace nos reúna
antes de lo previsto, en un lugar y forma que desconozco. Sabes que nunca fui
creyente, pero qué más da. ¿Yo
sin él qué iba a hacer aquí?
Pude aguantar tu marcha porque él estaba a mi lado. Ya sé que los chicos no lo entenderían, lo sé y
me da igual, sabes lo mucho que los quiero, pero tienen su vida, una vida que
yo no quiero complicar y que ellos tampoco están dispuestos a alterar por según qué cosas.
Cuando tuve que llevarle por el reuma ese que le hacía cojear un
poco, se lo dije a la chica y me dijo que el coche no sé qué,
que no podía,
se lo dije al mayor y su respuesta fue que ya, si eso un día de estos,
ya sabes que es una de sus salidas típicas,
y al final tuve que llevarlo yo a cuestas, que casi no podía con él,
pero ahora está bien,
corre y se mueve sin dificultad. Aquí
está pegado a mí,
muy callado, no sé si tiene miedo, me mira y mira el horizonte.
En este momento no llueve, sigue subiendo el nivel
por el desbordamiento de la presa, pero se están abriendo paso entre los nubarrones unos jirones de
tonos rojizos, como esos atardeceres que tanto nos gustaba mirar desde el
huerto. Uf, me había
quedado medio traspuesto, tanto tiempo en el agua, me ha adormecido y casi no
siento mi propio cuerpo, pero me ha despertado su lengua lamiéndome
la cara y me está dando
golpes con la cola que está
agitando como un poseso.
En la somnolencia estaba sintiendo como el cuervo de
la parca la precedía
con su silueta oscura presagiando lo inevitable. Ya suena, ya baja, pero al
acercarse vislumbro algún
destello de color y las aguas se arremolinan en un baile frenético con el
aleteo mecánico
y el ruido como un golpeteo acelerado se va agrandando. Espero que el ángel que
parece descender colgado del artilugio no me plantee de nuevo la disyuntiva.
VOLUNTARIOS JUANA
DOMÍNGUEZ
El tren de
alta montaña, está quieto en la ladera de subida a la cima de la montaña, lleva
varias horas parado fuera de la vía. Los turistas, que viajaban en él han
bajado caminando al pueblo cercano. Ya no quedan visitantes en la cima del
glacial, todos han sido evacuados, el silencio se escucha en su entorno, nada
lo altera, ni los pájaros ni los animales salvajes se acercan al tren.
Cuando
desperté solo había silencio, así seguí mucho tiempo, ya no se oían los gritos
pidiendo ayuda que me sumieron en una impotencia profunda, la angustia me
asfixiaba, no podía moverme algo me tenía sujeta.
-Hola, me
llamo Lucía, no voy dejarte aquí sola, juntas esperaremos a que vengan a
buscarnos ¿Cómo te llamas?
La voz, que
me hablaba sonaba tranquila y esperanzadora. Había perdido la noción del
tiempo, no sabía si era de día o de noche, cuanto tiempo llevo aquí le
pregunte.
Lucía fue
contándome lo ocurrido, no paraba de hablar, me preguntaba mil cosas, de donde
eres, tienes familia, donde vives…. El interrogatorio me estaba enfadando y
sosegando.
-Sácame de
aquí, le dije en un momento de silencio, llévame a mi casa.
Enseguida,
contesto. Y empezó con otra historia, que me adormilaba y calmaba.
En mi corazón
no quería que Lucía se fuera, ni que dejara de hablar. Pero ya no quería
escuchar más historias quería dormir, descansar, encontrarme en mi cama, con
mis gatos.
- ¿Escucha…
lo oyes?
Sonaba el
pito de un tren acercándose.
-
¡Ya suben! ¡Ya nos vamos!
La calma de
Lucía, había desaparecido, el alivio de su voz era patente. La llamada de
socorro que lanzo antes de subir, por fin, se había atendido.
Nunca podré
olvidarla.
EL TIMBRE ARACELI
DEL PICO
No era
fácil asumir aquella noticia. Mejor dicho, era imposible. Durante meses trató
de adoptar una posición digna, frente al mundo en general. Aquel mundo que le
repetía una y otra vez, que no estaba solo. ¿Cómo que no estaba solo? Como
podría saber ese mundo hasta qué punto se sentía solo, vacío, acabado. Cuando
reunía ciertas energías para salir adelante, era peor. Discutía por nimiedades,
no soportaba un error y la benevolencia, que siempre había sido su bandera, se
había convertido en polvo venenoso, que se esparcía a su alrededor abriendo grietas
en la piel de todos cuantos estaban cerca.
Sonó el teléfono. Su madre le llamaba a diario. No siempre lo atendía.
Dejaba que sonara y sonara, hasta que al fin el soniquete irritante para él,
cesaba. En esta ocasión tampoco lo cogió. No estaba con el ánimo de poner
excusas o peor aún templar gaitas. Pero volvió a sonar con insistencia y al fin
decidió descolgar:
-
¿Sí?
-
Hijo,
alabado sea Dios que has cogido el teléfono.
-
¿Qué
quieres?
-
¿No
has oído las noticias, ni leído la prensa?
-
No.
¿Qué pasa?
-
Parece
que la investigación ha dado su fruto y ya se sabe que ocasionó la explosión de
gas en casa de…
-
En
casa de mi marido.
-
Bueno,
pues eso.
-
Gracias
madre. Colgó.
La noticia puso una sonrisa en su boca. Tenía gracia que precisamente
ella, le informara de primera mano sobre el resultado del accidente ocurrido un
año antes.
Ella y su padre, que cuando se enteraron de la relación que mantenían,
no dudaron de ponerle en la calle, de aquel día 22 de diciembre. Su premio fue
el desafecto total y la falta de respeto a sus sentimientos. Decidió ir a casa
de Pablo.
Subió y bajo las escaleras una y otra vez, no recordaba cuantas. Le
faltaba aíre para contarle lo sucedido con su familia. Cuando entró, se abrazó
a Pablo temblando. Su cariño fue el bálsamo que le ayudó a salir adelante.
Pocos meses después decidieron casarse. Los padres de su novio, de humilde
condición, pusieron a su alcance todo cuanto precisaban.
Sumido en sus pensamientos, se recostó en el sofá. Se sirvió una
copa. Fue entonces cuando tuvo fuerzas,
para abrir el móvil, leer las noticias y tratar de ver la luz, de aquel
infausto accidente.
La desilusión se pintó en su rostro con una mueca de amargura. No
aclaraban nada. Sencillamente daban por concluida la investigación, añadiendo
que los indicios llevaban a un escape de gas que, por mala combustión de la
caldera, habría producido la explosión.
Dejó caer el periódico en el suelo. Pablo estaba aquel día en casa. Y el
cuerpo de Pablo nunca apareció.
Le venció el sueño… Y mientras dormía creyó oír que sonaba el timbre de
la puerta. Y con insistencia.
EL
FEO SANTIAGO
J. MARTÍN
No me llamo Marshall, ni intención fue
ir a esas tierras para que me agasajaran. Soy de los que cuando veo una
oportunidad la agarro por el cuello y la aprovecho, aunque reconozco que a
veces se me va la fuerza y la pobrecilla se queda sin oxígeno.
En los años 60 cargué con un buen
petate, una pala, unas chirucas, unas rayban y 800 pesetas. Con ellas, al
llegar a Briviesca me compre un burro, viejo, aplastado en el ánimo, cojo de
dos patas y ciego de un ojo, pero era un burro, que me duró poco, por cierto.
No habían pasado ni 2 días, cuando un
paisano, agricultor de cereal de la zona, al verme pasar me interpeló con
amabilidad y sobriedad, que se da mucho en la zona:
-
¿A
dónde va tan bien armado?
-
La
fiebre del oro, amigo. Quiero ser de los primeros.
-
Aquí
no hay oro, ni lo ha habido nunca.
-
No
son esas mis noticias.
Le saqué un recorte de periódico y se
lo mostré. Lo rechazó diciendo que ni llevaba gafas, ni sabía leer. Por lo
tanto, procedí a la lectura de la breve reseña que había aparecido hacía una
semana en El pueblo.
“Cerca de Sargentes de la Lora, en
Burgos, en el paraje conocido como Ayoluengo se ha constatado la existencia de
auténticos yacimientos de oro negro…”
No seguí, ahí lo decía bien claro,
oro. El hombre, con el arado aparcado, empezó a reír y tuvo que explicarme que
oro negro no era una joya, sino petróleo. Estaba mejor informado que yo, que a
veces me precipito.
Con las mismas vendí el burro,
abandoné la pala en la pensión y regalé mis gafas de sol a una simpática
camarera que había abierto, con sus hermanas, un bar en la zona: Las guapas.
Me aseguraba que los americanos y sus
máquinas estaban al llegar y que aquello se iba a poner curioso. Todo el mundo
necesita de un bar para contar batallas y gastar su dinero.
¿Un bar? Más de uno. Y no se me
ocurrió otra gran idea que arrendar un local, justo enfrente del bar de esas
muchachas y complementar la oferta de alcohol y cafeína de la zona. Nada podía
salir mal. Aunque en el nombre no estuve muy lúcido. De todas formas, tenía su
aquel, si ellas se llamaban Las guapas, pues yo al revés.
Y el revés que me dio el destino dejó
temblando mis esperanzas de emprendedor del Primer Plan de Desarrollo. Dinero,
lo que se dice dinero, no perdí demasiado, aunque la calidad de mi nombre y el
volumen de mis deudas hicieron que no volviera a aparecer por allí nunca más.
Elegí el momento apropiado para
marcharme, aquel oro oscuro nunca fluyó como se prometía y su escasa calidad lo
dejaron en una riqueza de tres al cuarto.
Y en buena hora marché de allí, mi
primo ya me estaba esperando en Estepona con el que iba a ser el verdadero
negocio del siglo: Sofico.
Ya, ya sé que aquello terminó de
aquella manera. ¿Acaso hay algo que dure para siempre? Ni la cárcel, que lo
sabré yo.