EL NACIMIENTO ARACELI DEL PICO
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Abuelo, dame esa estrella que la voy a poner
aquí arribota del todo del nacimiento.
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No será mejor que la ponga yo, que soy más alto?
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No, también eres más viejo y si te caes, tus
huesos se recompondrán peor. Mamá lo dice continuamente.
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Claro, y mamá lo sabe todo, verdad?
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Pues claro que sí.
El abuelo Adolfo,
sonríe a Miguel, su nieto y vivo retrato de su hijo fallecido.
Tiene más nietos, otro, hermano de Miguel, algo mayor, Juan. Y una nieta
Eva, de su hija Antonia. Ya quince años, una mujercita. Pero la debilidad que
siente por éste, no la siente por nadie. Es muy moreno como su padre, tiene un
remolino sobre la frente, imposible de peinar y la misma chispa e imaginación
que él. Es como su reencarnación. Pero Adolfo confía que sólo físicamente.
Adolfo, va a cumplir ochenta y nueve años y aunque tiene ligeras lagunas
al expresarse, está bien. Activo, y lleva sus ejercicios físicos al pie de la
letra. Mientras tenga fuelle, quiere conservar su salud, sobre todo para no dar
que hacer a su familia. En especial a su nuera. Para él una hija más.
Vive solo, pero cuando se acercan estas fechas, se traslada a casa de
Mayte. Tiene habitación propia allí y su nuera le colma de mimos para que se
sienta como en su casa. Jamás su hijo tuvo tal comportamiento con él, ni con
nadie. Pero menos mal, su hijo ya no está. La voz de Miguel le saca de su
ensimismamiento…
-
Abuelo, ya he colocado la estrella, y las
figuras del castillo. Nos queda la parte de abajo, y ahí si me puedes ayudar.
Acércame al señor del molino… no espera antes vamos a poner las gallinitas y a
Luque.
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¿Pero quién es Luque?
-
Caramba abuelo, pues el perro. Siempre que hay
gallinas, hay un perro que las guarda. Porque si no, viene el lobo y se las
zampa.
-
Pues ese animalito no estaba el año pasado.
-
Sí que estaba, pero tú no te acuerdas.
-
Quizá…
Se repliega en la butaca y viejos recuerdos se agolpan en su cabeza…
También fue por estas fechas. Y recuerda cuando cinco años atrás su hijo, el
día veinticuatro de diciembre, no llegó a cenar a casa. Vino sobre la una.
Borracho, tambaleándose y soltando blasfemias.
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Abu, te estás quedando dormido. Así no vamos a
terminar el nacimiento. Necesito ahora el puesto de frutas y verduras. Hay dos.
Dame el más grande, detrás pondremos el más pequeño. Así se verá con
“pespetiva”.
Adolfo sonríe, también su hijo de pequeño
tenía el mismo interés en montar el nacimiento. Y piensa en que mal momento las
drogas le minaron el interior haciendo de él, un total pervertido.
-
Vamos Abu, ya queda poco. Ya he colocado el rio
de plata. Y ahora las seis lavanderas en la orillas. Tres a cada lado. Y con
sus tablas y todo. ¡ Qué bonito está quedando ¡
-
Si, está quedando precioso. Eres un artista.
Se sienta de nuevo. Cada vez aguanta menos de
pie. Y sin poderlo evitar unas lágrimas se deslizan por sus mejillas. Le ahoga
pensar en aquella Noche Buena maldita, cuando su nuera y los niños cenaron
solos, porque el padre no venía. Los acostaron y bajaron a ver la T.V., que no
vieron porque las lágrimas no lo permitían. Y de esto cinco años. Qué tiempo
voraz.
Y al fin, cuando apareció, solo encontró
palabras de desprecio para su mujer. Ella ni se defendía, solo dijo: Calla, vas
a despertar a los niños. Alzó la mano, pero el abuelo se levantó para evitar el
golpe. Lo empujó y cayó. Un hilo de sangre resbalaba por su cara. Mientras iba
tornándose en suave azul mortal.
LO QUE NO
PASA CON EL TIEMPO MANUEL
GIL
Ese
apellido, ese maldito apellido, resonaba en la mente de Miguel como un eco
antiguo, como un susurro que se negaba a desvanecerse con el tiempo. González
de la Gándara y
Bermúdez de
Rioestrecho, marqués de los Jarales, pensó con
amargura, mientras su corazón se encogía. Cuando recibió el caso, la incredulidad lo
envolvió como una niebla espesa; ¡qué jugadas las
del destino! Ahora, desolado ante el despacho revuelto, era presa de la
desesperanza. Sentado en la silla, con la cabeza entre las manos, sus
pensamientos volaron hacia su lejana infancia, a esos primeros recuerdos que
nunca desaparecieron de su memoria.
La casa
del campo, un refugio de amor y protección, se alzaba en su mente como un
santuario. Allí,
sus padres, abuelos y tías tejían
una red de cariño que lo envolvía en un manto de seguridad. En aquellos años difíciles, cuando sus mayores, pobres y perdedores de una contienda aún
latente, luchaban por
labrarles el camino de una infancia feliz, Miguel aprendió que el sacrificio
era la semilla de la alegría.
Dos días antes de la Nochebuena su
padre, se adentró con determinación en la finca Los Jarales, decidido a cazar
un jabalí que había seguido en los últimos días, la cena sería suculenta. La ventisca
azotaba su rostro,
mientras los copos de nieve danzaban alocados empujados por el viento.
Fue
entonces cuando el marqués y el guarda, su
fiel escudero, lo sorprendieron en su cacería. La familia, al ver que no regresaba, se
afanó en buscarlo con los
pocos vecinos de la zona, y lo encontraron herido, tendido entre los arbustos.
Murió el 3 de enero, no por los perdigonazos que llevaba en su cuerpo, sino por
la pulmonía que le
sobrevino tras horas abandonado en medio de la tormenta. El asunto se liquidó con la rapidez, con que se resolvían
las cosas en aquella época. Un individuo había sido sorprendido cazando
furtivamente; al verse descubierto, atacó al marqués y al guarda, quien disparó en defensa
propia. El atacante huyó, y la historia se cerró como un libro cuyo final ya no
hace falta ni seguir leyendo. Él supo años después que el disparo no lo hizo el guarda, un tipo
servil y siempre asustado, sino el marqués, fue la hija del propio guarda, a
quien él conocía desde niño, quien se lo dijo al poco tiempo de morir su padre,
que no quiso llevarse ese secreto que siempre le había angustiado.
El
tiempo pasó, y cada Navidad traía consigo esos recuerdos, pero Miguel no la odiaba. Su familia se
esforzaba por darles lo mejor a él y a sus hermanos.
Con el sacrificio de todos en casa y su esfuerzo, consiguió una beca, estudió y
se propuso lograr una vida distinta a la de sus padres.
“¡Españoles,
Franco ha muerto!” recordaba,
Fue un canto de libertad, un anuncio de nuevos horizontes. La militancia en la
izquierda se convirtió en su estandarte, en la lucha por un mundo más justo y equitativo. Fruto de
su esfuerzo, se convirtió en juez, un faro de esperanza en un mar de sombras.
El
marqués de los Jarales, por su parte,
había colaborado en
la fundación del partido hegemónico de la derecha, y había muerto no hacía mucho, envuelto en un halo de
héroe de la constitución y la democracia. Su
hijo, un diputado ferviente defensor del rancio conservadurismo, se movía entre tramas de tráfico de influencias y negocios
oscuros, siempre saliendo indemne. Y luego estaba el nieto, un joven que, con
su clasismo y racismo, esparcía su mensaje tóxico en redes sociales, seguido por millones de jóvenes
que veían en él a un ícono de la libertad, aunque esta fuera una
libertad envenenada.
El
destino, sin embargo, tenía sus propios planes. El joven heredero del marquesado había sido cazado en un asunto de
blanqueo de capitales y narcotráfico con alguna
muerte de por medio, y Miguel, con las pruebas en sus manos, se enfrentaba a
presiones apocalípticas.
Pero aquella mañana, al llegar a su despacho, lo encontró patas arriba; las
pruebas concluyentes habían desaparecido. La sombra de la prevaricación se cernía sobre él, y el círculo, una vez más, parecía cerrarse.
Tenía 72 años, estaba un poco cansado y el
tiempo había pasado
velozmente, pero las cosas poco habían cambiado. La sociedad estaba dormida, narcotizada por el poder de
las redes sociales y los medios de comunicación. Miraba al mundo y su corazón
se entristecía ante
figuras como Trump, Milei, Meloni Ayuso…
Recordaba las luchas de sus mayores, y cómo muchos de sus propios descendientes
enarbolaban ahora las banderas del pujante neofascismo.
Faltaba
poco para la Navidad. El juicio, que ahora temía, había sido aplazado. Supo que el
joven heredero, fiel a sus tradiciones familiares, iba a la finca Los Jarales a
cazar con amigos. Aquella noche, Miguel, antes de dormir en la vieja casa de su
infancia, preparó un equipo de caza con prendas bien abrigadas y limpió con
mimo un rifle que había
comprado años atrás, un rifle que nunca había usado. En el aire flotaba la
promesa de algo inevitable, un duelo entre el pasado y el presente, entre el
sacrificio y la herencia de un apellido que parecía perseguirlo a través del tiempo.
EL CALENDARIO MARÍA ISABEL RUANO
En la casa de verano se quedó anclado el calendario
con sus hojas amarillas como si nada hubiera pasado.
En un tiempo de puertas cerradas, tempestad, hojas secas
y caminos anclados en polvo y piedras, recuerdos añorados.
Al regresar todo y nada había cambiado.
La mirada del tiempo congelada en las fotos y en los
cuadros.
En amarillo y añil, blanco oscurecido por el paso de los
años.
La chimenea sin hollín, las habitaciones vacías de risa,
los jarrones sin flores, ausencias en las mesillas
y como testigo el viejo calendario con sus fechas y sus
números
evocadores del ayer, del tiempo que tintinea en la memoria
y que confunde el hoy con los sueños, el ayer con la memoria
y el futuro con el espacio vacío del nuevo calendario.
CÓMO PASA EL TIEMPO CARLOS
BORT
Cómo pasas, tiempo vivo.
Vivo tiempo y nunca basta,
me dan las uvas y olvido
los recados. Como pasas
como postre no escogido.
Encogidos frutos pasan
el gaznate con buen vino.
Viví tiempo y fue mi casa
un vergel al sol curtido.
Viejo tiempo, mientras pasas
con ladrillitos de olvido
acribillas mi carcasa.
NI CUENTO EN NAVIDAD SANTIAGO J. MARTÍN
Mi ciudad tiene una vieja relojería que yo la recuerdo de toda la vida. Todavía me pregunto si es posible rentabilizar un negocio de este tipo en los tiempos que corren, donde no son tantos los que llevan relojes en sus muñecas dejando esa misión a los teléfonos móviles, que tan sabiamente saben hacer de todo.
No pasaba por la calle Platerías desde hace meses, incluso quizás llegaba al año. Desde que había empezado a trabajar en el turno de oficio, ni era ese el camino de casa al trabajo, ni tenía tiempo para deleitarme de una esporádica bayonesa a media mañana en Casa Cubero y atropellar mis pasos por los viejos adoquines del centro.
Esa mañana fue una excepción. Decidí ignorar mi agenda y hacerme el extraviado. Me puse en modo avión por un par de horas y emprendí rumbo a cualquier sitio, con la condición de que terminara pasando por la Plaza Mayor.
Esa era la razón por la que terminé frente a un escaparate rancio, semivacío, yo diría que sucio, pero lleno del encanto perdido del tiempo. No había relojes expuestos, tan solo estanterías de cristal llenas de polvo y un cartel escrito a mano con el horario, donde especificaba que los encargos de relojería para el taller solo se admitían por las mañanas.
Estaba sorprendido por lo sórdido que había quedado el negocio en tan poco tiempo. Quizás falleciera el dueño o la dueña, no sabía muy bien, y se hiciera cargo algún hijo o hija, que tampoco sabía.
Fuera de elucubrar tanto, decidí mirar hacia dentro del local, labor sencilla de hacer ante la desnudez de esas vitrinas expositoras. La luz del día no iluminaba suficientemente el pequeño local, pero una lámpara colgada del techo, de la que solo funcionaban dos luces, me ayudaba a componer la escena de dentro.
El empleado, vestido con una bata raída, gris, desabrochada, hablaba, bueno discutía, diría yo, con un cliente, un hombre mayor, con barba oscura y elegantemente vestido con un largo abrigo negro de tweed.
No podía escuchar la conversación, menos aún con la música desesperadamente navideña que resonaba por toda esa zona comercial. Pero intuía que el diálogo era áspero, como el abrigo del caballero, por como movía las manos el relojero. Era un hombre joven, si ser joven significa tener menos de 50 años. Hubo un momento en que se llegó a mesar los cabellos. Yo juraría que se estaba reteniendo de tomar una actitud más violenta ante el cliente, quizás por respeto a su edad.
Me disponía a entrar en el local, con cualquier excusa, para poder sacar más partido a aquella escena tan incompleta, cuando el hombre del tweed dio media vuelta y salió rápido del local, aireando con su mano derecha un pequeño papel, amarillento, como si aquello fuera la evidencia de su razón.
- No le recomiendo que entre, joven. No. No lo haga. Se arrepentirá.
- Le advierto que tampoco lo tenía del todo decidido.
- Pues dé media vuelta y pasee por Valladolid antes de que la ciudad se nos duerma para siempre.
Fue una frase impactante. No entendía nada. Me quedé tan sorprendido analizando las palabras de ese hombre que terminé malhumorado conmigo mismo.
Si esa parálisis me ocurría en pleno juicio haría el mayor de los ridículos. La falta de reacción no se puede consentir en un abogado. Me encogí de hombros, me dije que ahora tan solo era Sebastián Pomar, por unas horas, y proseguí mi paseo por esa ciudad que parecía que corría peligro de entrar en coma. Qué tontería.
Apenas había dado cuatro pasos cuando observé un papelito amarillo tirado en el suelo. Sí, están pensando lo mismo que yo, aquello era lo que llevaba en la mano el cliente frustrado de la joyería.
Lo recogí y, antes de leerlo, busqué a su dueño, que no estaba por ningún lado. Había desaparecido en alguna de las callejas que enhebran Platerías en una médula espinal fascinante.
No tuve más remedio que ojearlo. Se trataba de un viejo, viejísimo, resguardo. La fecha no era del todo legible, pero aún se podía ver el año, 1924. Caramba. También logré leer las palabras reloj de bolsillo y la marca se adivinaba, más que otra cosa: Hamilton.
Me sometí a mismo a un tercer grado supersónico e indoloro. Llegué a la conclusión de que iba ser difícil localizar al buen señor. Mejor volvería a la relojería, a indagar un poquito, si el relojero no se ponía histérico otra vez con un encargo de hace un siglo, y en cualquier caso terminaría dejando allí el papel, que al fin y al cabo llevaba el membrete del establecimiento.
Al llegar a la puerta del negocio comprobé que el viejo tenía razón, mi ciudad había empezado a dar bostezos preocupantes. La relojería estaba cerrada, desvencijada, abandonada. No parecía la misma de hacía solo 10 minutos. Pegué mi cara a la sucia puerta de cristal y pude ver un viejo reloj calendario que marcaba las 19:17 del 12 de noviembre de 1993.
Nada de hacerme preguntas inútiles, ni preocuparme. Decidí regresar al juzgado y no volver a tentar al desapego laboral, que produce monstruos del tiempo.