TIERRA SIN NAVIDAD MARÍA
ISABEL RUANO
Un relato sin adjetivos
Tierra
y relato oscuros y fríos
de
extraño cobijo contra el miedo y el olvido,
de
soledad y silencio, sin luces ni adornos,
sin
la mirada ilusionada de los niños.
Sin
manteles ni comida, sin regalos ni brindis.
Sin
colores ni brillo.
Tierra
y relato, tristeza y cobijo.
Frases
cortas de un extraño y mental ritmo
para
que el paseante no vea la miseria,
para
que el lector imagine, busque y analice
y
le dé su propio sentido.
Para
que el transeúnte no mire
y
mantenga la conciencia ciega
al
dolor y a la pobreza, de los sin techo y mendigos.
Para
que el lector escriba su propio guiño,
de
lo que vio, imaginó o dijo el autor,
el
porqué de la ausencia del color y del adjetivo.
En
este mes de diciembre tan frío
no
quiero una tierra sin navidad
ni
un relato sin colores ni adjetivos.
Ojalá
que aquella estrella de Belén
que
alumbró a pastores y magos
renazca
en estos días dando al más necesitado
ilusión,
comida y abrigo,
abrazos
y besos, regalos para los niños.
LA
SEGUNDA NAVIDAD ANTONIO
LLOP
Jun
y su esposa Mei-Lan se miraban con ojos teñidos de preocupación. Él desviaba la
vista alternativamente a su hijo Hao y al abdomen de su esposa abultado de
forma decidida.
—Es
una locura, dijo la mujer. Son dos días de viaje en autobús. Y no es solo por
mi estado. Hao tiene solo cuatro años.
—No
tenemos otra opción.
—Y
¿quién nos garantiza que en Lhasa no nos ocurra lo mismo?
—Me
he informado de que en el Tíbet tienen autonomía plena en temas de salud y
planificación familiar.
Mei-Lan
reflexionó. Significaba un cambio brusco en sus condiciones de vida: un entorno
desconocido y nuevos vecinos. Ahora que había conseguido encontrar trabajo en
uno de los hospitales de Sichuan donde vivían. Sin embargo, su esposo tenía
razón. El delegado local del Partico Comunista ya se había fijado en ella.
Cuando su naturaleza se mostró de forma exultante nada disimulaban ya las fajas
y los vestidos talares. Y no estaba dispuesta a que la retiraran su bebé para
darlo en adopción o algo peor. Había oído casos incluso de infanticidios por
esa política estricta de hijo único que aún permanecía en China en ese año
2014.
De
forma sigilosa prepararon el viaje. Aprovecharon la ausencia del delegado, que
asistía a un congreso del Partido en una provincia limítrofe, para sacar los
billetes de autobús. Al llegar a la frontera les pidieron la documentación.
Argumentaron que visitaban el país vecino como turistas. Respiraron aliviados
cuando superaron todos los trámites administrativos.
Pernoctando
ya en territorio tibetano Jun observó a dos hombres chinos que preguntaban en
recepción. El empleado negaba con la cabeza ante su insistencia. Cuando volvió
a la habitación llamaron al interfono:
—Soy
el recepcionista. Dos miembros del Partido Comunista Chino han preguntado por
ustedes. Les he negado la información hasta que no me presenten una orden
escrita. Les ayudo porque soy miembro de la resistencia independentista del
Tibet. Váyanse inmediatamente porque volverán a insistir.
Abandonaron
precipitadamente la habitación y salieron a la noche. Con sus linternas
alumbraron un territorio agreste con un frío intenso. A lo lejos divisaron una
luz. Era la casa de unos campesinos que al ver a la familia en esas precarias
condiciones les acogieron con hospitalidad. A la mañana siguiente se enteraron
de la persecución que sufrían y se fijaron en el estado avanzado de gestación
de la mujer. Les indicaron un camino por el que llegarían a una población más
importante donde tendrían ocasión de visitar a un médico. Era una explanada a
gran altitud encajada entre montañas. La senda estaba marcada por mojones cada
dos quilómetros. Les proporcionaron comida y elementos de abrigo. Y un yak que
ellos habían domesticado y usaban para cargar aperos de labranza.
—Cuando
lleguen al pueblo, suéltenlo. Él regresa solo.
La
mujer subió de lado, como las amazonas, a la manta ajustada al lomo del animal.
Delante de ella colocó a horcajadas a su hijo Hao y lo sujetó. Su esposo a pie
con las riendas del yak en la mano abría el camino. Los cuernos de este subían
y bajaban ante los ojos del niño que, inconsciente de los peligros, disfrutaba
de la aventura. Pronto empezó a nevar de forma intensa. Una ventisca se desató
amenazando con descabalgarlos. Mei-Lan comenzó a sentir presión en la parte
baja de su abdomen y las contracciones inconfundibles. Llamó la atención de
Jun, su esposo, que en ese momento buscaba el rastro de la senda. La nieve
había cubierto las piedras de las señales y era muy difícil orientarse. Ya
estaba anocheciendo cuando decidieron buscar un refugio en la montaña más
cercana. Encontraron lo que parecía una gruta que consideraron suficientemente
resguardada de los elementos meteorológicos. Allí con las mantas proporcionadas
por los campesinos Jun improvisó una cama para su mujer. Esta, médico de
profesión, le indicó los pasos para sacar al bebé de ambos.
—Lávate
las manos y cuando veas la cabeza del niño boca abajo tira de ella con cuidado
girándolo hacia su espalda. Luego quema el filo de la navaja y corta el cordón
umbilical.
La
mujer empujó hacia afuera entre grandes dolores ante la mirada entre curiosa y
angustiada de su hijo Hao. Por fin salió el bebé. Cuando terminó de expulsar la
placenta pidió al hombre que se lo enseñara. Comprobó que nada había quedado
dentro. Luego abrazó al neonato. Era una preciosa niña.
El
yak parecía ofrecer su lana y su aliento para calentar al recién nacido. Sus
padres, por curiosidad, miraron sus móviles en busca de las efemérides de ese
día tan importante para ellos. Había
algo de cobertura lo que les indicaba que no se encontraban lejos de un sitio
poblado. Descubrieron que además del año del Caballo de Madera en su horóscopo,
asociado a la aventura, era la noche en que los cristianos celebran el
nacimiento de su Mesías. Entonces decidieron que llamarían Pingué a su hija,
que significa paz. Quién sabe si algún día no sería una embajadora de esa paz y
armonía que ellos deseaban también para su país natal.
DEUDA SALDADA ARACELI
DEL PICO
Cuando sus padres le echaron de casa, por
ser un zángano incorregible, a Cándido se le cayó el alma a los pies, jamás
pensó que sus progenitores iban a ser tan radicales. Pero lo fueron.
Siempre fue un mal estudiante, incapaz de
aprobar más de cuatro asignaturas. Gimnasia, religión, geografía y algo de
matemáticas, éstas no se le daban mal del todo. A los diez y ocho años, con la
mayoría de edad a sus espaldas, su padre decidió, con mucho miedo, pedir un
favor a Ramiro, amigo desde la infancia. Tal favor consistía en que permitiera
entrar en su taller de mecánica a Cándido para intentar que aprendiera algo y
crearle alguna responsabilidad.
Ramiro, ni lo dudó un momento. Le dijo que a
primeros de mes se podía incorporar a los Talleres de Humanes.
Cuando Cándido oyó la “magnífica oferta”,
lo primero que preguntó fue:
-
¿Y
cómo voy a llegar allí?
-
Sencillo.
Coges el tren en la estación de Atocha. Y me ha dicho Ramiro, que una vez en
Humanes en diez minutos andando, estás en el taller.
-
¿A
qué hora tendría que entrar?
-
Tendrías
no, TIENES que estar a las ocho.
Así acabó la conversación. La comida
transcurrió en absoluto silencio. La mirada de su madre, se cruzaba con la de
su padre en un gesto de duda y casi de terror, cuando veía en los ojos de su
marido una decisión irrevocable. Conocía bien a su hijo. Esto no acabaría bien.
Y no acabó bien. Cándido apareció
cariacontecido en su casa a los quince días, diciendo que el amigo de su padre
le había despedido y… sin saber porque…
Así que no creas que es tan amigo tuyo
Justo, cogió el teléfono de inmediato y
pidió explicaciones. Y las recibió. Mientras el tono de su cara pasaba por
todos los colores del arco iris y sus ojos trataban de esconder las lágrimas
que la conversación le producía. Colgó, con un:
-
Lo
siento en el alma. Y, de cualquier modo, gracias por todo. Pasaré a verte
-
Si,
si que es necesario. Faltaría más.
Se dejó caer en el sofá. Respiró. Y mirando
a su hijo con una tranquilidad que no sentía, le dijo que recogiera sus cosas y
que al día siguiente abandonara la casa. No hubo más explicaciones. Cándido no
tuvo valor de pedirlas. El gesto de la cara de su padre era tan elocuente, que
prefirió guardar silencio. Tampoco podía añadir gran cosa en su defensa.
Anduvo perdido de un lado para otro un par
de meses. Su padre le había dado dinero, una cantidad generosa hasta que
lograra encontrar algún trabajo, el que fuera, que le permitiera valerse por sí
mismo. Con la advertencia, de que no se le ocurriera llamarles para pedir
ayuda. ¡NUNCA! Pero todo tiene un fin. Y
cuando bien poco faltaba, para no tener un centavo, recaló en un pueblo perdido
de Extremadura. Villanueva de la Luz.
Pocos habitantes, apenas cincuenta. La
mayoría entrados en años, curtidos por los fríos serranos, mostraban en sus
caras las venerables rayas de la vida. Arrugas profundas, bocas perfiladas,
habían perdido el grueso de sus labios. El blanco de las cumbres, armonizaba
con sus cabellos. Y la mayoría se apoyaba en artesanas cachabas, que el
carpintero del pueblo, ya fallecido, los había preparado. Dos parejas jóvenes,
con dos hijos cada una. Y María, la nieta de Casilda, siete años, que vivía con
su abuela, porque los padres habían tenido que ir a trabajar al extranjero. El
pueblo no tenía recursos.
Lo que un día fue un castillo, sobre el cono
perfecto de un otero, tan solo mantenía un lado de su torre del homenaje. La
iglesia, erosionada por el tiempo, apenas dejaba ver su esplendor románico.
Y Cándido harto y confundido por deambular de
un lugar a otro sin saber que hacer, se instaló en Villanueva de la Luz. Un tarambana, pero en aquel lugar mísero
encontró el sentido de su vida. Hablaba con todos. Se preocupaba por sus
problemas. Y ayudaba en la medida de sus posibilidades a todo aquel que se lo
pidiera.
Enseguida supo que los cinco niños tenían
que ir a otro pueblo a recibir las clases elementales. Las inclemencias del
tiempo hacían de su ida y vuelta una tortura. No dudó en ofrecerse. Las
familias aceptaron y desde entonces, él, ejercía de profesor para los chavales.
Rodeado de cariño y agradecimiento, se hizo
imprescindible para la gente de Villanueva. No admitía que le dieran dinero
alguno por la ayuda que les brindaba. A cambio, ricos guisos, dulces y las más
bellas sonrisas, salían de esas bocas desdentadas.
Antes de dormir aquella noche reflexionó
sobre el cambio que se había producido en su vida. Y sintió que nunca había
sido más feliz. Así que después de madrugar y tomarse un café malísimo, que, a
él, le sabía a gloria, propuso a los vecinos presentes montar un nacimiento. Se
echaron las manos a la cabeza. ¡Ay hijo ¡Este es un pueblo sin Navidad! ¿No ves
que no tenemos recursos, pa esas cosas?
Pero el nacimiento salió a la luz, gracias a
su ingenio. Fabricó unas figuras de paja, las vistió con unos trapos que
encontró y pidió ayuda a las abuelas para que le ayudaran en los remates. Nunca
las estrellas habían brillado tanto, como en esa noche.
Volvía feliz y achispado a su chabola y al
abrir la puerta, vio un sobre en el suelo. Lo abrió con dedos nerviosos. En su
interior había dinero y bastante. Y una nota. Era de toda la comunidad. Se
acostó con el dinero sobre su pecho.
Al día siguiente, cogió el autobús que le
acercaba a Madrid. Fue a la estación de Atocha, tomó el cercanías hasta
Humanes. En el taller preguntó por D. Ramiro. No estaba.
-
Soy
Cándido Alcaraz. Podrían entregarle este sobre por mí, por favor.
-
Naturalmente.
-
¿Y
usted es?
-
Isabel,
su hija.
-
Feliz
Navidad señorita.
-
Igualmente,
Cándido.
NOCHE BUENA SANTIAGO
J. MARTÍN
Esta historia, como tantas, está basada en hechos reales.
Todos los personajes son ficticios y cualquier parecido con la realidad,
evidentemente, no es mera coincidencia.
A 8 HORAS DE QUE SUCEDIERA
Feliz, lo que se dice feliz, tampoco. Se había levantado,
aparentemente como otros días, pero estaba seguro de que ese 24 de diciembre no
iba a ser un día cualquiera.
No sabía muy bien qué hacer con casi toda la jornada por
delante. Sí, eran nervios lo que sentía. ¿Qué si no?
A 6 HORAS DE QUE SUCEDIERA
Raúl no podía quedarse allí, en casa, contemplando el
reloj, mirando el móvil, esperando alguna llamada que seguro que lo
importunarían más que otra cosa.
En la calle pudo comprobar el ajetreo habitual en una
fecha como aquella. Las imposturas de algunos se mezclaban con el trasiego de
otros y el colorido excesivo de la ciudad.
A 4 HORAS DE QUE SUCEDIERA
En el Bar de Ramón vio a Eloísa. Fue compañera de Mónica,
su mujer, durante muchos años. Trabajaron juntas en el mismo colegio desde que
terminaron Magisterio.
-
¿Qué tal todo, Raúl?
-
Buf. Ya ves. Tragando saliva.
-
Pero hombre, ¿no hubiera sido mejor
programarlo para otro día?
-
¿Lo dices por la fecha? Eso no tiene ninguna
importancia.
-
Moni y tú no sois creyentes, ¿verdad?
-
No, pero da igual. Han sido unos meses como
para hacerse ateo, si no lo éramos.
-
¿Quieres que te acompañe?
-
No, por favor. Ya te llamo yo un día de
estos.
A 2 HORAS DE QUE SUCEDIERA
Mónica tenía una casita al lado de la playa, en Almería,
a la que acostumbraban a ir en estas fechas.
Allí paseaban lejos del bullicio, ajenos a fiestas y
compromisos. Se podría decir, ahora sí, que entonces eran felices, muy felices.
La casa ahora estaba cerrada, vacía, llena de polvo con
tanto tiempo sin habitar. Qué lástima no poder elegir el escenario para las
cosas importantes.
A UNOS MINUTOS DE QUE SUCEDIERA
No iba a llegar tarde, a pesar de que si así fuera, le
esperarían. Nada empezaría sin él presente. Ahora era tan notoria su figura
como poco necesaria para Mónica. Lo que quedaba de ella.
SUCEDIÓ
La Ley orgánica 3/2021, de 24 de marzo, de regulación de
la eutanasia (LORE) entró en vigor el 25 de junio de 2021. Esta Ley dio una
respuesta jurídica, sistemática, equilibrada y garantista a una demanda
sostenida de la sociedad actual introduciendo un nuevo derecho individual en
nuestro país.