EL PREMIO QUEDÓ DESIERTO MANUEL
GIL
Jaime se sentó en un rincón sombrío de la biblioteca, donde
la luz era tenue, como si buscara refugio de la realidad que le rodeaba. Frente
a él, un
portátil sustituía la hoja en blanco, el lienzo virgen esperando ser manchado
con la tinta de su alma.
La noticia de la fiesta
había llegado a sus oídos como música
celestial, acudiría Elsa, la musa que
habitaba sus pensamientos. Esa fiesta tenía fama de emparejar cuerpos y almas,
más los primeros que las segundas, porque en el transcurso de la misma, muchos
chicos y chicas habían perdido virginidades y estrenado amores, aunque fueran
tan fugaces como la fiesta misma. Sabía que
ella era una romántica que leía a Jane Austen y que amaba la poesía, él
también compartía eso, y por ello la mayoría lo consideraba un rarito, pero no
se arredraba, desde que coincidieron en la facultad siempre había sido amable
con él, pero nunca logró sentirse próximo a ella. Había decidido escribirle un
poema que como las trompetas de Jericó derrumbara sus muros.
Mientras los pensamientos
se agolpaban en su mente, la sombra de su rival apareció: Raúl, el capitán del equipo de waterpolo, un tío de músculos esculpidos que
desbordaba confianza. Un ligón nato, siempre rodeado de admiradoras. Sabía que
él también andaba tras la diosa que había encendido su deseo.
Jaime sintió que la arena del tiempo se deslizaba entre sus dedos; debían florecer las palabras, y rápido.
Así, el desierto de su
inspiración se extendió ante él, vasto y árido. Se imaginó recorriendo sus dunas, cada grano de arena un verso perdido que
anhelaba ser hallado. Las palabras danzaban en su cabeza como espejismos en el
horizonte, prometiendo y negando al mismo tiempo. Pero para germinar, la poesía requería el maná de la belleza, aquella esencia efímera capaz de abrir las fauces de la reseca tierra y
hacer brotar de sus entrañas imposibles pétalos de ilusión.
Mientras escribía, el calor ardiente del deseo lo consumía. Sus palabras fluían repletas de metáforas que evocaban
paisajes de sueños marchitos, pero también de promesas aún por cumplir. Una sinfonía de anhelos desplegando sus suaves notas al son del teclado y
que lo guiaba a través de un mundo inhóspito, donde cada línea arrastraba la esperanza de alcanzar el oasis de
Elsa.
Finalmente, el poema
estuvo listo, un destello de su alma que ofrecía vulnerabilidad.
El día de la fiesta con el
corazón como un tambor se acercó a ella y con una sonrisa tímida se lo entregó.
Su hermoso rostro se mantuvo impasible, él la observó mientras parecía leer,
levantó la vista y la indiferencia de su mirada fue un golpe helado; el eco de
sus versos se desvaneció en el aire como un susurro ahogado.
La fiesta continuó como
era previsible entre universitarios: música, risas, copas, besos, roces en
algunos con más suerte. Vio como Raúl también había hecho sus intentos sin
demasiado éxito. Elsa no se separó de otra hermosa muchacha con la que no
paraba de bailar alocadamente. Incluso pudo ver como ambas se reían cuando los
miraban a ellos. La sombra de la
desilusión le atravesó como un rayo, revelando la cruda realidad, aunque
le consoló pensar en el otro candidato. Esa noche al menos el premio había quedado
desierto.
EL PREMIO MARÍA
ISABEL RUANO
Fue el desierto con su arena y con su luz.
Con los hombres y sus dromedarios esperando
vestidos de polvo y azul.
El calor sofocado por las nubes
el color de la arena ocre y amarilla, muy fina.
El vértigo de la subida
la obediencia noble de los animales
sacrificando su altura ante nosotros,
soportando el peso de cuerpos asustados
balanceándose con recelo.
El premio no fue la anhelada puesta de sol
desde la loma del desierto.
El premio fue la magia del desierto
salpicado de lluvia y cambiando de color.
La risa y el miedo, el olor desconocido,
las deslumbrantes imágenes,
el viento y la humedad.
La tangible sensación de que todo era real
que no se volvería a repetir,
que para ellos cada día sería rutina
con nuevas, nuevos turistas.
Que para mí fue una experiencia única,
un regalo de arena, lluvia y luz.
DESILUSIÓN JUANA
DOMÍNGUEZ
No he tenido
suerte nunca. De niña, cuando en el cole sorteaban un premio, siempre salía
cualquier número que yo no hubiera elegido, cualquiera menos el que yo llevaba.
Mi desilusión era grande. El regalo no era ni valioso ni necesario, cualquier
fruslería para incentivar al agraciado y desilusionar al resto.
Hoy, como
entonces, estoy muy desilusionada, el premio que debería haber ganado con
esfuerzo y muchas horas de dedicación, se ha quedado desierto.
En pocos
meses tendré que sentarme en el banquillo de los acusados, me citaron como
testigo, y no sé cómo ni por qué el juez me ha declarado imputada.
Mi abogado me
aconseja declararme culpable ¡Culpable! ¿Culpable de qué?
Yo estaba en
el banco para consultar sobre un crédito, quería dedicarme a tiempo completo al
estudio de la oposición a registradores de la propiedad, con la mala fortuna de
que una banda organizada entrara en aquella sucursal a llevarse toda la
recaudación: ¡ocho millones de euros! No me explico cómo podía haber tanto
dinero en una sucursal del extrarradio. El banco debe estar inflando la cifra,
algo oscuro deben estar fraguando.
Y yo en
medio, el director me acusa de dirigir la banda criminal. Escaparon con el
dinero, y se han esfumado en el aire, no se sabe de ellos y menos del dinero. Soy
la única detenida. Ninguno me podrá ayudar a contradecir al director.
Llevaba diez
minutos en el despacho hablando con él, contándole mis proyectos y
consultándole que tipo de garantía tendría que aportar para que me dieran el
crédito, cuando los atracadores abrieron la puerta del despacho y me dieron un
golpe en la cabeza. Debí perder el conocimiento, lo siguiente que recuerdo es a
la policía preguntándome si estaba bien.
En fin,
siempre que llueve escampa. Cuando consiga defenderme de las acusaciones,
volveré a emprender mis estudios. No es cosa de resignarse, tendré que buscar
otro abogado y testigos que me ayuden a aclarar que yo no tengo nada que ver
con los atracadores. No podrán hacerme cambiar de criterio, defender mi verdad
está por encima de cualquier interés o planteamiento que me propongan para
disuadirme.
Y nunca más
pediré crédito a ningún banco.
EVA ARACELI
DEL PICO
Se lo contaba absolutamente todo. Tenía fe
ciega en ella. Y nos conocíamos desde la niñez. Siempre fue mi paño de lágrimas
y el abrazo a compartir, cuando algo salía redondo. Y estaba convencido de que,
si algo salía así, es porque ella estaba cerca.
Desde niño y creo que, sin pretenderlo, ella
alimentó mi lívido. Y en cuanto la pubertad me cambió, y el bello empezó a
cubrir determinadas partes de mi cuerpo y la pelusilla me hacía cosquillas en
la cara, iba perdiendo parte de la timidez que siempre me había atenazado. Y si, di el consabido estirón, convirtiéndome
en el chico más alto de mi clase, además de fluctuaciones emocionales que no
podía disimular.
Mis padres presumían de chaval y los amigos cercanos
con más o menos fortuna, siempre me dedicaban alguna lisonja. Y si, cierta
timidez había desaparecido, pero el rubor acudía a mis mejillas cuando tales
lisonjas eran acumulativas. Si ella estaba presente se reía.
Tampoco era mal estudiante. Y cuando tuve que
pensar en mi futuro, lo tuve claro, el campo de las letras sería el elegido.
Lógicamente también ella iba cambiando. De
niña delicada, dulce y con gracia. De adolescente mantenía la gracia y
aumentaba en belleza. Empezó a desarrollar unas curvas envidiables y un dominio
sobre la mayoría, que ya hubiera querido Cleopatra, en algunos momentos.
Y un buen día que su coqueteo fue un poco más
allá de nuestros juegos de manos, nos hicimos amantes. Alcancé el cielo
atravesando todos los planetas, y esquivando estrellas. Y me propuse estudiar a
fondo, para ofrecerle el mejor de los futuros, y cuanto antes.
Tenía facilidad para los idiomas y me pareció
que profundizar en aquellos que no eran los más habituales, me proporcionaría
un plus en mi carrera. No quería lenguas muertas. No, ¿para qué? Pero si
lenguas minoritarias que me hicieran necesario como traductor. Comencé a viajar
sin descanso. Recalé en Armenia. Tenía simpatía por un pueblo que había sido
masacrado por diversos países y durante muchos años.
Su alfabeto había sido creado por un monje
Mesrop Mashtots, en el año 405, era una fusión de cifras y letras que acaparó
mi atención. Y volví a España deseando plasmar en un libro aquello que había
calado muy dentro de mí.
Mientras regalaba y recibía caricias perdido
entre los pliegues de aquellas suaves sábanas, le expuse a ella la intención de
presentar mi obra a un concurso literario de ámbito internacional. Cogió mi
cara con sus manos, acercó sus labios a mi oído, y dijo: no dejes de hacerlo y
cuanto antes.
La obra estaba terminada, repasada y ajustada
por mi editorial y lista para presentar a concurso al día siguiente. No me
separaba de ella. Reposaba en la mesilla de noche, junto a mí. Y mi obra y yo
junto a ella.
Amanecía, cuando un rayo de sol irrumpió a
través del ligero visillo, extendí mis brazos para estrecharla una vez más. No
estaba. Giré la cabeza. El libro tampoco.
O FILLO
DA NAVALLA* SANTIAGO
J. MARTÍN
Desgraciadamente tuvieron que amputarle la pierna derecha al
Suso. No pudieron los médicos hacer nada por salvársela. El rapaz está abatido,
y eso que aún no entiende ni una cuarta parte de todo lo que aconteció.
Todo empezó cuando el neno se levantó el jueves con
la fijación de marchar a Vigo a ver a su padre. Solo no iría, claro. Un niño
con 8 años no se puede mover por su cuenta de un lugar para otro, y eso que es
bastante autónomo.
Vaya que lo es, si no, jamás hubiera podido encargar un
machete de caza boker con la inscripción Al mejor papá del mundo. Le
encantaría. Es lo bueno y lo malo de tener un primo mayor indecente viviendo
cerca de ti, te consigue cualquier cosiña.
Se sentía extraño, con pena, de pasar aquel día del padre
lejos de él, además también era su santo. Tampoco fue fácil convencer a Martiña
para acercarle a la ciudad. Pobre Martiña, también.
No entendía el rapaz que sus padres no estuvieran juntos y
cualquier oportunidad de verlos uno junto al otro, a él, le parecía un premio
para sus ojos.
Aquella mañana, Xosé, había bebido lo normal en una víspera
de festivo, es decir, mucho, muchísimo.
Llegaron a la casa a eso de las 11 de la mañana. Martiña no
quería subir, no necesitaba más berrinches violentos. Estaba cansada de tanto
insulto que caía sobre su cara como un orballo insistente cada vez que se
veían.
-
Mira, Suso, sube tú solito hoy que la mami se va
a comprar unas cosas a la farmacia, para la avoa, que está malita.
-
¿Qué le pasó a la abuela?
-
Nada, una gripiña de nada, pero necesita unas
pastillas. Luego te recojo.
Pero el Xosé no contestaba al portero automático y, ante la
insistencia del neno, que era muy teimudo, tuvo que subir con él
aprovechado que un vecino salía del portal con su perro.
Tardó en abrir el padre y apenas podía despegar los ojos de
la resaca. Les invitó a pasar y el crío tiró de la madre hacia dentro de aquel
cuchitril que parecía una porqueira. Martiña pasó y no debía haberlo
hecho.
Luego todo fue muy rápido. El rapaz que sacó de su bolsillo
el paquetiño con la navaja dedicada. El padre que lo abre. Martiña que no
comprende cómo pudo conseguir aquello su hijo.
-
Suso, y ¿tú cómo has podido hacerte con eso?
-
Deja al neno. No ves que él sí me quiere,
estúpida.
A ese insulto le siguieron muchos más, y zarandeos y golpes,
con Suso paralizado en medio de la estancia inmunda.
Luego, como ya dije, todo fue muy rápido. La primera
cuchillada le llego a Martiña en el cuello. La hoja se hundió hasta la palabra mejor.
Le siguieron muchas más por todo el cuerpo hasta que el neno
reaccionó y se puso delante. Una de esas puñaladas se hundió hasta papá por
debajo de su ingle. Cuando el Xosé se dio cuenta de que había herido a su hijo,
el niño ya parecía muerto en el suelo, desangrándose. La madre no lo parecía,
lo estaba.
Entonces hizo lo que estos cabrones acostumbran, clavarse la
navaja en la yugular, lo suficiente para acabar con su vida, hasta mundo.
Y el mundo de Suso se tiñó definitivamente de un nuevo color
y cambió por completo.
*EL HIJO DE LA NAVAJA
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)

.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)

