BURBUJAS ARACELI
DEL PICO
-
Alicia, cuando acabes de comer, recoges la mesa.
Que cuidado que vas lenta hija.
-
Si mamá, no te preocupes.
-
Y ponte a estudiar, no te quedes enredando
experimentos. Que un día, vamos a salir por los aires.
-
Si mamá, no te preocupes.
-
Y limpia la caja de Cascaras (la gata siamesa). Hace tres días que no le
cambias la arena.
-
Si mamá, no te preocupes.
Andrea, después de oír a diario este latiguillo salía como alma que
lleva el diablo hacia su trabajo, sorteando los cuarenta grados que se
disfrutaban en Madrid, para llegar en punto, a su centro de dependienta del
Corte Inglés. Era rutinario y nada interesante y por el que tuvo que competir
con varias aspirantes, pero le permitía mantener a su hija y vivir “casi” bien.
Lo básico lo tenía. Y ella pensaba y no sin razón, que lo demás eran lujos
superfluos. Una casa sencilla. Una nevera llena de alimentos sanos . Y de vez
en cuando un vestido y zapatos nuevos, tanto para ella, como para su hija.
Siempre su hija, el motor de su vida.
En cuanto su madre desaparecía de escena, Alicia, recogía de mala
manera, e iba a por su arsenal de coca-colas, que tenía depositadas en el
trastero. Se subía unas cuantas y en el fregadero comenzaba sus experimentos.
¡Si señor!, yo seré la Madame Curie del siglo XXI. Sentía un agradable cosquilleo en el
estómago, cuando veía el pequeño geiser que se formaba cuando la coca y el
taponcito de sal se mezclaban y ascendían unos centímetros.
Ensayaba otras fórmulas que aplicaban en el laboratorio del colegio,
todas sencillas y sin peligro alguno, pero cada momento añadía un punto de
riesgo a sus experimentos. Y anotaba en una libreta, las novedades que
introducía en sus pequeños trabajos. Y si Cáscaras andaba por allí cerca, le
explicaba las razones de los cambios que había introducido. La gata levantaba
las orejas, abría los ojos claros, como si participara de su triunfo. Y en
señal de entendimiento y buena colaboración, le pasaba el mullido rabo por las
piernas.
Vacaciones, las mejores del mundo. Quince días sin madrugar y al pueblo
de los abuelos, los padres de su marido. Pedraza. Eso les permitía ver el
“concierto de las velas” los primeros fines de semana del mes de julio. Que
cuando lo disfrutó por primera vez, le pareció que era lo mejor que podía representarse,
bajo ese universo de rutilantes
estrellas.
Acababan las clases, junio tostaba sin piedad las blancas pieles, que se
exponían a la luz después de una irregular primavera, y cuando Andrea aquel día
salía de su trabajo, una sonrisa adornaba su cara, devolviéndole un punto de
juventud. Su inmediato superior, con quien adivinaba un tímido acercamiento, le
había anunciado, su próximo ascenso y consiguiente aumento de sueldo. Y
naturalmente podía coger las vacaciones a primeros de julio.
Se cambió el uniforme por el traje de calle y aceptó la sugerencia de
Juan de acompañarla hasta casa. Lo dudó un momento.
-
Andrea, es mi onomástica. Merezco el regalo de
su compañía, ¿no?
Una sonrisa, fue el sí, que Juan esperaba. Mejor paseando… Se cogieron
de la mano. Le comentó la idea que había tenido camino del trabajo, de ir como
cada año a Pedraza, la casa de sus suegros, que siempre fueron como sus padres.
Y el velo protector desde que murió su marido.
Faltaban unos metros, cuando Juan dijo:
-
Las hogueras de San Juan están por todas partes.
Andrea, ahogó un grito, le clavó las uñas en la mano, mientras entre
sollozos respondía:
-
No son las hogueras de San Juan, esa es mi casa.
AZUL CERÚLEO JUANA
DOMÍNGUEZ
Se casa mi hija, y tiene que ser ahora, en plena preparación
de vacaciones. Se casan un viernes y salgo hacia las Bermudas al día siguiente.
Los jóvenes son así, sabe de sobra mis planes de viajar y me dice muy tranquila
que le han ofrecido ese día por una anulación,
que si no lo acepta tiene que
esperar tres meses.
No hay quien los entienda, llevan viviendo juntos cinco
años, y de repente quieren casarse. Dentro de lo malo los hay peores, algunas
parejas van al juzgado un día con dos testigos, y quince días después le
cuentan a la familia que se han casado. No a cualquier familia, padres y hermanos, de tíos y primos pasan olímpicamente, no existen.
Pero mi hija no, ha decidido que se casa y ha organizado una
pequeña fiesta, los más allegados, tíos y abuelos. Menudo embolado, a ver como
se lo cuento a la Mari, mi prima casi mi hermana, nos va a poner en la picota.
Con el agravante de que tengo que ser testigo, madrina no.
En el juzgado no existe esta figura. Pero sí que tengo que vestirme de gala
para el convite. ¡De gala! En quince días, pues nada, me vestiré de gala.
No soy ninguna beldad, del montón como diría mi madre, de
pelo castaño con muchas canas, tantas que he decidido cambiar de color, mi
peluquera dice que para mi color de piel, me quedaría bien un rojo suave, el cereza
me dejaría pelirroja, pero muy difuminado. Como quiero cortarme el pelo
cortito, para ir a la playa y no tener que estar todos los días con el secador
en la mano, me ha convencido. He quedado con ella dos días antes de la boda,
aunque no acabo de verme pelirroja.
Aquí estoy, mirándome al espejo, el vestido largo, rosa
chicle ceñido, con escote cuadrado, no me queda mal. Aún conservo buena figura. Pero que hago con
el pelo, ya no tiene remedio, a no ser que me lo rape, y no es el momento…
Mi hija escogió un tocado negro para la cabeza, muy fino y
elegante. El negro no desentona con el
color de pelo que ha resultado del tinte cereza recomendado ¡un pañuelo atado
bajo el cuello, como el de las chulapas, estaría mejor!
¡No puedo ir a la fiesta con pañuelo! Aún llamaría más la
atención. Ganas me dan de decir que estoy enferma. Si ya lo dice el
refrán...experimentos en el pelo… solo con gaseosa.
Azul cerúleo me ha quedado ¡a ver dónde me escondo!
CON AGUJA SANTIAGO
J. MARTÍN
-
Y usted, ¿no
llegó a ver a ninguna persona entrando en el local?
-
Nada, lo siento.
-
Tranquilo, con
ese golpe que tiene en la cabeza, no me extraña…
-
La verdad es que
no me duele, pero…
-
Está seguro que
no quiere que le trasladen al hospital, los sanitarios insisten…
-
Que no, que no.
Es solo un chichón. Me encuentro bien. Y, mi amigo, ¿se pondrá bien?
-
Estamos esperando
al helicóptero para llevarlo al Hospital de Móstoles, no le puedo decir, de
verdad.
La
historia comenzó cinco meses atrás, justo cuando, recién jubilado, decidí mudarme
al pueblo de mis padres, buscando la calma, el sosiego, la paz de un lugar
apartado de la ciudad, pero a tan solo una hora y pico del encanto insobornable
de la envenenada urbe.
Un
hombre de acción, quizás esa debería ser la breve sentencia que me definiera.
En realidad, resulta algo presuntuoso retratarme como tal. He pasado los
últimos 35 años dejando mis conocimientos sobre el delito en una compañía de
seguros.
Pensé
que obtener mis estudios en
criminología, algo ya mayor, es cierto, podrían impulsarme a algún departamento
más lustroso de mi empresa, pero no fue así. Quizás debería haber continuado en
la policía municipal, pero aquel expediente
supuestamente por conducción con alta tasa de alcohol, no me ayudó.
Total, que he limpiado mis pecados en la sombra de la oficina, en lo oscuro de
la burocracia, a pesar de ser un hombre sobradamente preparado para la acción,
como dije al principio de este párrafo, o eso creía yo.
Prometo
que soy una persona tranquila, nada pendenciero, que sé escuchar y no suelo
interrumpir a todo aquel que expone su opinión en mi cara, aunque mi odio esté
a punto de desbordarse ante palabras absurdas e irritantes. Puedo aguantar,
bastante. Casi siempre.
En
ese pueblín de mis ancestros encontré motivos suficientes para quedarme a vivir de forma semipermanente. El principal
fue que nadie me recordaba. Apenas había aparecido por allí un par de veces en
los últimos 5 lustros. Todos pensaban que era un viejo raro que había alquilado
la casa de los Paquetes, que ese era el mote de mi familia desde no sé cuándo.
Mi
nueva vida social se resumía en un breve aperitivo en la taberna del pueblo, la
conocida como Casa Manolín, aunque el dueño se llamaba Paquito. Eso era menos
explicable aún que lo del apodo de mi familia.
Y
en esos momentos de vinito de garnacha y tapita de queso, empecé a descubrir a
los siete sabios del Valle del Tiétar.
La verdad es no eran más de tres, a lo sumo cuatro, pero se me hacían una
multitud ante su conocimiento desmesurado del tema que se hablara, por
complicado y enrevesado que fuera.
Normalmente,
el desencadenante de las conversaciones era aquel aparato de televisión que
parecía no tener descanso en el bar. Si allí hablaban de corrupción, el tema
era corrupción. Si sonaba que el Madrid había ganado o perdido, allí teníamos a
los mejores entrenadores de Europa, mínimo. Y así sucesivamente, pasando por
temas variopintos, científicos, serios o vulgares como el tiempo, la bolsa, las
fragatas antimisiles, la inmigración, los neutrinos o el nuevo papa.
Qué
suerte tener grandes especialistas de todos los temas, y todo sin salir de los
12 metros cuadrados de ese bareto con olor a rancio suave.
Yo,
al principio, lo acepté con cierta perplejidad. Llegué a pensar que ese
sanedrín era una suerte de súper especialistas que habían terminado sus
ajetreadas vidas en aquel paraje, como yo.
Con
el tiempo, me fui dando cuenta de que era un grupo espontáneo de voceros
miserables que se iban animando a medida que alimentaban su mente calenturienta
con cerveza, vino o incluso con refrescos, que parece que en un aprieto, las
burbujas también hacen lo suyo.
No
les soportaba. Y no quería discutir con ellos ni un segundo de mi nuevo tiempo
jubilar. Es tan valioso, que prostituirlo con conversaciones banales, me
parecía un sacrilegio.
Tampoco
estaba dispuesto a renunciar al momento taberna por culpa de esos moscardones
expertos en todo y sabios de nada. Llegaba, bebía mi vinito, asentía con una
sonrisa falsa de las mías, pagaba y buscaba mi ensalada y mi filete a la
plancha en la oscura casa paterna.
Los
últimos días estaban siendo distintos. Una banda de asaltantes atemorizaban a
los habitantes de la zona. Nada grave a nivel físico, pero el tema económico no
era baladí para los propietarios de gasolineras, bares, colmados y pequeños
negocios que habían sido atracados en los alrededores. Para ese tema también
tenía el grupo de listos soluciones. Eran variadas, desde prisión permanente
revisable a cortarles las manos, pasando por expulsarlos a su país de origen,
porque ya daban por sentado que un español no hacía esas cosas. Qué listos.
En
un arranque de valentía, por todo lo anterior, incluyendo lo acumulado de tanta
sabiduría en tiempo de aceitunas y vermut, decidí justo eso, tomarme un
vermucito, cosa que nunca había hecho allí. Primero porque me gusta más un
tinto y luego porque me daba a mí que alguno de estos pelmas se metería con mi
manera de tomarlo y puede que mi paciencia encontrara su límite.
Aquel
miércoles me acerqué antes que de costumbre al Bar Manolo de Paquito. Era mi
momento. Le pedí un vermú, a mi manera, bien cargado de gaseosa, como me gusta.
No había Francisco terminado de preparar mi mejunje cuando apareció por allí el
Sebas, uno de los entendidos en todo.
-
¿Te vas a tomar
esa mierda? ¿Así, con gaseosa?
Paquito,
le sirvió a él una caña y se fue a la cocina a prepararnos un tapita, seguro
que muy salada, para ayudarnos a beber.
El
tío siguió insistiendo, repleto de sabiduría indiscutible:
-
¿No te das cuenta
que estás estropeando un vermú estupendo?
Ese
fue el momento en que los personajes malignos entraron en el bar, al menos, en
mi cabeza.
Con
un movimiento inesperado para los dos, le agarré del cuello y dejando caer todo
mi peso hacia un lado, oí como crujía y mi cabeza golpeó contra el
mostrador. Actué rápido, pero no pude evitar perder brevemente el conocimiento.
Al
recuperarme ya estaba conmigo Paquito y su mujer, que bajó de casa. En pocos
minutos, la Guardia Civil y un montón de curiosos ya nos rodeaban. A la media
hora, nos atendieron los sanitarios y luego vino la conversación que han podido
ver al principio.
Todo
el mundo achacó la agresión a la banda de desalmados que traía en jaque a la
comarca, pero nadie les vio. Una evidencia que conducía a sacar tales
conclusiones era que había desaparecido la cartera de Sebastián. Claro, se la
había cogido yo, nada más dar con él en el suelo y antes de desmayarme.
Al
llegar a casa pensé en desprenderme de esas pertenencias, con discreción, que
no se diga que soy un experto en el crimen de pacotilla. Algo me llamó la
atención, el monedero aquel no tenía dinero, estaba todo revuelto, con las
tarjetas mezcladas con los carnets.
A
ver si iban a tener razón los sanitarios y tendría que haberme acercado a hacer
unas radiografías al hospital… los golpes en la cabeza son muy malos, igual de
dañinos que no dejarle tomar el vermut a uno a su gusto, coño. ¿Sería todo una
alucinación por el golpe?
Por
cierto, Sebastián, una vez estabilizado, no fue enviado a ningún servicio
sanitario, sino reconducido al servicio forense. El pobre no nos aclarará nada.
HUMOR CORROSIVO CARLOS BORT
Vicente salió muy contento de su primer día de prácticas de
laboratorio en la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma.
Había tenido que esperar hasta la asignatura de Bioquímica,
en segundo curso de Ciencias Biológicas, para pisar un laboratorio de verdad.
Aunque con el tiempo descubrió que los laboratorios de prácticas para
estudiantes eran diferentes de los auténticos laboratorios de investigación, de
momento aquel laboratorio ya le servía para imaginarse su futuro dedicado a la
investigación.
Una de las prácticas de aquella tarde fue la del
butirómetro, consistente en medir el volumen de grasa contenida en una mezcla
compleja. Unos años después, Vicente pasaría varios meses realizando y
supervisando este tipo de análisis en el laboratorio de una planta de productos
lácteos pero, en aquella primera ocasión, el método le pareció muy ingenioso,
apasionante incluso.
En resumen, el método Gerber utiliza un dispositivo de
vidrio (butirómetro), un ácido y un alcohol para separar la grasa de una mezcla
compleja como la leche. Con la ayuda opcional de una etapa de calentamiento y
otra de centrifugación, se obtiene, en la parte superior del recipiente de
vidrio, una medición precisa del contenido en grasa de la muestra original.
Vicente leyó bien las instrucciones y llevó a cabo todos los
pasos del experimento con el mayor cuidado del que fue capaz. Al finalizar,
observó y anotó los resultados con la sensación de que él iba ser el Louis
Pasteur del siglo XX.
Ya en el metro camino de casa, mientras rememoraba los
detalles de aquella tarde tan excitante para él, notó algo extraño al rascarse
la pierna. Sus dedos y sus uñas no estaban rascando a través de la tela del
pantalón. Estaban rascando directamente su pierna.
Horrorizado, miró hacia su rodilla y vio que, en efecto, sus
dedos acababan de hacer un gran agujero en el pantalón de pana. Y enseguida vio
que la prenda tenía otras grandes manchas de pana descolorida.
"El ácido, ha tenido que ser el ácido del laboratorio,
y tiene que pasarme esto con mis pantalones de pana recién estrenados..."
A las sensaciones de pérdida y de culpa por no haber tenido
más cuidado, se les sumó una aprensión que hoy día no sería fácil de entender:
la vergüenza por llevar el pantalón agujereado.
La vocación científica les venía de lejos a su hermano
Enrique y a él. Tendría 12 años cuando surgió la gran ocurrencia de incorporar
un "truco" del Cheminova a su espectáculo de Magia Borrás: convertir
el agua en vino y después convertir el vino en una especie de gaseosa.
Caminando apresurado hacia su casa mientras intentaba
taparse los agujeros del pantalón con sus manos y su mochila, Vicente pensó que
echaba mucho de menos aquellos inocuos experimentos.