MUJER PERPLEJA SOBRE FONDO RALLADO SANTIAGO J. MARTÍN
Nunca se habían visto antes hasta aquel 23 de mayo a las
16:48. Y en la espesura de la ciudad, a veces tan oscura, sus caminos, casi
siempre paralelos, pudieron haberse cruzado en más de una ocasión.
Nada tenía que ver Eloísa, la mujer empoderada, emprendedora
y sofisticada, con Alejandra, madre entregada a la vida de sus 4 hijos, a las
escaleras que fregaba todas las mañanas y a observar impotente cómo las arrugas
iban poniendo banderas de victoria en su piel.
Eloísa nació 5 años antes que Alejandra, pero en la misma
maternidad de la calle O’Donell. Puede que compartieran sábanas y manos de
matrona, pero, evidentemente, no se llegaron a ver.
Alejandra rara vez pisaba las zonas nobles de Madrid, si no
era para limpiar una oficina o llevar al pequeño, en su día, a un ortopeda que,
a duras penas, consiguió que Pedrito cojeara cada vez menos, por culpa de esa deformidad que le venía de
nacimiento.
Lo que es la vida, ambas habían esbozado una sonrisa
parecida cuando estuvieron por primera vez en el Museo del Prado. Una, Eloísa,
anticipando lo que serían muchas visitas a las salas de Velázquez y Tintoreto,
sus pintores preferidos. La otra, Alejandra, sorprendida de la magnitud del
arte comparada con la insignificancia de su vida, haciendo requiebros a la
pobreza en aquel Manoteras de los años 80.
La mujer rica, me permito llamarla así para no repetir tanto
su nombre, comenzó a trabajar en diversos negocios paternos y llegó a ser la
CEO, como se dice ahora, de la división química del negocio.
¿Y quién piensan ustedes que limpiaba todos los días su
despacho, además de otras dependencias? Pues no, no era Alejandra, a la que
tendré que llamar la mujer pobre. No me quedaba otra solución.
No era ella la limpiadora, pero sí otra mujer de la misma
empresa. Como ven caminos paralelos, muy levemente y que no se llegaron a
cruzar hasta ese 23 de mayo a primera hora de la tarde.
Ese día Alejandra, la pobre (en sentido doble) tuvo la desdicha
de sustituir a la limpiadora de las oficinas de la Calle Miguel Ángel, donde la
rica Eloísa, dirigía con mano firme una compañía que solo había hecho que mejorar
los balances desde que ella se hizo cargo.
Si algo bueno tenía LIMPIABIEN SL era que no esquilmaba en
recursos para sus empleados. Disponían de todo tipo de utensilios de limpieza,
modernos, robotizados incluso, y hasta se desplazaban en vehículo de empresa,
si tenían permiso de conducir.
Salía del restaurante la rica, la afortunada, la bien
nacida, cuando una furgoneta de marca francesa, conducida por una mujer
cansada, agobiada, malherida por una vida sin descanso, se la llevó por delante
saltándose el paso de peatones.
Alejandra quedó paralizada, absorta en su error fatal,
aterrorizada por las consecuencias de su agotamiento por dentro y por fuera.
Mientras, Eloísa, esbozaba una especie de sonrisa, la última, todavía con el
móvil en su mano y un mensaje donde una
amiga le auguraba una feliz y merecida jubilación.
LA PASAJERA DEL ASIENTO DE LA LADO MANUEL GIL
¡Deben ser ellos! ¡Oh, Dios, qué puedo hacer! Si tiro el móvil ahora me verán y podría intentar explicarme, pero ¿me creerán? Detrás hay otros dos que creo que me siguen. ¿Cómo he podido meterme en este embrollo?
Esos turbulentos pensamientos agitaban la mente de Patricia, para la que el viaje que tantas veces había hecho, Madrid–Sevilla en el Ave, se había convertido en una terrorífica aventura. Cuando ocupó su asiento de clase preferente, no había mucha gente; si estaba ocupado el de al lado, una mujer de una edad parecida a la suya, elegante y guapa, y, ¡oh casualidad!, vestía la blusa de Hermes, la misma que llevaba ella y que le había traído su marido de París hace unos días. La blusa tenía bellos motivos de cabezas de caballo y no era fácil pasar desapercibida con ella. Miró a la pasajera de al lado y esbozó una sonrisa de resignada disculpa, que la otra respondió de manera parecida.
No pudo disimular su curiosidad por la pasajera de al lado, que parecía nerviosa y preocupada. Miraba el móvil, escribía y se tocaba el cabello de forma compulsiva; algo la agitaba, algo que no hacía más que alimentar la curiosidad de Patricia. Sonó el móvil de ella y, con un gesto de disculpa, se apartó un poco hacia el pasillo para contestar: “Sí, claro que llegaré a tiempo, y sí, por supuesto que lo llevo; lo que hemos pactado está asegurado. No me gusta ese tono de amenaza. Saldré de Barcelona y llegaré a París a la hora prevista; ya os pasé el billete por WhatsApp para que vierais el horario”.
Patricia quedó impactada por la conversación. Este tren va a Sevilla, no a París; algo hay de extraño en la de al lado. Por supuesto no osaría preguntarle, pero la vio sentarse nerviosa, remover cosas en un bolso, y le preocupó sobremanera que uno de los objetos que portaba fuera una pistola. Su imaginación se desbordó. ¿Qué historia se estaba desarrollando a su lado, allí mismo, algo que tenía que ver con esa mujer y a quién había mentido por teléfono? ¿Qué esperarían ellos de ella?
Absorta en sus pensamientos, no podía concentrarse en el libro que intentaba leer. Acabó quedándose traspuesta cuando ya no faltaba mucho para llegar a destino. Al abrir los ojos, se dio cuenta de que la de al lado ya no estaba. ¿Habrá ido a tomar algo? Supuso, pero se dio cuenta de que el bolso que había depositado en la rejilla superior ya no estaba. Vaya, solo puede haberse bajado en Córdoba; es la única parada que ha hecho este tren, pensó. En fin, qué mujer más rara, qué se traería entre manos. Entonces reparó en que el móvil de su vecina pasajera estaba en el asiento.
No pudo dominar su curiosidad y lo encendió. Le costó probar con las líneas de desbloqueo, pero una L al revés le dio paso a las pantallas. Estaban anunciando la llegada a Sevilla y el tren aminoraba la marcha.
Recogió el poco equipaje que llevaba; nadie la esperaba en la estación, cogería un taxi hasta su hotel.
Ya fuera del tren, abrió el WhatsApp de la misteriosa pasajera y leyó un mensaje que le heló la sangre: “Bájate donde puedas, huye. Han logrado rastrear tu ubicación a través del móvil y saben que vas en ese tren. Si no hay ninguna parada, activa la emergencia para pararlo y sal de ahí como sea. Te estarán esperando y eso sería fatal para ti. Saben incluso cómo vas vestida, aunque no te conozcan.” Vio, a no mucha distancia, que dos tipos la seguían. En medio de su turbación, una frase que le decía su madre acudió a su cabeza: “La curiosidad excesiva puede ser peligrosa.”
El VECINO DE AL LADO MARÍA ISABEL RUANO
Enciende la luz cada mañana
y pasea a su perro amigo.
Regresa contento a casa.
No deja de ser para mí,
un desconocido.
Abre las ventanas de la dicha,
su casa desprende un aroma peculiar.
Desaparece entre misterios y pasillos.
Su presencia me llena de gozo.
Ignora que le observo cada día
con la luz apagada, detrás del visillo,
componiendo con la imaginación
historias con sabor a beso,
caminos largos, pasillos cortos
que se encuentran en un abrazo
a la entrada de su casa,
en el medio del pasillo,
en cualquier rellano de la mente,
del portal o del edificio.
No deja de ser para mí,
un desafío.
AL LADO. CARLOS BORT
Me tiene el último tema
anonadado.
Es algo que a veces quema
lo que hay al lado.
Pensándolo esta mañana
me quedo en casa,
mirando por la ventana.
A ver qué pasa.
Tiene Nina mi vecina
un no sé qué,
que mi sangre contamina
de yo que sé.
La de enfrente no es tan fina,
pero algo hay.
Y es que, cuando ella camina,
caray, caray.
Me viene en mente la bella
del 33.
¿Cómo se llamaba aquella?
¿María José?
Por no hablar de la del patio
que cuando tiende,
genera en mí kilovatios
de los que encienden.
Ya me lo dice Don Mario
el del tercero.
Es breve su comentario,
mas muy certero:
Si hay en este vecindario
tantas mujeres
que te hacen pasar calvarios,
¿pa qué las quieres?
EL RAIDO SOFÁ. ARACELI DEL PICO
Estaba repasando el periódico. No el de hoy. El de hacia algunos años, cuando el ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero, anunciaba la creación de la UME. Y las consecuentes y demoledoras críticas que recibió.
Jacobo Izquierdo Mañas, era un hombre de 78 años, alto y aún bien parecido. Con peculiaridades que le hacían muy especial. Entre sus amigos le criticaban con frecuencia, su “manía” de tomar apuntes de todo. De guardar cualquier recorte de periódico y de convertir su entorno en un pequeño rastro. Tenían claro que el síndrome de Diógenes, iba con él.
A tales prendas, también le añadían su falta de generosidad. Mentira. Solo era austero consigo mismo. Tenía desde hacía varios años, la misma casa, los mismos muebles y no era amigo de cambiar de ropa. Limpia y bastaba. Entre los muebles, en el pequeño salón un sofá de skai, desgastado y que en verano se convertía en casi una tortura. El aire acondicionado era algo que ni siquiera se había planteado. Un ventilador apañado y que llevaba de un lugar a otro de la casa, era suficiente.
Pero nadie comprendía la razón de que tuviera ese sofá marrón, feo y desgastado y que en los días de excesivo calor, como estaba siendo ese verano, le producía escozores en el culo.
Llamaron a la puerta. Fue a abrir. Un amigo de los de verdad venía a compartir un rato de charla. Sus casas situadas una al lado de la otra y de las mismas características en el exterior. Por dentro con notables diferencias. Si que eran amigos, pero con frecuencia la pacífica charla, se convertía en una gresca de elevado tono. Pero nunca llegaba la sangre al rio. Los ideales eran muy diferentes. Pero la amistad era sincera.
Jacobo Izquierdo, parecía haber nacido bajo el símbolo de su apellido. Sus raíces que veneraba, le habían conducido por esa senda y cuando ya mayor analizó a su familia, supo que él seguiría el mismo camino.
Mateo, hace un vino?
Hace, y con unas buenas aceitunas de Campo Real, que me consta que tienes.
Tengo. Y tengo un buen chorizo de León y una buena cecina. Amén de un pan para acompañar bien rico.
Sacó su mejor botella de Protos.
Joer Jacobo, que buenos vinos te gastas.
La verdad es que yo para mi solito, no abro estas botellas. Pero para un amigo que se deja caer de vez en cuando por mi casa, pues si la verdad.
Pues chico, yo no. Si la tengo la abro para mi y el que venga atrás …
Tú tampoco. No digo que no la abras para ti, pero yo siempre he tomado buenos vinos en tu casa. Tú serás un facha. Pero un facha desprendido.
Y como salió la palabra prohibida, pues la mecha se encendió y la conversación derivó por derroteros que caldearon el ambiente con más grados que los que había en el exterior. El fuego cruel había asolado poblaciones aledañas. Jacobo hacia ver a Mateo, que gracias a la creación de la UME, estos terribles incendios y a pesar de su virulencia al fin se controlaban.
Le mostró el periódico del año 2005 y que él se cuidó de guardar con celo, para hacerle ver que gracias al empeño del ex presidente Zapatero, esta Unidad prosperó y fue y estaba siendo útil en los múltiples desastres que asolaban el País. Aunque tal como se iban propagando era imposible controlarlo todo. La desidia de las diferentes comunidades autónomas. Algún rayo tormentoso. Y sobre todo la maldad sin límites de muchos, habían envuelto en llamas una tierra próspera y bendecida por la naturaleza.
Matías no reconocía aquello de la maldad de muchos. ¿Cómo iban a quemar adrede las tierras?
Sencillo. Para dejarlas inútiles para el cultivo y adquirirlas por un precio mínimo…
Enfrascados en defender cada uno de ellos su opuesta posición, oyeron tarde las voces que procedían de un megáfono pidiendo que desalojaran sus casas de inmediato.
Mateo, salió corriendo. Siguió las instrucciones de los miembros de la UME. Jacobo cerró su casa, observó el giro del viento y presumió que las llamas iban a ir hacia otro lado. Empapó una manta con agua y se cubrió con ella. Y tranquilamente se sentó en su raído sofá. Mientras murmuraba.
Espero haber acertado Estrella. Si no, pronto estaremos juntos. Aquí me quedo esperando en nuestro sofá, donde tanto nos hemos dado. Y donde por primera vez nuestros labios se rozaron, ¿te acuerdas?. Desde entonces solo hubo poesía en nuestro entorno, en nuestras vidas y en los rosales que sembraste al pié de la valla.
REMANSO DE PAZ. JUANA DOMÍNGUEZ
Un sendero tortuoso, empinado, llega hasta un rincón verde esmeralda, con pinceladas de morado, amarillo y blanco de las flores que lo cuajan. Me siento bajo los altos pinos, que pretenden tocar el cielo en busca de luz y sol, me parecen casi humanos.
Sus agujas cubren de marrón tostado el suelo, donde la vida bulle: hongos, musgo grueso y húmedo, trozos de ramas muertas y corteza desprendida pueblan el suelo. Hormigas incansables, afanosas, recogen cuanto encuentran, sin que las mariposas de mil colores que revolotean de flor en flor a la orilla del arroyo, que baja trasparente y limpio, las distraiga en su quehacer.
La pradera soleada y brillante deslumbra al atardecer, con los matices rojos y anaranjados del ocaso, cubriendo de oro las ramas de los robles. Un pájaro negro, con tintes azulados y verdosos, puebla de gritos el entorno, llamando urgentemente a sus congéneres, arrancando notas agudas al compás de su cantar: cuaaág , cuaaág.
Un ciervo se asoma al llano solitario, alzando la cabeza altanero, mira con ojos redondos, descarados, al aprendiz de cantor, invitándole a volar, a que le deje solazarse y relajarse ramoneando la fresca hierva. De repente salta y se aleja con un trotecillo de baile, a descubierto al humano que ha invadido su paz en el entorno tranquilo, que la naturaleza guarda y protege de los abusos de desalmados mortales, que contaminan y ajan todo lo que miran y tocan.
Le entiendo, se aleja corriendo porque mi presencia a su lado le provoca desconfianza.