Y SI FUERA UN ERROR MARÍA
ISABEL RUANO
Tengo ganas de hablar con Sara, pero
está siempre tan ocupada… Ella también tuvo que pasar por esto y me ha animado
en todo momento, pero me siento fatal cada vez que la tengo que dejar sola.
Sonríe cuando me voy, pero yo conozco bien su mirada, nada que ver con el
brillo que se le pone cuando llego.
En ocasiones he ido sin avisar y la he
visto sentada en el sillón con la mirada perdida en la ventana. Las cuidadoras
me dicen que le gusta mucho ir a la biblioteca y que se entretiene leyendo o al
menos pasando las hojas. Yo creo que sí lee y que su mente todavía retiene lo
que lee que no se conforma con los recuerdos. Es cierto que lo que más le gusta
es ojear su álbum de fotos, con él se le pasa el tiempo volando.
Si no se hubiese caído… no andar la
tiene hecha polvo, con lo andarina que ha sido siempre. Me llevaba cogida de la
mano medio arrastro para llegar puntuales al cole, pero lo cierto es que
gracias a ella soy imbatible ante el esfuerzo y las caminatas.
Si me pongo a recordar me derrumbo.
Voy a volver a llamar a Sara, si quiere saldremos esta noche a dar una vuelta
por el centro.
Me dice que imposible, qué está muy
liada, que me quede tranquila, en la residencia los cuidan bien, tienen un
horario, su rutina y están bien alimentados y con calorcito, como a ella le
gusta. Pero yo no consigo conciliar el sueño, me preocupa que no quiera ir a la
peluquería, con lo coqueta que ha sido siempre y que no se quiera ni cambiar de
ropa. Cuando era pequeña me decía que si tenía que llevarla a la residencia que
le llevara sus collares y su bonita ropa de color. Nada de eso le motiva. No
dejo de pensar que ha sido un error dejarla allí.
Tal vez podría pedirme unos meses de
excedencia y cuidarla, o buscar a alguien cariñoso para que lo haga…
El viernes es el día del baile, voy a
ir por sorpresa y si está sentada la animaré a bailar, después ya veré lo que
hago.
EL IFHONE 30 JUAN SANTOS
Nicolás presume ante sus compañeros del colegio de su nuevo iFhone 30 que le ha regalado su papá. Los niños lo miran con envidia, no todos los padres pueden gastarse el dineral que vale ese aparato de nueva generación.
Ahora las cosas han cambiado. Los chavales se alegran al ver que Nico ha suspendido el examen de mates. Todos los ejercicios están llenos de errores.
El maestro ha puesto una copia a sus padres, para que vean todos los fallos que ha cometido su hijo, siendo un niño de los más listos de la clase.
Es incomprensible que todas las sumas, multiplicaciones y divisiones estén mal. El padre manda a Nicolás que repita una suma delante de él. El chaval ha buscado la calculadora del iFhone 30 para saber cuántas son 3 + 2. ¿Es que no sabes hacerlo de cabeza, como toda la vida? No, papá. El padre, resignado deja que lo haga con el móvil. La sorpresa que se lleva es tremenda. El resultado de la calculadora dice que 3 + 2 son 6.
El padre indignado, no se explica como un teléfono tan caro, hecho con inteligencia artificial, tenga ese fallo garrafal. Ha cogido la garantía del aparato para pedir explicaciones en la tienda donde lo compró.
Mire, señor. Lo siento mucho, pero todos los teléfonos de esta última generación han salido con ese fallo. Al parecer ha sido una decisión tomada por la propia inteligencia artificial, para que la gente y sobre todo los niños aprendan al menos las cuatro reglas clásicas.
Si la IA así lo ha hecho, tenemos que hacerle caso.
ERROR MORTAL JUANA
DOMÍNGUEZ
Nunca imaginó que una foto pudiera dar lugar a un
desencuentro entre dos amigos de siempre. Julito y Ramón eran amigos desde
niños, primaria, secundaria, incluso la universidad, parecían hermanos, siempre
andaban juntos.
Fue en la boda del hermano de Julio, toda la celebración la
pasaron felices, riendo, bebiendo, cantando, hasta bailaron juntos, como dos
gansos.
Rafaela, hermana de Julio, les hizo una foto cuando
bailaban, y no se le ocurrió otra cosa que colgarla en los estados de WhatsApp,
junto con otras de los novios y ella misma.
Algo habitual y simple, fotos que se comparten sin pensar en que pueden
ofender a terceras personas.
Y lo que era broma pasó a ser un error y éste, tragedia.
Ramón, había encontrado trabajo en la sección de recursos
humanos, de un gran hotel de lujo en su ciudad. Estaba encantado con su nuevo
quehacer, la economía siempre le había gustado, y era un genio con los números.
El dueño del hotel, se alegró de su contratación cuando vio cómo se desenvolvía
en la gestión de su trabajo, incluso le premió con un aumento de sueldo a los
tres meses de su ingreso en la oficina.
Rafaela, tenía una amiga en el hotel donde trabajaba Ramón,
y la foto del baile le llegó a su teléfono. Era tan graciosa que decidió
reenviarla a sus contactos a través de “los estados”.
¿Y a quien pensáis que llegó? Sí. Al dueño del hotel, que
malinterpretó lo que mostraba la foto.
Al día siguiente D. Marcial, llamó a su despacho a Ramón, le
agradeció los servicios prestados y le remitió a su misma oficina, para que
recogiera su indemnización por despido.
Julián y Ramón, se citaron una semana más tarde, en la
alameda cercana al río, y con una saña impensable, Ramón acuchilló a su mejor
amigo.
EL PRESO DE CONFIANZA ANTONIO
LLOP
En la enfermería de la cárcel no se estaba mal. Pero solo se
me permitía estar allí los dos primeros días. El reglamento. Aquí todo se rige
por el reglamento: Notará el cambio de
vida. Pero pronto se acostumbrará. Además, al principio le acompañará un preso
de confianza.
A primera hora salgo de la enfermería. A mi alrededor,
miradas hoscas o indiferentes. Rostros impenetrables. Sigo en silencio a un
funcionario por un largo pasillo. Al paso, sin volverse, me señala una puerta:
“Celda 57 A y B”. La suya es la A.
Me recibe un tufo a excrementos. Hay un hombre sentado en
una cama, pelo ralo de punta y bolsas en los ojos. Pijama abierto. La barriga
entre las piernas.
-Buenos días. ¿Esa es la A? -señalo la otra cama-. El
hombre, sin responder, se levanta hacia el habitáculodel wáter.
La otra cama está llena de ropa revuelta, Un tarro de
cristal derramado sobre las sábanas. Huelo a salazones en vinagre. Una plaquita
desgastada al lado de la cabecera: “Cama A”. En el armario que me corresponde
hay ropa, zapatos y más tarritos de aceitunas y pepinillos. Desisto de deshacer
mi petate hasta aclarar la situación. Entre ruidos inconfundibles, el hombre
sigue hurtado a mi vista tras el tabique a media altura del aseo.
Suena una sirena. La hora del desayuno. El tránsito aumenta
en el pasillo. Ahora necesitaría al preso de confianza. No sé dónde está el
comedor. Compruebo que no hay más que seguir la corriente de presos. Según
avanzamos se acentúa el olor al café recién hecho. La fila se compacta. Me
rebasan a codazos y empujones.
Café y bollería industrial. ¡Ah, los cruasanes del horno de
Narciso, en Somosaguas!
Las mesas abarrotadas. En las que hay algún hueco, espadas
en los ojos de los internos. No pregunto, por si acaso.
-¡Coño, el de la tele! –oigo a mi espalda-. ¡Ven “pacá”,
tío!
Me vuelvo. Tres en una mesa. El que gesticula y hace sitio
tiene el pelo largo y barba de varios días. A su lado un hombre impertérrito
con gorro de lana calado y gafas
ahumadas. El tercero, muy pálido y ojeroso, gruñe:
-Joder, Tino. Qué manía de invitar a los pardillos.
-¿Pardillo, dices, Difunto? Este cabrón se ha trajinado no
sé cuántos kilos y se los ha llevado a Suiza. Porque tú eres el fulano ese del
PP, ¿no?
No sé qué decir. Tendría que empatizar con ellos, pero ¿cómo
les hablo? Me falta el consejo de mi preso de confianza. ¿Dónde estará? El
funcionario no me ha presentado a nadie.
-Bueno, yo…, en realidad, no he hecho nada.
La risotada de Tino me estalla en la cara. El llamado
Difunto se ríe deformando el rostro con un rictus que asusta. El de las gafas
ahumadas sigue en silencio, sin gesticular.
-¡Joder, como todos! –grita Tino-. Aquí estamos todos porque
no hemos hecho nada… Venga, tío, dinos la fórmula para levantar tanta guita.
Yo, por más palos que he dado, jamás he pasado de unos cuantos miles.
-Quería decir que el dinero no era para mí, sino para el
partido.
-Ya, ya, pero luego repartiríais lo mismo para todos, como
en todas las bandas, ¿no?
Estoy incómodo. ¿Cómo le explico a esta gente las cloacas de
la financiación de los partidos? Que para que elijan a nuestro candidato
algunos tenemos que conseguir dinero para las campañas de cualquier forma. Es
verdad que yo detraía parte de las donaciones. Uno se acostumbra al dinero
fácil. Pero yo era el que daba la cara. Bueno, no exactamente, el intermediario
con los empresarios era Federico Vázquez, un tonto útil, fanático del partido,
que me hacía el trabajo sucio.
-Lo está pensando mucho -dice el llamado Difunto-. Yo creo,
Tino, que no se fía de nosotros.
-Pues debería fiarse. –dice el otro muy serio, lentamente,
como pisando las palabras-. Es mejor tenernos como amigos. Los días en la trena
pueden hacerse “muuy” largos. Y a ti te quedan muchos ¿no?
No me dan tregua. Todos los diálogos terminan con una
pregunta directa. Y no solo no se conforman con evasivas, sino que ya amenazan.
Y estoy solo. Ni rastro del preso de confianza.
-Bueno –digo, al fin-. No es que no me fíe. Es que posiblemente
no podáis entender la complejidad de la financiación de los partidos políticos.
-Prueba a contar –dice Tino serio-. Nosotros te
interrumpimos si no entendemos algo.
Sorbo el café de un trago. Ya está frío pero alivia la
sequedad de mi garganta. Inicio un tono didáctico que no sé si es el correcto.
-Los Ayuntamientos necesitan servicios y se los encargan a
Empresas. Éstas les dan un porcentaje del presupuesto presentado para que el
partido del alcalde pueda financiarse. Las elecciones suponen muchos gastos. Yo
me encargaba de recaudar el dinero. Eso siempre se ha hecho así. Pero ahora a
los jueces les ha dado por comprobar la legalidad de las donaciones.
-Estos jueces, siempre metiéndose en donde no les llaman
–dice Tino con ironía-. Lo que pasa es que, insisto, en las bandas se respeta
que el reparto del botín sea justo. Tú no intentarías joder a los compañeros
¿no?
Otra pregunta directa. No sé qué obsesión tiene este hombre
con el reparto. El llamado Difunto también parece interesado en el tema. El
tercer hombre sigue impenetrable, tras sus gafas ahumadas.
-Bueno, a veces sisaba algo –digo, dudando de si el verbo es
adecuado para la jerga de esta gente.
-¿Sisabas algo? -Esta vez quien habla es el hombre de las
gafas ahumadas. Esa voz me es familiar- ¿Sisabas algo, hijo de puta? –repite.
Esa voz…
El hombre desmonta sus gafas y descubre su cabeza. ¡Federico
Vázquez! Yo sabía que estaba en la cárcel desde que se descubrió la trama. Pero
nunca me preocupó saber en cuál de ellas. Nadie en el partido hizo nada por
protegerle. Incluso nosotros mismos lo denunciamos como cortafuegos para que
las llamas no alcanzaran a los demás. Pero la UDEF ya llevaba muy adelantada su
investigación, y al final me ha tocado también a mí. Federico continúa
desatado:
-Yo solo era un romántico ¿no? Creía que el riesgo merecía
la pena para que el partido creciera. Creía en los valores de nuestro programa.
Y mientras tanto tú te llevabas para tu cuenta en Suiza el dinero que yo
recaudaba. Y lo que más me jode: que después de todo lo que hice, cuando sentí
el aliento de la guardia civil y os pedí ayuda, nadie en Génova me conocía. Tú
no quisiste ni recibirme. La de veces que estuve en tu despacho entregándote
mochilas de dinero. Encima me denunciasteis, me utilizasteis como chivo
expiatorio.
Tino y Difunto niegan con la cabeza al tiempo que dicen
pausadamente: “Eso no está bien…No, señor. Aquí no tragamos ni a los chivatos,
ni a los que roban a los colegas”.
Cuando estoy recapacitando sobre mi oscuro porvenir nos
interrumpe un funcionario:
-Por fin le encuentro. Ha habido un pequeño error. Mi
compañero le ha conducido a una celda doble. Usted tiene asignada una
individual. -Respiro aliviado. No todo son malas noticias. El funcionario mira
a mi excompañero de partido y continúa-: Ah! Veo que ya ha encontrado usted a
su preso de confianza.
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